MR. PROPAGANDA

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PABLO MARTÍNEZ ZARRACINA

La embajada de Ecuador en Reino Unido está en el número 3 de Hans Crescent Street, justo detrás de Harrods. Puede que, al dirigirse allí el pasado 9 de noviembre, Oriol Soler se cruzase con algún conocido de Ripollet que anduviese de compras por la zona. En tal caso, se subiría los cuellos del abrigo y fingiría ser otro. Por meterse en el papel. En la embajada le esperaba el ciberactivista más famoso del planeta, Julian Assange, alguien que tiene «una 'grandeur' cercana al delirio», según John Burns, corresponsal del 'New York Times' que lo entrevistó en Londres, y que se comporta como «un obseso del autoengrandecimiento», según los primeros miembros que abandonaron Wikileaks. También es alguien que condiciona la discusión global y cuenta con el argumento definitivo del conspirador y el parapsicólogo: todo lo que no se ve le da invariablemente la razón.

Pese a tener trato con Assange, Oriol Soler no es un 'hacktivista' como 'Mr. Robot' o un espía como James Bond. Es más bien un polifacético empresario cultural que ha hecho carrera en los aledaños del poder político catalán y ha visto cómo sus proyectos eran ampliamente subvencionados desde los tiempos del tripartito. Cuando su presencia en Londres trascendió, se confirmó lo evidente: el interés de Julian Assange en los sucesos catalanes no era casual.

Todo comenzó en septiembre con las manifestaciones de la Diada. Assange tuiteó que eso solo podía acabar en independencia o «guerra civil». Desde entonces, sus posicionamientos respecto a Cataluña han sido continuos y medio delirantes. El 20 de noviembre, informó al mundo: «Franco no ha muerto». La verdad es que decepciona ver a alguien con acceso a la información secreta argumentando como tu tío Manolo en Nochevieja. Si tenemos en cuenta que Assange nació en Australia, a 15.000 kilómetros escasos de Barcelona, también fue llamativo ver cómo de pronto rompía a tuitear en un catalán que ni Jacint Verdaguer.

Es un polifacético empresario cultural que ha hecho carrera en los aledaños del poder político catalán

¿Cómo se consigue que el máximo exponente de la contrainformación mundial se ponga de tu lado? La portentosa astucia de los líderes en la sombra del independentismo es uno de los sobrentendidos más potentes del 'procés'. Esos líderes formaron un «Estado Mayor» de composición variable con dos figuras fijas: Puigdemont y Junqueras. A su alrededor, altos cargos de sus respectivos partidos, sombras tutelares como Artur Mas o Xavier Vendrell, activistas como los 'jordis' o empresarios como Xavier Vinyals. Dentro de este grupo, cuya opacidad llegó a molestar a la CUP, Oriol Soler se encargó de eso que ahora llamamos «comunicación». O sea, la propaganda.

Piensen en todos los anuncios, logos y lemas («Hola nou pais»), en la campaña conjunta de Junts pel Sí o en las de los referéndums. Piensen en el caudal de contenido retuiteable. Detrás estaba Soler. Y todo resultaba visualmente cuidado, moderno, lleno de significantes limpios. También muy exportable. Y extremadamente ágil: el generador de falacias se movía al ritmo de los acontecimientos. Ante esta ofensiva producida en HD, el Gobierno central respondía sacando al ministro Dastis. Con el bigote. Era verlo en la tele y pensar que había malas noticias sobre el estado de salud del presidente Canalejas.

Soler fue en estos meses el gran publicista del 'procés'. Sus aciertos fueron muchos; su mayor error, el vídeo de 'Help Catalonia' para Òmnium. Era calcado a uno que se grabó en 2014 en la revuelta del Maidan y reveló los engranajes de la maquinaria: la verdad importa poco cuando se aspira a la viralidad. Que sea falsa, no quiere decir que la viralidad sea barata. Esa es otra de las cosas que antes o después sabremos. Me refiero a cuánto hay que pagarle a Julian Assange para que termine tuiteando en catalán.

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