La CUP pone la directa hacia la república anticapitalista de Cataluña

Diputados de la CUP se manifiestan el pasado lunes ante la comandancia de la Guardia Civil en Barcelona. :: quique García / efe

Los compañeros de viaje de Puigdemont y Junqueras defienden la desobediencia a la UE, la salida del euro o la nacionalización de grandes empresas

ANDER AZPIROZ MADRID.

Anticapitalistas, independentistas y, según la oposición, quienes manejan los hilos que mueven la marioneta en la que se ha convertido la Generalitat. La Candidatura de Unidad Popular (CUP) surgió en 1986 para servir de punto de encuentro de la izquierda radical catalana. Dio sus pasos poco a poco, centrándose en primer lugar en la política municipal. Pero, en 2012, la CUP pisó el acelerador para presentarse a las autonómicas. Logró tres diputados en el mismo Parlament que ayudó a asediar en 2011 -aquél que obligó a Artur Mas a acceder a la Cámara en helicóptero-. Tres años después, elevaron sus representantes hasta los diez.

En la actualidad la CUP representa a un 8,2% del electorado catalán. Puede parecer un porcentaje escaso, pero en realidad esconde mucho poder. En intención de voto se sitúan apenas tres décimas de punto por debajo del PP catalán. Representan, además, el segundo partido de izquierda radical más potente a nivel regional. A los anticapitalistas solo les supera EH Bildu, formación hacia la que nunca han ocultado sus simpatías. Pero lo que hace más fuerte a la CUP es tener en su mano la capacidad de decidir el lado al que se inclina la balanza en el Parlament, en el que a Junts pel Sí le faltan seis diputados para la mayoría absoluta.

Desde su entrada en la cámara autonómica, la formación de izquierda radical ha dejado un buen número de imágenes para el recuerdo. Una de ellas fue el interrogatorio a Rodrigo Rato de su diputado David Fernández, quien llegó a amenazar zapato en mano al exvicepresidente del Gobierno. «Nos vemos en el infierno. Su infierno es nuestra esperanza. Hasta pronto, gánster. Fuera la mafia», se despidió en aquella ocasión Fernández de Rato. En una ocasión, este diputado y sus dos compañeros de bancada posaron con un folio en el que figuraba el número de recluso de Arnaldo Otegi. Y en otra más varios representantes de la CUP rompieron fotografías de Felipe VI en el Parlament.

Su carácter asambleario -no existen líderes del partido aunque si destaquen figuras como la de la diputada Anna Gabriel- llegó a la máxima expresión en la votación para decidir si se apoyaba la investidura de Artur Mas. Una parte de la formación se inclinó por anteponer el proceso para la independencia a un presidente que asociaban a los recortes y la corrupción. Pero otra no estaba dispuesta a indultar al líder de Convergència. El debate se dirimió en una asamblea cuya votación final concluyó con un asombroso empate a 1.515 votos, que a la postre apeó a Mas de la Presidencia de la Generalitat en favor de Carles Puigdemont.

Marca el ritmo

En lo que se refiere a la independencia, la CUP es partidaria de un enfrentamiento directo con el Estado, sean cuales sean las consecuencias. Y usan sus votos en el Parlament para arrastrar a un Junts pel Sí que, aunque decidido a continuar por la senda de la desconexión, no siempre pueden seguir el ritmo que le imponen los anticapitalistas, quienes abogan sin tapujos por la desobediencia civil.

Según afirmó Felipe González en el foro '40 años de democracia', organizado por Vocento y que reunió por primera vez a los tres expresidentes vivos de la democracia, «los únicos coherentes en Cataluña son los de la CUP. Por eso mandan en todos los demás». «Los de la CUP -añadió el exlíder socialista- saben que si Cataluña se va de España será la Albania del pasado, pero les da igual, les da igual irse de Europa».

El ideario que defienden los anticapitalistas recoge los postulados ortodoxos de la izquierda. Así, apelan por la desobediencia ante la Unión Europea y la troika, la salida del euro, la nacionalización de empresas estratégicas, el reconocimiento del derecho de autodeterminación para el pueblo aranés o el aplazamiento del pago de la deuda en beneficio de un plan de choque contra la pobreza. Y aunque en el programa no se dice nada sobre el turismo, desde la CUP se han respaldado las acciones violentas de estas semana de Arran, las juventudes del partido.

Todos estos elementos evidencian que PDeCAT, Esquerra y anticapitalistas solo tienen en común la consecución de la independencia. Si esta se logra y nace la república de Cataluña, la convivencia entre estas fuerzas se aventura, como mínimo, complicada.

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