EL PODER A CUALQUIER PRECIO

Los partidos políticos siempre han tenido un claro objetivo: alcanzar y ejercer el poder. Pero posiblemente nunca como ahora lo habían ejercido con semejante falta de principios éticos y de respeto a unos valores mínimos

ALBERTO AYALA - TWITTER: @ALBERTOAYALA11

Ándeme yo caliente, ríase la gente'. Así arranca el célebre poema que el gran escritor cordobés del Siglo de Oro Luis de Góngora escribió allá hacia finales de 1500.

Difícil condensar en menos palabras el actual momento político. Aunque mejor todavía el 'arreglo' que hace unos días me sugería un veterano de la política vasca ya retirado. «A lo que asistimos», me decía, «es a un 'ándeme yo caliente y bien que me río de la gente'».

Los partidos, quienes se dedican a la cosa pública, siempre han tenido un objetivo: alcanzar y ejercer el poder. Teóricamente para mejorar la vida a sus conciudadanos, según sus ideas.

¿Cuántos de ustedes creen que esa es la fotografía que refleja la realidad actual? ¿Cuántos creen que el orden de prioridades de nuestros políticos es ese y no primero el partido, luego ellos mismos y sólo después el resto?

Los versos de Góngora evidencian la 'contaminación' que desde siempre ha acompañado a lo público. Pero posiblemente nunca como ahora se había ejercido el poder con semejante falta de principios éticos y de respeto a unos valores mínimos.

Y si hemos llegado a donde estamos no ha sido de la noche a la mañana, sino por años de inacción. La endogamia de los partidos y la existencia de una generación de políticos que vive desde hace décadas del presupuesto público y carece de otro horizonte profesional en el sector privado es muy posible que sea lo que les ha llevado a no cortar de raíz la hemorragia antes de que apareciera la gangrena, y ya ha aparecido. En Madrid, Cataluña y Euskadi. En la derecha y en la izquierda. En el constitucionalismo y en el nacionalismo.

El escándalo que protagoniza la todavía presidenta de la Comunidad de Madrid, la popular Cristina Cifuentes, no es sino una pequeña gota de agua. Pero el fraude de su máster ha venido a desbordar un recipiente que ya estaba lleno hasta los bordes de 'gürteles', EREs, palaus, pujoles y tarjetas black. Y sin revisar el baúl de los recuerdos y toparnos con naseiros, filesas, bancas catalana y viejas tragaperras con label abertzale.

Si no hubiéramos asistido a tal sucesión de corruptelas y a tanta comprensión política hacia los delincuentes la política madrileña no seguiría en el cargo. Ni hubiéramos oído al presidente, Mariano Rajoy, preguntarse por qué tendría que dimitir Cifuentes. O al portavoz del Gobierno, Íñigo Méndez de Vigo, afirmar que en este caso no se ha demostrado nada y que lo que hay son investigaciones.

Mientras en casi cualquier democracia europea copiar unos párrafos de la tesis doctoral o engordar con títulos falsos el currículo supone el final de la carrera política más brillante, aquí asistimos con asombro al precipitado borrado de falsedades en las biografías oficiales de muchos políticos. De cuantos se han descubierto, sólo uno ha dimitido: el diputado de En Marea Podemos Juan José Merlo.

¿Regeneración?

Tras el estallido del 'caso Cifuentes' lo único importante para el PP es conservar Madrid. Y para ello, si además de aguantar el tirón a la izquierda, hay que echar un pulso a los Ciudadanos de Albert Rivera-en este momento el gran adversario de los populares, además de la 'bicha' de la que no quieren ni oír hablar el PNV y la izquierda abertzale-, se le echa, y punto.

Los liberales llegaron hace menos de un lustro a la política nacional enarbolando la bandera de la regeneración democrática. Pues bien, si algo han demostrado en este asunto es que ya han mimetizado lo peor de la vieja política.

Su primer movimiento fue ofrecer a Rajoy repetir la 'operación Murcia' y que el líder del PP cambie a Cifuentes por un compañero-a de partido. No vaya a ser que ir más allá pudiera enfadar a una parte del electorado conservador.

Sólo cuando las encuestas han confirmado el hartazgo de los madrileños -con este caso, pero también con el de Ignacio González, Ignacio Granados o la expresidenta que nunca se enteraba, Esperanza Aguirre- ha llegado el aviso a Génova de que o deponen a Cifuentes o apoyarán la moción de censura del PSOE que auparía al cargo al socialista ÁngelGabilondo.

El final de esta historia está por escribir. Lo mismo que el de los contactos del Gobierno Rajoy con el PNV de Andoni Ortuzar para lograr su decisivo apoyo a los Presupuestos del Estado 2018.

De momento ya saben, guiño tras guiño hasta la votación de totalidad en la que, y si no al tiempo, el PNV evitará tumbar las Cuentas. Con ello concederá otro mes de plazo a los catalanes para que formen Govern, Rajoy levante la suspensión de la autonomía y desaparezca así la razón por la que los peneuvistas insisten en no negociar con el PP.

El presidente del EBB y el lehendakari Iñigo Urkullu han dejado claro estos últimos días que ellos están en sintonía con estos tiempos que nos ha tocado vivir. Que si el Gobierno central aplica el 155 porque el secesionismo catalán ha aprobado una Declaración Unileteral de Independencia está fatal y ellos así no negocian. En cambio que si ese mismo PP sigue envuelto en trampas, chanchullos y corruptelas, no hay problema... si la bolsa es buena para Euskadi y para su interés político. El año pasado lo fue y, además, la mayoría de los votantes jeltzales así lo entendió.

Lástima la falta de ejemplaridad que insisten en transmitirnos nuestros políticos. Debilita la credibilidad de las instituciones.

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