LA MEDIACIÓN: UN MALENTENDIDO

Hay un aspecto de la crisis entre el Gobierno catalán y el Gobierno de España, o si prefieren, entre los señores Puigdemont y Rajoy, que la parte independentista catalana no ha entendido bien, o prefiere no entender en absoluto. Cuando se pide con insistencia una «mediación internacional» se buscan dos objetivos. El primero es legitimar a las dos partes ante los ojos de la opinión nacional e internacional, en este caso catalana en primer lugar. ¿Por qué? Pues porque si un mediador -si puede ser internacional y de cierto prestigio, mejor que mejor, nobel de la Paz ya sería lo más- se sienta entre dos partes, es porque esas dos partes lo aceptan como tal y de paso se aceptan como 'iguales'. En este caso, el objetivo de Puigdemont es transparente, se trataría de un conflicto entre iguales, igualmente respetables, igualmente legítimos. Pero, claro, en este caso no hay dos legitimidades equivalentes, no digamos ya iguales. En todo caso, tal es la posición de la comunidad internacional, de Naciones Unidas, de la Unión Europea, del Consejo de Europa.

El segundo objetivo es poner un supuesto fiel de la balanza a cero, y ahí entramos en la de la llamada Teoría de Juegos, porque lo que gane uno lo perderá el otro, sin otra escapatoria. Hay un factor adicional en este caso que muestra que la tal voluntad de diálogo en realidad es inexistente. Un lado porque tiene una enorme cantidad de activos a su favor, el otro porque en realidad no tiene casi ninguno y, en este tipo de situaciones, la necesidad de esa famosa mediación no tiene mucho margen de acción.

Podemos resumirlo diciendo que Rajoy tiene a su favor un dato esencial: las instituciones internacionales consideran que la Constitución española y sus instrumentos de acción son legales, legítimos, y desde el famoso 155 al 116 pasando por seguir apretando las tuercas de la financiación, puede actuar y no habrá injerencias externas. Del lado del independentismo catalán no hay nada comparable. Está el apoyo decidido de una parte de la población (según sus propias cifras, el 38,5% de la misma), que es una supuesta «legalidad alternativa» muy discutible. También una actuación en el Parlamento catalán los días 6 y 7 de septiembre grotesca contra su propia legalidad. Un supuesto referéndum sin casi ninguna de las garantías exigibles. Y que los excesos policiales españoles ayudaron al independentismo a construir un relato que tuvo efectos muy negativos para Rajoy, pero de modo irreversible ni mucho menos. Lo que queda al final es un desequilibrio de poder, de instrumentos de acción, de apoyos internacionales, de tales proporciones que francamente dejan a Puigdemont en una posición precaria. Él necesita una mediación internacional, Rajoy puede permitirse ignorarla. Y el fiel de la balanza no está a cero. Se llama correlación de fuerzas.

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