Una historia entre catalanes

Manifestación en la Plaza de Sant Jaume el pasado 2 de noviembre en protesta por la prisión preventiva de los exconsellers. :: Juan Medina / reuters/
Manifestación en la Plaza de Sant Jaume el pasado 2 de noviembre en protesta por la prisión preventiva de los exconsellers. :: Juan Medina / reuters

Voces de distintos ámbitos constatan la fractura social de Cataluña y alertan sobre la necesidad de una solución rápida a un 'procés' que desangra la economía

OSKAR BELATEGUI BARCELONA.

Esta crónica arranca en una República estrenada con sordina y culmina una semana después con el sobrecogedor estruendo de una cacerolada a las diez de la noche que era imposible no escuchar en ningún rincón de Barcelona. Cataluña ha pasado en pocos días de una situación de impasse y extrañeza a llenar las calles de una marea independentista con el fervor renovado tras la encarcelación de medio Govern. El exdiputado Ignasi Guardans acierta a definir el estado de ánimo del primero que encendió los ánimos, Artur Mas, y por extensión de los separatistas cuando el Parlament declaró la República: «Mas sintió ese pavor ante las llamas del tipo idiota que sólo quería quemar un trocito de bosque para dar una lección...».

La extraordinaria situación política, cambiante a cada minuto, provoca efectos inesperados en la vida cotidiana. El taxista que el pasado lunes llevaba a este periodista a un Parlament disuelto por el presidente Rajoy debería estar de huelga para protestar contra la competencia de Uber y Cabify. Pero no era tan sencillo. «Tal como están las cosas es complicado montar una protesta», admiten en la asociación de profesionales del sector, Élite. «¿Quién manda en Cataluña? ¿Existe todavía la Conselleria de Transports? Si hacemos una movilización unos nos tacharían de independentistas y otros de unionistas».

La riada de turistas que colapsa las Ramblas no parece vivir días históricos. Tampoco les afecta a los orientales que se han hecho cargo de los bares en todos los barrios, ni a los 'paquis' que mantienen los colmados abiertos las 24 horas. En la Plaza de la Revolución, Toni Ramon, de la Asociación Vecinal de Gràcia, señala las esteladas y las pancartas de «democracia» que inundan los balcones. «Aquí el 1 de octubre se vivió con miedo pero fue una jornada muy bonita», recuerda. «Yo no era independentista, bueno, ni creo que lo sea ahora. Pero siempre he creído que el derecho de autodeterminación es propio de los pueblos».

«Si en el mapa del tiempo de TV3 no existe la Península, ¿para qué vas a hablar de España?» «Veo imposible una candidatura conjunta de los independentistas el próximo 21 de diciembre»

Este arquitecto de 60 años vinculado desde siempre a movimientos vecinales entendió que la proclamación de la República «era más testimonial que otra cosa». Las cargas policiales el 1-O y la prisión de Jordi Sànchez y Jordi Cuixart, líderes de la Asamblea Nacional Catalana y Òmnium, los 'jordis', se sintieron como afrentas insalvables. «La independencia en Cataluña es una insumisión», define. «Podría no serlo si se hubiera interpretado la ley de manera más flexible y se hubiera dejado hacer un referéndum. Esta tempestad no hubiera llegado con una reforma de la Constitución, mayor autogobierno y un Concierto Económico como en el País Vasco. Yo creo que hay que dar pasos atrás, pero me temo que mucha gente ya no está dispuesta a darlos».

En 2012, solo el 19% de los catalanes se consideraba independentista, según un estudio de la Autónoma de Barcelona. El periodista televisivo Ramón Colom cuenta que en su familia hay dos ramas: «Una conservadora españolista y otra catalana próxima a Esquerra. La convivencia siempre había sido posible. Y ahora todo es motivo de discusión». Desde su oficina en el burgués Eixample, Colom reconoce no creer en la independencia. «La sociedad y la economía actuales son complejas. ¿El Estado español no tiene nada que ver con La Caixa y el Banco de Sabadell? ¿Y con la UE? Esas pérdidas de poder fruto de la globalización tendrían que haber sido compensadas con más dosis soberanas», reflexiona.

El papel de TV3 en el cambio de la sociedad catalana hacia el soberanismo es «clave», según Colom, que fue director general de Televisión Española en los 90. «La línea de programación es una y determinada. Si en el mapa del tiempo no existe la climatología de la Península, ¿para qué vas a hablar de España?». También lamenta la «falta de sensibilidad» de algunos periódicos de Madrid. «He leído crónicas que demuestran un desconocimiento absoluto», observa.

El 'procés' se ha alimentado desde medios digitales, sufragados por la Generalitat, mientras los dos diarios mayoritarios, 'La Vanguardia' y 'El Periódico', viraban en sus líneas editoriales hacia un firme rechazo al soberanismo. Las movilizaciones se han convocado mediante whatsapp y, sobre todo, Telegram, una red social en apariencia más segura. A golpe de consigna y de 'fake news', como el mapa de los doce países europeos que apoyaban la independencia de Cataluña, en realidad un bulo de la web 'Russia Today' que voló de móvil en móvil. El histórico tejido de asociaciones vecinales en barrios y pueblos y los movimientos estudiantiles son clave en movilizaciones que siempre cuentan con su propio cordón de seguridad. Los 'indepes' se enorgullecen de la ausencia de incidentes. Hablan de Gandhi en contraste con las convocatorias del bloque constitucionalista, a las que se suman, a su pesar, violentos grupúsculos de la ultraderecha.

Derecha con olor a colonia

«Cataluña vive una grave situación política y la Universitat de Barcelona, como institución de referencia en el país, no puede ni debe desentenderse de lo que está pasando», responde por escrito a este periódico su rector, Joan Elias. «Nos encontramos en un conflicto de naturaleza política y social. Su solución requiere y requerirá diálogo. Nosotros reiteramos nuestro apoyo absoluto a las instituciones democráticas de Cataluña, nuestra defensa del autogobierno y las instituciones recuperadas ahora hace cuarenta años».

La defensa del país también mueve a Josep Bou, presidente de Empresaris de Catalunya, que recuerda una cena días antes de la DUI. «Yo era el único sin chófer», apunta. «Estaban grandes empresarios, el exconseller Santi Vila, el delegado de Gobierno... Salí compungido de allí. Escuché unas cosas... Los empresarios tenemos parte de culpa por no haber dado un puñetazo en la mesa y haber dicho al señor Mas en su momento que parase. Una parte por cobardía y otra por interés, porque algunos soñaban con un régimen fiscal propio como el de Euskadi».

Al frente de una asociación que agrupa a 500 empresas, Bou recuerda que Cataluña aporta el 20% del PIB español. «Ahora no podemos ser solidarios, solo en octubre se han marchado 1.963 empresas, o más bien las han echado», recuenta. Los independentistas argumentan que el traslado de sede social es puramente simbólico. «El empleo se está manteniendo», consiente el presidente de los empresarios. «Los centros de producción no se han ido, pero sí directivos y consejos de administración. Oficinas enteras».

La aplicación 'suave' del artículo 155 de la Constitución tranquilizó al sector. Los clientes de bancos han dejado de retirar depósitos y una compañía tan señera como Freixenet ha dicho que se queda. «Parte de las empresas deslocalizadas no volverán, y eso dejará una llaga económica», augura Bou. «Impuestos más bajos, IRPF más bajo para sus directivos, normativas legales menos farragosas...». Argumenta que asociados de su empresa de panadería tardan nueve meses en abrir un establecimiento en Barcelona. «Cristina Cifuentes me decía el otro día que en quince días se abre en Madrid».

Los apuntes macroeconómicos no van mucho con Iru Moner, activista del entorno libertario que nos guía por el barrio de Vallcarca. De luchar contra la especulación pasó a frenar a los Mossos el 1-O. En la Assemblea de Vallcarca coinciden asociaciones de vecinos, colectivos de arquitectos, AMPAS, observatorios urbanísticos... «El 15-M fue el detonante de todo», ilustra. «Era un movimiento alimentado por el descontento de la crisis y que se quedó adormilado hasta que CiU lo canalizó en el rechazo a España. Porque la derecha catalana es distinta a la española, la nuestra huele a colonia, la otra a rancio».

Moner insiste en la importancia del tejido asociativo y la tradición libertaria y anarquista. «Este flujo de la sociedad se volcó en el soberanismo, no en un nacionalismo identitario. La independencia simboliza insumisión, no como en Euskadi, donde es más la cuestión del RH». Acaba de conocerse la prisión preventiva para los exconsellers y en Vallcarca se pinta una pancarta para bajar raudos a la Plaza de Sant Jaume. Iru Moner profetiza días complicados. «Desde la distancia que genera Puigdemont y su tropa, todo el mundo irá al Ayuntamiento. No somos fieles al Govern, pero sí a la República».

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