El Gobierno prohíbe los aplausos a un PP entusiasta

P. DE LAS HERAS MADRID.

No había nada que celebrar ayer en el Senado. Al menos, no según el relato que estos días ha construido Mariano Rajoy. Pero aun así, la bancada del Partido Popular aplaudió a rabiar cuando, durante su solemne intervención desde la tribuna, el presidente del Gobierno explicó cuál era la primera medida para la que pedía autorización a la cámara: la destitución de Carles Puigdemont. También lo hizo durante otros momentos de su discurso, como cuando dijo que, de haber sido el presidente de la Generalitat, él habría acudido a ese pleno a defender sus «principios». Y, por supuesto, del mismo modo lo vitoreó al final.

El efecto resultó tan extraño, tan fuera de sitio, que desde el Ejecutivo se preocuparon en transmitir su incomodidad para evitar malos entendidos y, cuando llegó el momento cumbre, el de la votación, por primera vez en 40 años de democracia, de la toma de control de una comunidad autónoma por parte del Ejecutivo central, apenas se oyó una mosca. El presidente del Senado, Pío García Escudero, leyó el resultado, anunció con tono neutro que le sería comunicado tanto al Gobierno de la Generalitat como al Parlamento de Cataluña y levantó la sesión.

Fue, sin embargo, la senadora de Nueva Canarias, María José López Santana, la única que optó por la abstención, quien puso voz a un sentimiento compartido desde otras filas. «No es día para aplausos y discursos triunfalistas. No hay vencedores ni vencidos. Hemos fracasados todos, todos», dijo.

La jornada dio para mucho. Seis horas de argumentos sesudos pero también de reproches mutuos y de invectivas. Seis horas de sentimientos a flor de piel y de imágenes graficas. Quizá la más elocuente, la de la senadora de ERC, entregando a Rajoy un libro de Salvador Giner llamado «Cataluña para los españoles» y recogiendo a su vez el regalo del presidente: una Constitución.

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