LOS FASTOS DE ETA

MARÍA JIMÉNEZ JEFA DE PRENSA DE COVITE

En los fastos del final de ETA, el día clave debía de ser ayer. Después de dos semanas de anuncios de anuncios, de cartas intempestivas y de filtraciones planificadas, los terroristas reservaban para la traca final un comunicado de despedida. Sin embargo, en ninguno de sus cinco párrafos han hecho referencia a los elementos que podrían haberlo convertido en histórico: las víctimas, la colaboración con la justicia y la autocrítica. El anagrama de la banda se impuso por última vez en una nota marcada por las ausencias. La jornada, aunque pasará indefectiblemente a la historia, se recordará también como una oportunidad perdida.

Primero, las víctimas. La única referencia a los damnificados durante el serial en el que ETA ha convertido su disolución se produjo en su raquítica petición de perdón, sólo aplicable al 40% de sus asesinados. La organización terrorista ha desactivado sus siglas causando la última humillación a los 853 muertos, a los casi 2.600 heridos y los miles de extorsionados y exiliados.

Segundo, la colaboración con la justicia. Lejos de cualquier parecido con el pronunciamiento de las Brigadas Rojas, ETA ha pasado por alto la posibilidad de abrirse a esclarecer sus crímenes. Los presos, bajo las órdenes de la izquierda abertzale, siguen manteniendo la delación como una frontera que no deben traspasar. A ello se unen los atentados que la organización terrorista ni siquiera ha asumido.

Y por último, la autocrítica. El comunicado final de ETA es un panfleto autojustificador de consumo interno, dirigido a quienes integraron en algún momento sus filas y también a quienes secundaron su proyecto político, incluida la vía de la violencia para instaurarlo. Las referencias a los agravios sufridos -el «Estado jacobino» y la Euskal Herria agonizante- son los antecedentes de un discurso victimista que presenta a los terroristas como vanguardia de la liberación de un pueblo asediado.

El lento final de ETA ha devenido en un hartazgo generalizado que entraña el riesgo de querer cerrar el capítulo de su historia demasiado rápido, quizá sin detenerse en analizar los riesgos de las prisas por pasar página. Uno de ellos, quizá el principal, está enunciado en su comunicado de despedida: la organización da por concluida «toda su actividad política», como si sus herederos políticos defendieran un proyecto diferente al suyo. La ausencia de condena de la violencia practicada refuerza la idea de que si ETA dejó de matar no fue porque sus miembros experimentaron un viraje moral, sino porque estratégicamente dejó de ser rentable. Y quienes recogieron su testigo político sin condenar la violencia no hacen sino terminar de apuntalar esta sospecha.

Serán ellos, los custodios políticos de la banda, quienes probablemente encabecen los intentos por reducir el impacto del terror, quienes pongan empeño en repartir culpas de manera más o menos equitativa y quienes tachen de vengativos a quienes se empecinen en recordarles que ETA una vez existió. Sus líderes, con un indudable sentido de la historia, y de la propaganda, trabajarán para construir a sus propios mártires. De hecho, ya lo están haciendo con Txabi Etxebarrieta, asesino de la primera víctima de ETA, José Antonio Pardines, y a quien han dedicado una asociación con su nombre y hasta merchandising en forma de camisetas. En el fondo, todo ello va dirigido a almidonar el papel de ETA en la Historia con mayúscula, a inclinar el relato a su favor a costa, incluso, de caer en el negacionismo.

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