El expresidente sostiene que, «pese a las amenazas, pronto habrá Govern»

Puigdemont pretende demostrar a Esquerra que tiene libertad de movimientos para poder gobernar desde Bruselas

ADOLFO LORENTE

bruselas. La de ayer no fue una madrugada cualquiera. El aeropuerto de Charleroi, la base de operaciones de Ryanair en Bélgica, se encuentra a 65 kilómetros al sur de Bruselas y es una de las grandes pesadillas de sus usuarios cuando el vuelo de marras sale a primera hora de la mañana. El de Copenhage lo hacía a las 06:55 horas. ¿Irá? ¿Se echará atrás? Llegó sobre la bocina, pero sí, 85 días después de llegar a su autoproclamado 'exilio' belga, se atrevió a salir del país asumiendo el órdago de la activación de una nueva euroorden.

En el asiento A de la fila 1 se sentó Carles Puigdemont dispuesto a dar una conferencia universitaria sin saber muy bien qué ocurriría cuando aterrizase en la capital danesa. Aterrizó a las 8:24 horas, encendió su móvil y vio que el Ministerio Público ya había anunciado que seguía adelante con sus planes de solicitar al Tribunal Supremo una euroorden que al final nunca llegó a las autoridades judiciales del país nórdico.

Si buscaba provocar este escenario, fracasó. Si de lo que se trataba era de provocar al Estado, mantener viva su causa y demostrar a Esquerra que es factible presidir Cataluña desde Bruselas porque tiene libertad de movimientos por toda la UE, objetivo cumplido. «A pesar de las amenazas de Madrid, no vamos a capitular frente al autoritarismo. Pronto formaremos un nuevo Gobierno», proclamó el mismo día en el que el president del Parlament, el republicano Roger Torrent, le confirmó como candidato oficial a la sesión de investidura. Eso sí, la gran pregunta sigue sin respuesta. ¿Volverá a Cataluña, como prometió en campaña electoral? «Prefiero no contestar sobre cuestiones de actualidad», señaló el expresidente.

Se colgó el cartel de no hay billetes. Unas 400 personas escucharon una intervención pronunciada en inglés. En la parte inicial, la leída, no hubo grandes novedades más allá de repetir durante 20 minutos las bondades del procés y reiterar sus duras acusaciones contra España, por «su larga sombra franquista», y contra la UE, a la que reprochó que con su apoyo a Mariano Rajoy «legitime el uso de la fuerza y la vulneración de los derechos humanos actuando con un doble rasero». Llegó a asegurar que «la democracia europea está en juego» y que el contencioso catalán es «igual de importante que el 'brexit».

«¿Usted es un populista?»

Como suele ocurrir en estos casos, lo interesante llegó en el debate y aquí el expresident se enfrentó a muchas de las preguntas incómodas a las que no está acostumbrado tras 85 días ofreciendo entrevistas a medios afines. La primera sonó como un latigazo. «¿Es usted un populista?», lanzó el moderador, Mikkel Vedby Rasmusse. Sorprendido, replicó que no.

Fue solo un aperitivo de lo que estaba por venir. El plato principal lo sirvió la experta en política europea Marlene Wind. «¿Democracia es solo votar o también respetar el Estado de derecho? ¿Qué hacemos con el 50% de los catalanes que no es independentista? Cataluña es la región más rica de España y España es un país más descentralizado que Alemania, ¿quizá lo que quieren es quitarse de encima a las regiones más pobres?», interrogó la académica.

El candidato a presidir de nuevo la Generalitat salió como pudo tirando del mantra habitual. Que si «nos tratan como una provincia», que «si sólo queremos votar en paz y nos han dicho 18 veces que no a la oferta de diálogo», que si «queremos ser la Dinamarca del sur»...

También fue preguntado sobre el efecto dominó que podría provocar en País Vasco o Galicia, pero él se refiero solo al Euskadi y Navarra para negar la mayor y explicar que se trata de casos muy diferentes porque estas regiones «pueden recaudar sus propios impuestos y luego negociar con el Estado. No es una mala situación», ironizó el cabeza de lista de Junts per Catalunya.

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