Entre la euforia y la congoja

La gente que seguía la sesión del Parlament en la calle a través de pantallas reaccionó con gritos de euforia y abrazos a la declaración de independencia en la Cámara. :: reuters/
La gente que seguía la sesión del Parlament en la calle a través de pantallas reaccionó con gritos de euforia y abrazos a la declaración de independencia en la Cámara. :: reuters

Los secesionistas tomaron los alrededores del Parlament y de la Generalitat a la espera de días menos festivos El éxtasis de los independentistas en su día grande contrastó con la inquietud del resto

MELCHOR SÁIZ-PARDO

barcelona. La Cataluña más dividida y más enfrentada se dejó ver ayer en las calles de Barcelona, convertida en el epicentro de la «proclamación de la nueva república». Gritos eufóricos, abrazos, lágrimas, canciones, vítores, aclamaciones y besos por la llegada de su ansiada independencia. Y solo unas calles más allá, caras largas, también lágrimas (pero muy diferentes), maldiciones, tristeza, pero sobre todo mucha preocupación. Miedo. Verdadera congoja. Dos visiones antagónicas de un mismo salto al vacío que se repitieron en casi cada esquina de la ciudad condal. Aunque ayer las calles de la capital de ese supuesto futuro estado independiente fueron de los secesionistas.

Pero, desde luego, no todo Barcelona lo celebró. Los festejos de la independencia, en la que participaron varias decenas de miles de personas, tuvieron su comienzo en las inmediaciones del Parlament, tomado por la multitud muchas horas antes de que a mediodía comenzara el pleno que iba a proclamar la ruptura.

Esta vez, los independentistas sí sabían que iban a salirse con la suya y que iba a haber fiesta. Ni rastro de los rostros sombríos y de dudas como los vistos en los últimos días en los que se barajó que Carles Puigdemont convocara elecciones. Los secesionistas acudieron al Parc de la Ciutadella(tomado literalmente por los mossos para evitar que la muchedumbre llegara a la sede de la Cámara) convencidos de que no iba a ser otra 'fiesta interruptus' como la del 10 de octubre cuando el 'president' dejó en suspenso la declaración de independencia. Y así fue. Hubo borrachera de independencia ante la previsión de que vengan días menos festivos con el 155.

Un grupo de exaltados españolistas rompió los cristales de la sede de Catalunya Ràdio

La fiesta comenzó pronto con los consabidos gritos de independencia y las notas de 'Els Segadors'. Esteladas por doquier y aplausos continuos a los alcaldes independentistas, también convocados a esta «jornada histórica», que aparecían en las inmediaciones con sus bastones de mando. ANC y Omnium se dejaron la piel para convertir la espera en un verdadero espectáculo. Las pantallas gigantes no solo permitieron a los presentes seguir lo que ocurría en el interior del 'Parlament' sino también saber qué pasaba en el Senado, en Madrid. En ese ambiente futbolero no faltaron los abucheos, los pitos y los insultos a los políticos no nacionalistas y los aplausos a los propios. La mayor bronca se la llevó la intervención de Mariano Rajoy en la Cámara alta.

Adrenalina acumulada

Pero eso solo fue un aperitivo largo. El éxtasis llegó a las 15:35. Miles de gargantas hicieron tronar el Parc de la Ciutadella, como si les hubiera cogido por sorpresa que el Parlament, sin presencia de la oposición, iba a dar su sí a la independencia. Casi pareció la celebración de un gol en una final del campeonato del mundo. La adrenalina acumulada en estos últimos meses y espoleada por la incertidumbre y los vaivenes de los últimos días voló por encima de las esteladas.

El eterno «in, inde, independencia» se escuchó más fuerte que otras veces, pero también con voces entrecortadas, de jóvenes y, sobre todo, de muchos mayores. Lo de proclamar la república en un viernes en horario laboral no permitió a los trabajadores 'indepes' unirse a esa celebración.

Fuera de ese microespacio nacionalista en que se convirtió el Parc de la Ciutadella, y luego más tarde la plaza de Sant Jordi, la presunta proclamación de la república catalana no fue ni menos una fiesta. Es cierto, se oyeron petardos de celebración por algunos puntos de Barcelona, pero desde luego no hubo una juerga generalizada por toda la ciudad. La única muestra contraria a la DUI fue la marcha de un grupo de unas 400 personas que se manifestó con banderas españolas por el centro de la ciudad. Un grupo de exaltados de esta manifestación rompió los cristales de la sede de Catalunya Ràdio en la Diagonal, sin llegar a entrar.

En el resto de la ciudad no es que hubiera indiferencia a lo que ocurría en el 'Parlament', en el Senado o en Moncloa. Al contrario. En cada rincón no se hablaba de otra cosa. Lo que se veía era mucha incertidumbre. Preocupación evidente. En los bares del Ensanche o de Gracia los parroquianos, todavía horas después del fin de la votación, parecían no dar crédito de que se hubiera producido.

«Esto da miedo de verdad. Hablo de la incertidumbre a corto plazo. A las dudas de qué puede pasar mañana. A si habrá disturbios», se lamentaba Raúl González mientras apuraba un café en un bar de la Calle Enric Granados.

En el edificio de enfrente, en el número 113, unas cuantas esteladas disputaban la fachada a otras enseñas españolas. «Una imagen de lo que hoy más que nunca es este país», resumió Raúl.

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