Lo que pasó este martes en el Parlament responde a una evidencia: la inminencia de la declaración unilateral ha agrietado el bloque independentista. La extraña jugada de Puigdemont, proclamando la independencia y acto seguido congelándola, no es otra cosa que un intento de mantener unida a su gente, posiblemente la única salida en las actuales circunstancias. Con esta pirueta, Puigdemont consigue aguantar su bloque sin contentar del todo a ninguna de las facciones, pero a la vez sin desairar a ninguna. La CUP no estará satisfecha, pero tampoco le han dado motivos para romper, ANC y Òmnium acatan a la espera de lo que pase. Unos y otros dan tiempo a las «negociaciones» con la esperanza de que lo de este martes sólo sea un aplazamiento que sirva al independentismo para cargarse de razones.

Por otro lado, la parte del bloque que no estaba de acuerdo con una medida tan drástica como la DUI ha recibido satisfacción. No se ha producido la rotura, todavía hay esperanza para un acuerdo que evite lo que ayer parecía irremediable. La contorsión a que se obligó el independentismo fue espectacular. Una auténtica ducha escocesa, culminada con una firma que todos puedan leer a su manera. Para unos será un mero acto protocolario, para otros obliga a todos los diputados y es el germen de la nueva república.

Salvada la unidad interna, el gesto de Puigdemont buscaba situar de nuevo el debate en el terreno del Gobierno central a la vez que mostraba su predisposición al diálogo ante la opinión pública internacional. La respuesta del PP, sin embargo, ha sido devolver la pelota al tejado de la Generalitat. Si los independentistas esperaban que Rajoy reaccionara de forma desproporcionada a ojos del mundo, no lo han conseguido. La respuesta del Gobierno central vuelve a poner a Puigdemont en la situación que no quería estar, ya que deberá aclarar si considera válida la declaración de independencia o si, en cambio, sólo se trató de un ejercicio retórico sin implicaciones políticas.

La cuestión de fondo es el precio. Es decir, qué están dispuestos a pagar los independentistas para conseguir su objetivo. Este dilema no se ha hecho presente de forma clara a lo largo del proceso, pero a medida que éste llegaba a su fase decisiva e irreversible, la cuestión del precio se ha ido haciendo más y más evidente. Porque es evidente que habrá que pagar un precio por la independencia. La fuga de grandes empresas lo pone crudamente de manifiesto. Y aquí empiezan las disidencias en el interior del bloque independentista. Hay una parte que está dispuesta a pagar el precio que sea para alcanzar la independencia, pero hay otra que no. Este es el quid de la cuestión.

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