«ETA envió a un cura para disculparse por matar a mi padre, y le eché de casa»

Alberto Negro.
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Alberto Negro.

Dice que la situación ha cambiado porque la banda ya no mata pero que aún hoy se mira mal a quien llama «asesinos» a los terroristas Mari Mar Negro Hija de un trabajador de Lemóniz asesinado hace 40 años

LORENA GIL

Bilbao. El 17 de marzo de 1978, Mari Mar Negro estaba fregando los platos de la comida mientras su madre se echaba una pequeña siesta. La radio estaba puesta. Se escuchó: «Estalla una bomba en Lemóniz». ETA había empezado en 1977 una campaña contra la central nuclear -no llegó a abrir sus puertas-. A lo largo de cinco años, perpetró 246 acciones terroristas que dejaron cinco empleados muertos y catorce heridos. Las dos primeras víctimas mortales fueron Andrés Guerra y Alberto Negro, su padre.

«Lo que hacía ETA era buscar causas que popularmente fueran atractivas y enarbolarlas. En este caso, la antinuclear. Nunca he dicho nada contra esa causa. Al contrario, creo que es legítima. Pero cuando la banda se agarró a ella, la desprestigió. Sus métodos eran las bombas y el tiro en la nuca», explica Mari Mar.

Alberto trabajaba como ajustador en Lemóniz. Aquel día entró en el turno de tarde. «Mi madre no se despidió de él. Había ido a vender pescado al puerto de Santurtzi con mi abuela». «Yo recuerdo verle por la ventana de casa marchar andando... sin saber que ya no volvería».

-¿Cómo era?

-Extrovertido y abierto. Siempre trabajó en montajes de térmicas e hizo muy buenos amigos en todos los destinos. En casa era más estricto, pero la que cortaba el bacalao era mi madre. Hasta que faltó él. Entonces cambió. Con veinte años, me convertí yo en la madre.

Cinco días antes del atentado, alrededor de 60.000 manifestantes protestaban en las cercanías de la central nuclear vizcaína. En medio surgió un grito irresponsable: «ETA, Lemóniz, goma-dos».

-¿Eran conscientes de que las instalaciones eran objetivo de la banda?

-Lo fuimos sobre todo poco antes del atentado.

José Antonio Torre Altonaga, alias 'Medius', que trabajaba como electricista en Lemóniz, fue condenado en 1981 a veinte años de prisión por su colaboración en el atentado que acabó con las vidas de Alberto y Andrés. Investigó durante tres meses la forma de llevarlo a cabo y allanó el camino a otros para que colocaran el explosivo. La sentencia de la Audiencia Nacional denomina, a efectos narrativos, a los autores 'Miguel', 'Martín' y 'Emilio', ya que no fueron juzgados. La bomba se preparó para detonar a las 14.55 horas. Torre acababa su turno a las dos. Tras salir, llamó desde Plentzia en dos ocasiones a la central. A la tercera consiguió comunicar: «Soy un portavoz de ETA militar, hay colocado un explosivo de gran potencia en uno de los generadores del edificio de contención 1». Minutos después estalló, destrozando a Andrés Guerra, de 29 años, y a Alberto Negro, de 43. Otros 14 trabajadores resultaron heridos.

Mari Mar escuchó la noticia por la radio. «Mi madre y yo salimos de casa corriendo. Por teléfono no nos aclaraban nada, así que fuimos al cuartel de la Guardia Civil de Santurtzi», relata. Los agentes les aconsejaron ir al hospital San Juan de Dios. «Cuando llegamos nos cruzamos con un amigo de mi padre, que trabajaba en Lemóniz. Al vernos, se echó a llorar. Supimos que había muerto», se sincera.

El pésame

La siguiente parada fue el depósito de cadáveres del hospital de Basurto. «Estuvimos las dos solas sentadas allí durante unas siete horas, hasta que a las dos de la madrugada nos comunicaron que era mi padre».

-¿Estuvieron siempre solas?

-Sí. Eso fue lo que más me dolió.

Por la casa de su abuela pasarían después multitud de personas a dar el pésame. «Yo era quien les recibía, porque mi madre no podía». Entre las visitas, destacó la de un párroco de Portugalete. «Me dijo que quería transmitirme el pesar por parte de ETA, que su intención no era que muriera ningún trabajador y que la culpa había sido de la central telefónica de Lemóniz por no avisar a tiempo, que mi padre había sido un daño colateral», relata Mari Mar. «Le dije que la culpable de que mi padre estuviera muerto era ETA, porque el que mata es el que coloca la bomba. Y le eché de casa».

También recibió la visita de representantes de la empresa para la que trabajaba su padre, Ibemo, y de Iberduero, encargada de la construcción de la central. «Ambas se comprometieron a darme trabajo a mí porque era la mayor», recuerda Mari Mar, que entonces contaba veinte años. Su madre, Isabel, vendía pescado en el puerto de Santurtzi, pero no cobraba. «Ayudaba a familiares porque le gustaba. De hecho, sigue haciéndolo a día de hoy, que va a cumplir 81 años...», revela.

Mari Mar tenía dos hermanos de catorce y cuatro años. «Fui a la empresa en la que trabajaba mi padre. Pero me trataron fatal. Me espetaron que una cosa es lo que se dice en el momento y otra, lo que se puede hacer». Alos tres días se acercó a Iberduero. «Me daba un apuro enorme. Y allí no tuve ningún problema. Me dijeron que no me preocupara, que un hueco para mí iba a haber. Y para ellos he trabajado, hasta que me prejubilé a los 57», agradece. Iberduero también contrató a la viuda de Andrés Guerra.

Tras la bomba de aquel 17 de marzo de hace cuarenta años, ETA continuó con sus ataques contra Lemóniz. Un comando atacó en diciembre de 1977 el puesto de la Guardia Civil que vigilaba las obras. Uno de los terroristas murió por el tiroteo. La izquierda abertzale lo llamó «el primer mártir de Lemóniz».

«La situación en el País Vasco ha cambiado fundamentalmente porque ya no se mata. Pero seguro que cuando se publique esta entrevista, algunas personas me mirarán mal», sostiene Mari Mar

-¿Por qué lo dice?

-Afirmar claramente que lo que hizo ETA estuvo mal, que son unos asesinos, no gusta. Si me callo o suavizo lo que ha ocurrido, soy maja. Aquí, el que molesta y crispa es quien llama a las cosas por su nombre.

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