Un debate anodino en blanco y negro

La sesión de investidura pasa sin pena ni gloria en los alrededores de un Parlamento sin medidas policiales de excepción

MARÍA EUGENIA ALONSO

BARCELONA. La imagen del día no estaba en el interior del hemiciclo catalán, donde los diputados constitucionalistas y soberanistas ocupaban sus escaños, a excepción de los cinco parlamentarios en prisión y los dos huidos en Bélgica y Alemania. Tampoco estaba fuera, donde ayer no había ni rastro de las medidas de excepción de otras ocasiones ni de los manifestantes independentistas que en el fallido pleno de investidura de Carles Puigdemont del pasado 30 de enero cercaron el Parlament y consiguieron llegar hasta las puertas de la Cámara tras desbordar el cordón policial.

Estaba en la sala de invitados, aquella en la que el expresidente firmó el 27 de octubre la declaración de independencia y que ocho meses después estaba desierta. Tan sólo una persona seguía desde la pantalla colocada para la ocasión el discurso de Quim Torra, el digitalizado por Puigdemont para sucederle al frente del Gobierno de la Generalitat y que no consiguió congregar a las masas ni dentro ni fuera del Parlament.

En la tribuna Artur Mas, abonado a los plenos de investidura, siguió atentamente la intervención de Torra, que no defraudó al sector más radical del separatismo. Y es que la palabra 'república', a diferencia de lo ocurrido en la anterior sesión de investidura, la que cursó un Jordi Turull apesadumbrado con la espada de Damocles de la cárcel encima, estuvo omnipresente.

El discurso del candidato de Junts per Catalunya, de apenas cincuenta minutos, estuvo salpicado de expresiones altisonantes en un intento por garantizarse el apoyo, o como mínimo la abstención, de los cuatro diputados de la CUP. Además hizo gala de su poliglotismo. Hasta cuatro lenguas utilizó: el catalán, el aranés en un guiño a una parte de Cataluña, el castellano para interpelar al Rey y a Mariano Rajoy, y el inglés para dirigirse al presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, a quien pidió «mediación para favorecer el diálogo».

De Havel a Txarango

El presidenciable tampoco escatimó en referencias culturales, que fueron desde ámbitos tan diversos como el político checo Václav Havel al grupo musical Txarango, próximo a los cuperos y que compuso una canción para el referéndum, pasando por el maestro colombiano Gabriel García Márquez. Hasta hubo espacio para la poesía y la utopía en su intervención, la de Marià Villangómez, de cuya muerte se cumplieron este sábado 16 años, y escogió: «Querer lo imposible nos hace falta, y no que muera el deseo». Verso que le hizo perder los papeles, que cayeron del atril al suelo.

Para su sorpresa, Torra despertó una vez el aplauso de la bancada de Ciudadanos, con su líder a la cabeza, Inés Arrimadas. Pero no para mostrar aprobación, sino en tono irónico. Fue cuando pidió que en la nueva etapa que él quiere comenzar, no se recurra «al insulto como forma de referirnos» suscitando las carcajadas de los parlamentarios naranjas. Risas que motivaron un toque de atención del presidente del Parlament, el republicano Roger Torrent.

Un debate en blanco y negro en el que la única nota de color la puso el amarillo del vestido de la diputada de JxCat, Laura Borràs, y los lazos que una vez más presidieron los escaños de los diputados encarcelados y las solapas de todos los parlamentarios secesionistas. Un símbolo que Torra confía en colocar en la fachada del Palau de la Generalitat, al que, de obtener el favor de la CUP en forma de abstención, llegará este martes como presidente para recuperar la mesa de Lluìs Companys.

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