La convivencia en Cataluña, partida por el amarillo

Cruces amarillas de toallas en la playa de Mataró. :: Marta Perez / efe/
Cruces amarillas de toallas en la playa de Mataró. :: Marta Perez / efe

El Ayuntamiento de Barcelona descuelga el lazo de su fachada, mientras Torra alienta a mantener la tensión en las calles

CRISTIAN REINO BARCELONA.

El amarillo marca la actualidad catalana. No solo por lo que pasa en las playas, sino también en el Parlament y en las plazas y calles de media Cataluña. Después de los enfrentamientos de los últimos días, tanto en los arenales de Canet de Mar (Barcelona) y Llafranc (Girona) como la trifulca que protagonizaron los independentistas y Ciudadanos en el Parlamento por un lazo amarillo, la tensión regresó ayer a la playa de Mataró, a Barcelona y a Lleida. En la capital del Maresme, el ayuntamiento había advertido de que no permitiría una plantada de cruces amarillas en sus playas para «evitar el conflicto». La Generalitat había avisado de que un montaje de este tipo precisaba de autorización. Al final no hubo cruces de madera, como los cementerios de la semana pasada.

Pero para burlar la legalidad, un centenar de personas convocadas por los Comités de Defensa de la República (CDR) colocaron toallas y bufandas formando cruces amarillas para reclamar la libertad de los secesionistas encarcelados. No se produjeron los enfrentamientos de la semana pasada en Canet, en parte porque no acudieron los Grupos de Defensa y Resistencia (GDR), réplica antiindependentista de los CDR, que se proponen «limpiar» Cataluña de lazos amarillos. Pero si hubo tensión y un hombre tuvo que ser conducido por los Mossos para evitar males mayores.

Las mismas cruces con toallas, pero rojas y amarillas de la bandera española, aparecieron ayer en la playa de la Barceloneta en la capital catalana, instaladas por un millar de personas que protestaban contra el «supremacismo» de Quim Torra. Todos ellos se manifestaron en la plaza Sant Jaume de Barcelona, donde se vivieron momentos complicados. Convocados por la plataforma que defiende Tabarnia, tiraron las vallas que protegen la entrada del Ayuntamiento, un policía cayó al suelo, intentaron entrar al edificio y reclamaron airadamente la retirada del lazo amarillo que luce en la fachada. Como en cientos de consistorios. Un agente de la Guardia Urbana acabó quitándolo del balcón para evitar que la crispación fuera a más.

El tercer foco de tensión se produjo en Lleida, donde el alcalde de la ciudad, Ángel Ros, fue abucheado durante las fiestas de la localidad por una cincuentena de miembros de los CDR. Ros, que acompañaba al presidente de la Generalitat en su primera visita a Lleida, ordenó el viernes pasado a los servicios de limpieza municipales que retiraran los lazos amarillos de las calles de la ciudad, después de recibir la carta que el delegado del Gobierno ha enviado a todos los alcaldes catalanes instándoles a garantizar la «neutralidad» del espacio público.

Quim Torra, en cambio, fue recibido con aplausos y pidió a Ros que no criminalice los lazos amarillos. «No puede ser que criminalicemos colores, expresiones o lazos amarillos; seamos respetuosos con los derechos civiles y políticos de los ciudadanos», señaló. Además, alentó a la ciudadanía a mantener la pugna en la calle, a no aflojar y mantenerse firme. «Ganaremos, sacaremos a los presos políticos de la prisión, ellos serán libres y el pueblo de Cataluña también. Y para ello nos hace falta el esfuerzo de todos», remató.

Fractura social

«La fractura en la sociedad catalana cada vez es más profunda», reflexiona Gabriel Colomé, profesor de Ciencia Política de la Universidad Autónoma de Barcelona y exdirector del CEO (el CIS catalán). «Hay una parte que se cree que la calle y las playas son suyas y otra parte que ha dicho basta al amarillo», señala. Tras la frustración posterior a la declaración de independencia, apunta, viene la irritación, que es la fase actual, y luego llega la violencia. «La de baja intensidad ya la hemos vivido», dice, no hasta el punto de la «batasunización» de la sociedad catalana, pero advierte de que puede haber una deriva si nadie hace nada.

Los primeros síntomas ya están en las calles, avisa Colomé. «Si alguien pone cruces amarillas en la playa y otro grupo responde», la violencia puede llegar en cualquier momento.

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