LA CIUDAD CONTRADICTORIA

ALICIA GIMÉNEZ BARTLETT

Decir que vives en Barcelona cuando viajas al extranjero funciona como un auténtico talismán. Es rarísima la persona que no ha estado alguna vez, o que planea visitar la ciudad o que siempre ha deseado conocerla. En cualquier caso, tu interlocutor esboza sistemáticamente una sonrisa al oír el nombre mágico: Barcelona. Si preguntas los porqués de las simpatías que suscita, pueden contestarte cualquier cosa: es en el fondo un lugar pequeño, acogedor, tiene un comercio maravilloso, muchos estilos arquitectónicos, ¡se come tan bien! Supongo que todo es verdad.

Llegué a Barcelona en 1975. Por lo visto era una época de decadencia para la ciudad. Félix de Azúa había acuñado una comparación que hacía fortuna: «Esta ciudad es como el 'Titanic'. Ha sido todo un lujo, pero se hunde en la actualidad». Como buen intelectual, De Azúa se refería a las cuestiones culturales. Según él, la antigua apertura al mundo de la urbe se veía entorpecida por una oleada de provincianismo, preocupado sólo por la «pequeña cultura local». Como buen intelectual, ya digo, De Azúa también pretendía provocar. Lo consiguió: hubo debate, opiniones encontradas y pasión. Barcelona no se hundió sin embargo.

Yo creo que en todos estos años que llevo aquí sólo la he visto florecer más y más. Quizá es que a mí me gusta esta ciudad. ¿Mi porqué? Es contradictoria hasta decir basta. Me explicaré: yo la encuentro burguesa y al mismo tiempo, antisistema. Tradicional y al mismo tiempo, ultramoderna. Profundamente esnob y al mismo tiempo, profunda. Clasista y al mismo tiempo, muy progresista. Solo hay una manera de que semejante mezcla de lugar a un cóctel estimulante: todo coexiste. Mil veces me ha llamado la atención ver a las señoras saliendo de una parroquia y comprando el pastel de los domingos. En el camino se cruzan con jóvenes de estéticas varias y a veces disparatadas. No pasa nada. Nadie se extraña, nadie se mira con resquemor, cada uno a lo suyo: coexisten. Coexisten los restaurantes de sushi con los de 'pa amb tomáquet', coexisten los espectáculos vanguardistas y el teatro comercial, las fiestas de barrio y los eventos sofisticados.

A veces a los habitantes nos da un ramalazo de autocrítica ciudadana y procuramos poner en solfa algunos defectos. En ese caso es asombroso comprobar la participación de la gente en los debates públicos, como también lo es ver hasta qué punto el común de los ciudadanos conoce los entresijos de su ciudad. Me deja con la boca abierta la erudición de los pequeños detalles. Se diría que más que de su ciudad, los habitantes hablan de su amante.

Y puede que sea así, Barcelona es amada por sus ciudadanos, apasionadamente, casi de modo incondicional. Aquí vivimos en paz, con la sensación de ser libres, con la convicción de que algún nervio vital para el resto del mundo pasa por nuestra latitud. Somos orgullosos, francamente insoportables en ese tema. Como antes les dije: somos snobs. Nueva York está bien, y Londres y Constantinopla, pero Barcelona... ¡ah, ese es un privilegio del que disfrutamos con plena conciencia! ¡Y encima no hay toros!, ¿qué más se puede pedir? Solo que nadie pretenda alterar con sangre lo que tenemos.

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