Centenares de miles de catalanes toman la calle para clamar contra la independencia

Los manifestantes 
llevan una gran lona con 
las banderas de España, 
Cataluña y Europa en la 
manifestación de ayer 
en el centro de 
Barcelona.  :: Jon Nazca / reuters/
Los manifestantes llevan una gran lona con las banderas de España, Cataluña y Europa en la manifestación de ayer en el centro de Barcelona. :: Jon Nazca / reuters

Los antisoberanistas se sacuden los complejos y ocupan Barcelona durante todo el día envueltos en sus banderas

MELCHOR SÁIZ-PARDO BARCELONA.

No fue solo la manifestación. En realidad fue todo el día. Los constitucionalistas catalanes demostraron ayer que no están dispuestos, ni mucho menos, a dejar la calle a los independentistas como antaño. O como hace solo unas semanas.

Menos de 48 horas después de que el Parlament aprobara la declaración unilateral de independencia y los secesionistas movilizaran a sus bases en la «fiesta de la república» en la plaza de Sant Jaume, centenares de miles de personas tomaron el centro de Barcelona para exigir el «fin del salto al vacío» y mostrar abiertamente su apoyo a la aplicación del artículo 155 para «restaurar la legalidad». Fue, muy mayoritariamente, una marea de banderas españolas que no impidió que el PSC con toda su plana mayor se uniera a la marcha convocada por Sociedad Civil Catalana (SCC), con la que no siempre ha tenido las mejores relaciones.

Como siempre, hubo guerra de cifras. Los organizadores aseguraron que más de un millón de personas participaron en la manifestación que colapsó el Paseo de Gracia, la Gran Vía y todas las vías adyacentes. La Guardia Urbana redujo el número a 300.000. En cualquier caso, imposible de calcular.

El líder del PSC fue uno de los políticos más aclamados al grito de «Iceta, lo peta»

Más allá de las cifras, los unionistas (o españolistas, o constitucionalistas o antiindependentistas) quisieron dejar claro ayer que ya no tienen complejos. No fue tanto la manifestación. Fue más antes y, especialmente, después. La protesta casi fue una suerte de catarsis, una coartada para «salir del armario de manera masiva», como describió con acierto uno de los adolescentes que participó en la convocatoria.

Millares de personas con banderas españolas atestaron los trenes de cercanías o los autobuses mucho antes de que comenzara la manifestación. Gritos de «soy español» antes incluso de desayunar en las estaciones del centro de la ciudad condal.

Sorpresa

Pero sobre todo, después, una vez que terminaron los discursos en los escenarios y las declaraciones de los políticos. La sorpresa fue ver a centenares de personas en las terrazas de la Diagonal, a más de dos kilómetros del epicentro españolista de la manifestación de SCC, disfrutando de este 'veroño', enfundadas en sus banderas nacionales y senyeras después de haber participado en la marcha. Comidas en familia envueltas de rojo y gualda que incluso resultarían raras en Madrid u otros puntos de España. Sin complejos. Imagen extraña cuando en muchos de los balcones sobre esas terrazas lucían, también sin complejos, enormes esteladas y carteles de todo tipo a favor de la república catalana.

Pero los independentistas, como cumpliendo un pacto tácito de respeto, dejaron hacer a los no nacionalistas por el centro de Barcelona. A pesar de la evidente tensión en la que vive la capital estos días -y también toda Cataluña- no hubo encontronazos a pesar de que los más perezosos de la manifestación pasearan con grandes banderas españolas al hombro cuando caía la noche.

Los manifestantes en contra de la DUI de Puigdemont parecían dejar claro con su insistencia en no irse a casa tras la manifestación que la protesta del pasado 8 de octubre, la primera vez en la que los constitucionalistas tomaron de forma masiva a la calle, no fue una anécdota y que la salida del armario no era para volver dentro. Con el calentón antiindepentista hubo incluso quien se atrevió a media tarde a colgar de su balcón la bandera del Espanyol.

Antes, mucho antes, se habían dejado las gargantas bajo un calor sofocante impropio de finales de octubre. 'Tots som Catalunya. Per la convivència, seny!' (Todos somos Cataluña. ¡Por la convivencia, sentido común!) rezaba la convocatoria. Los lemas coreados, desde luego, no fueron tan políticamente correctos. «Puigdemont a prisión» o «Trapero, cabrón, a prisión» se dejaron oír desde mucho antes de que arrancara la marcha, que, en cualquier caso, discurrió en un ambiente totalmente festivo y sin incidentes.

Sociedad Civil Catalana y sus más de 500 voluntarios se habían volcado en sus mensajes para que nadie portara símbolos inconstitucionales o que los ultras, que ya se hicieron notar en anteriores convocatorias, reventaran la manifestación. No hubo radicales y el 'Viva a España' de Manolo Escobar y el 'yo soy español' atronaron sin que el importante contingente policial de los Mossos, completado desde el aire con dos helicópteros, tuviera que intervenir en ningún momento. Tampoco fue necesaria la presencia del refuerzo de las fuerzas de seguridad del Estado, aunque los congregados se volcaron en el homenaje a la Policía y la Guardia Civil. No fue solo el hecho de que los Mossos tuvieran que cortar por momentos la Vía Laietana durante el homenaje espontáneo y multitudinario frente a la sede judicial, los congregados también se desagañitaron en vivas a la Policía y a la Guardia Civil. También hubo vivas a España, Cataluña o al Rey.

Pero casi casi el más aclamado fue Miquel Iceta. Su presencia al lado del popular Xavier García Albiol provocó sorpresa y cánticos de «Iceta, lo peta». Nunca antes, el PSC había llamado a participar oficialmente en una convocatoria de SCC. De hecho, en la manifestación del 8 de octubre hubo cargos socialistas catalanes, pero a título individual.

La presencia de políticos, en cualquier caso, fue notable. Se dejaron ver por el paseo de Gracia la ministra Dolors Montserrat; Albert Rivera e Inés Arrimadas por Ciudadanos; la exministra socialista Carme Calvo; el exministro del Interior Jorge Fernández Díaz; la alcaldesa de L'Hospitalet de Llobregat, Núria Marín; la diputada popular Andrea Levy o el delegado del Gobierno central, Enric Millo.

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