Cataluña se encamina 199 días después a una legislatura incierta y, quizás, breve

Tras el debate de investidura quedan más interrogantes que certezas sobre el rumbo que fijará Quim Torra

RAMÓN GORRIARÁN MADRID.

199 días después de que Carles Puigdemont declarara el pasado 27 de octubre la república catalana y de que el Gobierno la suspendiera ese mismo día, aplicara el artículo 155 de la Constitución y convocara elecciones, Quim Torra se ha convertido en el presidente de la Generalitat. Inicia un mandato con más incertidumbres que certezas de acuerdo a lo escuchado en el debate de investidura, y con dos interrogantes que sobresalen del resto: el rumbo y la duración.

El nuevo gobernante desgranó el sábado y ayer una retórica soberanista salpicada de frases épicas, pero el fondo del discurso no arrojó mucha luz sobre sus planes, más allá de aceptar que lo suyo es provisional y que es un testaferro de Puigdemont. Habló de un proceso constituyente difuso, sin plazos y extraparlamentario. Esa constitución de la futura república catalana será, según dijo, fruto de un proceso participativo de la sociedad catalana de abajo arriba, al que dará forma un consejo de la república, que presidirá el expresidente desde Waterloo o Berlín, y la asamblea de cargos electos, entidad dormida creada en la pasada legislatura por si Rajoy cerraba el Parlament. Nada que emane del Parlament con fuerza jurídica susceptible de ser recurrido ante el Tribunal Constitucional.

Torra no plantea, al menos por el momento, nuevos referendos ni leyes de desconexión ni crear estructuras de estado, como hizo Puigdemont al fijar en la pasada legislatura una precisa hoja de ruta de 18 meses. En su intervención en el debate todo fueron vaguedades y buenas intenciones secesionistas para alargar un proceso maltrecho a la espera de que surja una improbable ventana de oportunidad para investir a Puigdemont, «el presidente legítimo».

En JxCat aventuran que podría haber elecciones junto a las municipales de dentro de un año

El nuevo inquilino interino del Palau de la Generalitat se las arregló para encajar en su estrategia de confrontación la petición de diálogo a Mariano Rajoy a sabiendas que es una palabra vacía. Incluso en la improbable hipótesis de que hablaran, el solo hecho de hacerlo tendrá un coste político para ambos porque dos fuerzas tan antitéticas como la CUP y Ciudadanos se han erigido en guardianes de las esencias independentistas y constitucionalistas. Los antisistema y los liberales someten a un marcaje tan estrecho a Torra y Rajoy que han reducido su margen de maniobra a la mínima expresión. La cintura política no existe, y si se atisbara un movimiento sería cercenado por los cancerberos de la ortodoxia. No hay peor espejo para Torra y Rajoy que aparecer ante los suyos como traidores a los principios de la independencia y la Constitución.

Gobierno a medias

No se sabe, por tanto, si Cataluña se adentra en una legislatura de confrontación secesionista sin cuartel o de autonomismo disfrazado. Tanto en un caso como en otro, la duración del mandato estaría en el alero. El enfrentamiento abierto conduciría a una respuesta política y jurídica del Gobierno que ya viene entrenado con la aplicación del 155. Puidemont ya avisó que «si el Gobierno español sigue con la persecución» habría elecciones a partir del 27 de octubre, cuando se cumple el plazo legal de un año desde la convocatoria de las últimas. En Junts per Catalunya aventuraban ayer que se podrían hacer coincidir con las municipales de dentro de un año para que ambas convocatorias tuvieran un espíritu plebiscitario.

Pero si no se produce el enfrentamiento abierto, el Gobierno de Torra tampoco tendría margen para desarrollar la legislatura dado que no contaría con el respaldo de la CUP y estaría en minoría salvo que encontrara el auxilio de los comunes. Todo ello sin contar con las seguras divergencias que van a surgir entre JxCat y Esquerra en su eterna batalla por la hegemonía entre los soberanistas. Se han repartido el gobierno a medias y amalgamar el gabinete será una tarea ímproba, lejos de las capacidades de Torra, cuya candidatura no ha sido bien vista por Esquerra ni por el PDeCAT, que siempre han defendido la tesis del aspirante templado capaz de entenderse, o al menos coexistir sin graves fricciones, con el Gobierno de Rajoy. Es decir, el antípoda de Torra.

Aunque el nuevo presidente de la Generalitat ha venido a decir que estará a las órdenes de Puigdemont -de hecho su primer acto público será una conferencia de prensa hoy junto a su mentor en Berlín, no en Barcelona- la cohabitación nunca es fácil. Además la tradición en la Generalitat es que el que manda 'mata' al padre. Lo hizo Artur Mas con Jordi Pujol y Puigdemont con Mas. En ese marco, la crisis entre las fuerzas independentistas sería inevitable. Como las elecciones.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos