EL CAFÉ DE MI BARRIO

Se ha abandonado el debate para convertirlo en desafío y mientras que en los debates importan los argumentos, en los desafíos solo cuenta la testosterona

VÍCTOR DEL ÁRBOL ESCRITOR Y EXMOSSO D'ESQUADRA

Aunque la ironía sea ese fino sentido de la inteligencia que sobrevuela la realidad y una tentación para analizar la sucesión de jornadas históricas a las que sus Señorías nos someten estos días, mejor será dejarla para tiempos mejores. Sin ironía, pues, les cuento que el café de mi barrio se ha convertido en un apasionado foro político. No hay ágora más fiable que un café de trabajadores mileuristas a las ocho de la mañana. Cada cuál propone soluciones al órdago institucional que los independentistas catalanes han lanzado al Estado. Cuando de justificar una postura se trata, el arsenal de agravios históricos, políticos, culturales o económicos al que recurren es interminable. Lástima que entre tanta arbitrariedad, las pocas verdades que se dicen pasen desapercibidas. Cuando la ideología cristaliza en una determinada visión del mundo, poco se puede hacer para sacar al contrario de su enroque. Aquellos que han querido desde el primer día crispar el discurso público pueden sentirse satisfechos. Han logrado apropiarse de lo que significa ser español o ser catalán, y con ello nos han arrastrado hasta sus posiciones maximalistas, obligándonos a tomar partido como si ya no quedaran más opciones que el enfrentamiento. Y cuidado, si usted se queda en medio será acusado de equidistante. El insulto de moda.

Curiosa manera de entender la democracia la de empujarnos hacia terrenos teóricos más allá de los problemas concretos, pero sin decirnos a dónde vamos. El Govern de la Generalitat y sus socios esgrimen legitimidad electoral para incumplir las leyes que no les gustan. ¿Así de fiable es la seguridad jurídica? ¿Y si cada parroquiano del café de mi barrio hiciera lo mismo? Seguro que los socios de la CUP sonreirían satisfechos. Es extraño el dogmatismo legal también en un Gobierno central aquejado de arrogancia, cuyo mantra ha sido la negación sistemática de un problema primero, y más tarde recurrir como única solución al ariete del Tribunal Constitucional al precio de desprestigiarlo.

Unos y otros, con su verbosidad han marcado no una línea divisoria, sino una trinchera. ¿Qué pasará cuando el 1 de octubre no pase nada? Que vendrán otras fechas históricas, mientras no se afronte la realidad con altura de miras. Porque llegados a este punto, se ha abandonado el debate para convertirlo en desafío y mientras que en los debates importan los argumentos, en los desafíos solo cuenta la testosterona. El problema de los desafíos es que a veces no tienen marcha atrás. Y las huidas hacia adelante son un suicidio.

No tengo nada contra de los discursos espontáneos y la visceralidad en el café de mi barrio, pero en las instituciones se sientan los cargos electos, y me niego a ver mi voto convertido en un azucarillo.

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