«Hay que buscar una urna»

La presidenta del Parlament, Carmen Forcadell, antes de la votación. :: martin benet/
La presidenta del Parlament, Carmen Forcadell, antes de la votación. :: martin benet

Los alcaldes, vara de mando en mano, toman el Parlament, mientras la 'primera dama' acompaña a su marido

CRISTIAN REINO

barcelona. La urna, la joya de la corona del independentismo, según la definición que hizo hace semanas el presidente de la ANC, Jordi Sánchez, ahora encarcelado en Soto del Real, fue una de las protagonistas del pleno parlamentario de la Cámara catalana en el que se declaró la independencia. Porque en el Parlamento catalán, como en la mayoría de los hemiciclos del mundo, se vota pulsando un botón. Si es a favor es verde y si es en contra, rojo. Método sencillo. Pero para la votación más trascendente de su historia, Junts pel Sí y la CUP decidieron que fuera secreta, por aquello de las querellas de la Fiscalía, que sobrevolaban todo el rato sobre la sesión. Una vez que los dos partidos secesionistas decidieron pedir el voto secreto, por miedo a las querellas por rebelión y porque había un cierto temor a que alguno de sus miembros pudiera desmarcarse y quedara retratado, la presidenta de la Cámara reclamó una urna. «Hay que buscar una urna», aseguró. La frase la podía haber pronunciado el ministro del Interior el pasado 1 de octubre, pero no, la dijo Carme Forcadell, la misma que en 2013 aseguró aquello de «president, ponga las urnas». La caja de cristal y bordes de madera apareció al minuto y se pudo proceder con la votación.

La Cámara catalana proclamó la república y los diputados se pusieron en pie. Como en las grandes ocasiones, y la de ayer lo era, la sesión acabó con los sones del himno catalán, Els Segadors. «Se me han puesto los pelos de punta», comentaban los alcaldes presentes en la tribuna de invitados. Emoción, abrazos, muchos abrazos y muy efusivos, casi sonoros, pero en cambio el cava no corrió por los pasillos de la Cámara catalana. Por aquello del traslado de las empresas fuera de Cataluña, ahora el boicot al cava se hacía en terreno local. Los alcaldes, con sus varas de mando en mano, se hicieron casi los dueños del lugar. 'Selfies' por aquí, foto de grupo por allá (en las escalinatas del hemiciclo) y chascarrillos durante el pleno.

En el palco de invitados, estaban también el expresidente de la Generalitat Artur Mas, los expresidentes del Parlamento y Marcela Topor, la 'primera dama' de Cataluña. La mujer de Puigdemont no se suele prodigar en actos públicos y es rara la vez que acompaña a su marido. Los Puigdemont viven en Gerona y el presidente catalán va y vuelve todos los días a Barcelona. Aunque en los últimos tiempos, casi se ha instalado en el Palau de la Generalitat, porque las reuniones se alargan hasta altas horas de la noche. Se había especulado con que Topor se había marchado a su país de nacimiento, Rumanía, para preservar a sus hijas de la crisis que vive Cataluña. Pero su aparición pública acalló ayer los rumores.

El caso es que el pleno había empezado movido y a la oposición se le veía con ganas de que se alargara como los de los pasados 6 y 7 de septiembre, que acabaron como el rosario de la aurora. Los grupos de la oposición intentaron buscar las cosquillas a Forcadell, pero esta vez no pudieron sacarla de sus casillas. Solo al final perdió algo los nervios. Fue cuando la líder de la oposición, Inés Arrimadas, reclamó intervenir, pues consideraba que los presidentes de los grupos debían hacerlo en un debate de la trascendencia del de ayer. «Tiene la palabra, presidenta Arrimadas», se equivocó. «Aún no», respondió la dirigente naranja. En la tribuna, alguno reflexionó que a Forcadell le había fallado el subconsciente: ya está pensando en el cese del Gobierno catalán y está haciéndose cábalas sobre el presidente accidental tras el 155. Cosas del directo, que dirían en la televisión. O de los nervios, según Forcadell, que a alguno puede darle un «ataque al corazón», según expresó.

Al final sí dejó intervenir a Arrimadas, pero por alusiones, en cambio denegó la palabra a Miquel Iceta y Xavier García Albiol, que también pidieron su minuto de gloria, aunque quizá algo tarde. «Manda el reglamento», se excusó Forcadell. Las risas en la bancada de la oposición fueron sonoras. Tenía gracia, decían, que quien había permitido saltarse la Constitución y el Estatuto de Autonomía, fuera tan purista en el cumplimento estricto del reglamento del Parlamento.

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