Don Benito despide en silencio a la familia fallecida cuando hacía barranquismo

Coches fúnebres con los féretros de la familia fallecida cuando hacía barranquismo, ayer al terminar el funeral en Don Benito. :: I. C. / efe

Sólo los aplausos a la salida de los féretros rompieron el silencio en el último adiós en la parroquia de Santiago

ESTRELLA DOMEQUE DON BENITO.

Hay días en los que la palabra tristeza se queda corta, un abrazo parece insuficiente y la vida no encuentra explicación a la muerte. Ese era el sentir ayer en Don Benito, roto por el dolor de la pérdida de cuatro de sus vecinos y sin una manera de consolar a sus familiares y amigos. Las campanas de la Iglesia de Santiago comenzaron a replicar media hora antes del último adiós a Macarena, José, y sus dos hijas, de 11 y 9 años. Treinta minutos en los que familiares y amigos aguardaban a las puertas de la parroquia. Mientras, en los alrededores, muchos se acercaban a apoyar a la familia en estos duros momentos. Una tarde gris y una ligera lluvia acompañaban al dolor que se respiraba ayer en la plaza de España, con presencia de Policía Local, Policía Nacional y Cruz Roja.

El sonido de las campanas fue el único que se escuchó mientras llegaban los coches fúnebres. Todo lo demás eran silencio y lágrimas por los cuatro miembros de la misma familia que perdían la vida el jueves durante sus vacaciones en el Valle del Jerte. Una balsa de agua, a la que se intenta buscar explicación, se los llevó por delante. Sólo el pequeño Joaquín sobrevivió, según algunos allegados porque el padre le apartó justo antes del fatídico desenlace.

La solemnidad fue la nota dominante. Primero, con la entrada de las autoridades, con varios ramos de flores. Entre ellos, el alcalde, José Luis Quintana, junto a parte del equipo de gobierno, también Isabel Gil Rosiña, portavoz de la Junta de Extremadura; Cristina Herrera, delegada del Gobierno; o Miguel Ángel Gallardo, presidente de la Diputación de Badajoz.

En lo institucional, destacó la presencia del que fuera ministro de Exteriores, José Manuel García-Margallo. Su asistencia no respondía a lo político, sino a su vínculo familiar con José, el padre de la familia. «Es un día muy triste para todos», lamentaba ya a la salida.

Entre los amigos y allegados estaba parte de la comunidad educativa del Claret, donde estudiaban las menores fallecidas. Ellos rindieron el primer homenaje a las puertas de la parroquia, en la que aguardaban los claretianos José Antonio Carrasco, Lorenzo García y José Antonio Álvarez. La misa estuvo oficiada por Monseñor José Luis Retana Gozalo, que al empezar el funeral lamentaba tener que vivir estos duros momentos apenas quince días después de tomar posesión como obispo de Plasencia.

Fue entonces cuando la parroquia de Santiago se quedó pequeña para albergar a todos los asistentes y fueron muchos los que aguardaron en los alrededores para dar el pésame a la familia, en una plaza que también se empequeñeció con decenas de vecinos.

Ya sobre las ocho, el silencio se instaló de nuevo en el lugar, con la salida de los féretros. A la entrada nadie se había atrevido a romperlo, pero a la salida, de forma espontánea el silencio se rompió con aplausos, como forma de dar el último adiós y un intento de arropar a la familia.

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