BAILA MIENTRAS PUEDAS

:: Iván mata/
:: Iván mata

Narcis Serra. ¿Lo recuerdan? Fue vicepresidente con Felipe, ministro de Defensa, ajustó lo de la OTAN, se vio salpicado por aquellas escuchas estilo Stasi, tocó el piano con La Trinca... Los cómicos le imitaban achinando los ojos y diciendo mucho 'de'. Fue hace mucho tiempo, en un país muy lejano. Y Miquel Iceta ya estaba allí. Era la mano derecha de Serra, que se lo llevó a Madrid y le asignó las fontanerías del gabinete de Presidencia. Antes Iceta había sido militante del PSP de Tierno Galván y concejal del PSC en Cornellá de Llobregat. Después sería... Después sería casi todo: diputado en Cortes y en el Parlament, miembro de la Ejecutiva del PSOE y secretario general del PSC.

Iceta formó parte del equipo de Borrell en las primarias con Almunia, estuvo en el puente de mando de la Generalitat con Montilla y Maragall, quien llegó a definirle como «el motor» del PSC. En las últimas dos décadas ha mediado entre la sede de Ferraz y la barcelonesa de la calle Nicaragua. Auténtico factótum del socialismo catalán, estratega capaz de participar en cada desastre y en cada reconstrucción, Iceta fue de hecho el secretario general que vendió la sede de la calle Nicaragua para aligerar la deuda del partido. Se distingue tan poco su biografía de la intrahistoria del PSC que en sus discursos internos lo mismo añora a Carlos Barral y Joan Reventós que a Josep Pallach, que llegó a militar en el POUM de Andreu Nin. Quizá algún historiador descubra que, tras la Semana Trágica de 1909, Pablo Iglesias (PSOE) puso un cable a Barcelona y le respondió Miquel Iceta, pidiendo calma.

Pese a este historial de posibilismo, estrategia y manejo del poder, Iceta alcanzó hace dos años, en la campaña de las autonómicas, la cima de su popularidad. Y un increíble estatus novedoso. ¿Cómo? Bailando. Al final de un mitin sonó 'Don't stop me now' y se lanzó. Hay que señalar que el secretario general del PSC es un señor de mediana edad, no muy alto, no muy delgado, etc. Que su padre fuese bilbaíno y del PNV tampoco ayuda a efectos de expresión corporal. Pero Iceta escuchó el rompepistas de Queen y no pudo resistirse. O eso pareció. A su lado, a modo de contraste, estaba Pedro Sánchez, estupefacto. Pero Iceta ya correteaba levantando los brazos por ahí. Parecía tan feliz que era imposible que no te cayese bien.

En aquellas elecciones el PSC estaba convocado a un nuevo desastre y terminó salvando los muebles. La ciencia política no ha determinado si todo se debió a los bailes de Iceta, pero sin duda contribuyeron, trasladando a un candidato de la viejísima escuela al terreno donde se disputa hoy la batalla ideológica: ese espacio inquietante que va de las redes sociales a los programas de humor político.

Del mismo modo que ha puesto en aprietos a muchos líderes catalanes, el 'procés' ha relanzado a Miquel Iceta. Puede entenderse: la tensión, el drama y la inminencia del naufragio no iban a sorprender justamente al jefe de mantenimiento del 'Titanic'. A favor del líder socialista hay que señalar una virtud extrañísima en el sanguíneo y apriorístico panorama español: es un político capaz de mantener una mínima capacidad de interlocución con todo el mundo. Quizá sea cosa de la sabiduría oriental. A Iceta le gustan los 'haikus', esos delicados poemas japoneses de tres versos. Cuelga cada día uno en su blog. Pase lo que pase ahí fuera.

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