De Aiete a Cambo, un proceso virtual de siete años para un final a cuentagotas

Miembros de la Policía francesa localizan material de ETA en 
presencia de un grupo de voluntarios de los Artesanos de la Paz. /  R. C.
Miembros de la Policía francesa localizan material de ETA en presencia de un grupo de voluntarios de los Artesanos de la Paz. / R. C.

ETA dejó la violencia con la expectativa de alumbrar una negociación sobre sus presos que no ha cuajado

ALBERTO SURIO SAN SEBASTIÁN.

Cuando a Gerry Adams le explicaron al llegar al donostiarra Palacio de Aiete una soleada mañana de octubre de 2011 que en esa residencia veraneaba el dictador Francisco Franco durante muchos años sometió a sus anfitriones a un verdadero bombardeo de preguntas sobre el franquismo en San Sebastián. Y recordó la impresión que sufrió el movimiento republicano irlandés la primera vez que el antiguo dirigente del IRA y luego líder del Sinn Féin apretó la mano de Carlos, el príncipe de Gales, símbolo del antiguo Imperio británico, en la universidad irlandesa de Galway. Cuando los viejos enemigos se disponen a colaborar pasan cosas que desconciertan a los sectores más directamente implicados en determinadas tragedias de la historia.

El caso es que el Palacio de Aiete se convertía en septiembre de 2011 en la antesala del final del terrorismo. «La resolución acordada» en Aiete, decía ETA en su comunicado sobre el fin de la violencia del 20 de octubre de ese año, «reúne los ingredientes para una solución integral». Y emplazaba a continuación a los gobiernos español y francés a implicarse en un diálogo directo para abordar las consecuencias del conflicto». Con su habitual retórica precisaba: «Frente a la violencia y la represión, el diálogo y el acuerdo deben caracterizar el nuevo ciclo. El reconocimiento de Euskal Herria y el respeto a la voluntad popular deben prevalecer sobre la imposición».

ETA encontraba en la declaración de la Conferencia de Aiete una 'percha' escenográfica para escribir su propio relato, y para evitar de paso que se proyectase la imagen de ser una organización derrotada por la presión policial, judicial, social y política, obligada a dejar las armas.

Fue Brian Currin, el abogado sudafricano y mediador del conflicto de Irlanda del Norte, el que algunos años antes había trazado toda la estrategia previa para reconstruir confianzas. La clave pasaba por comenzar un proceso sin condiciones previas.

Una función similar de escenificación la había tenido de hecho el Pacto de Lizarra ocho años antes. El acuerdo fue aglutinador de los partidarios del derecho a decidir. Durante años, la obsesión de la izquierda abertzale fue labrar un camino para la desaparición de la violencia que implicara un cambio en el estatus jurídico-político autonomista de la Transición y que abriera la puerta al reconocimiento del derecho de autodeterminación. La articulación de una mayoría política y social en favor del derecho a decidir, en base a la acumulación de fuerzas, se convertía en el mayor objetivo estratégico de la izquierda abertzale que apostaba por superar con claridad el ciclo iniciado en 1978.

Aiete, el 17 de octubre, fue el preludio inmediato de la declaración de un cese unilateral de la violencia que ponía de relieve un cambio experimentado en el seno de ETA. La conferencia internacional pedía el cese de la actividad armada así como diálogo a los gobiernos de España y Francia para abordar «las consecuencias del conflicto». Pero no fijaba un proceso bilateral ni condicionado. Era ETA la que, con su cese de la violencia, el 20 de octubre, quería propiciar otras condiciones, por ejemplo, para precipitar un cambio de escenario y buscar una salida a la cuestión de los presos. Pero esta apuesta no había sido fruto de una negociación previa.

Presos y expectativas

Aiete era el corolario de un debate interno anterior que se había acentuado algunos años antes. El atentado de la T4, que quebró las negociaciones con Jesús Eguiguren y el Gobierno de Zapatero de forma traumática, generó una gran desazón en el seno de la izquierda abertzale, en donde comenzaron a surgir serios reproches al volantazo que suponía la vuelta de la actividad terrorista.

De aquellos polvos los lodos posteriores. Años después, aquella reflexión crítica con la persistencia de la violencia terminó por hacerse mayoritaria en la dirección de ETA que, ya con otra relación de fuerzas, se decantó por un cambio de estrategia. La conclusión para apostar por el giro no era ética ni moral, sino la conclusión de que el empecinamiento violento conducía al desastre político de la izquierda abertzale, muy debilitada por las consecuencias de la Ley de Partidos y con nuevos sumarios contra dirigentes de Batasuna que dejaban fuera de juego a las cabezas visibles del mundo radical abertzale.

Tras su declaración de cese de la violencia en octubre de 2011, ETA se comprometió a partir de Aiete a desarrollar un proceso que pretendía alimentar la expectativa de un final negociado del problema de los presos. Se trataba de aprovechar la Comisión de Verificación Internacional y la Comisión Internacional de Contacto para buscar una cobertura internacional de imagen y presionar así a las autoridades francesas y españolas a terminar con la dispersión e iniciar los acercamientos de los reclusos al País Vasco. La simbólica entrega de algunas armas en Toulouse, recogida en un vídeo, fue interpretada como un gesto ridículo y carente de credibilidad.

En ese contexto de necesitar una solución hacia el final de la violencia que evitara la humillación, se encuadra la puesta en marcha de los llamados Artesanos de la Paz, un grupo de ciudadanos del País Vasco-francés que pretenden escenificar el arrope de la sociedad civil. La operación policial desarrollada en Luhuso, donde un grupo de artesanos preparaba la destrucción simbólica de material como nuevo gesto en esa dirección, desbarató esa estrategia. El siguiente paso fue la entrega de armas y explosivos de hace un año, materializada mediante la entrega de un mapa con las coordenada geoestratégicas de los arsenales. Era un paso concluyente: el desarme.

El anuncio de la «disolución de las estructuras» realizado ayer y el empeño de las fuerzas de seguridad por subrayar la derrota que ha sufrido ETA refleja la otra asignatura pendiente: la construcción de un relato sobre el final de ETA. El fracaso de la violencia, en todo caso, ha quedado de manifiesto porque el terrorismo no ha logrado ni uno solo de sus objetivos.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos