La Rioja
Robles llega al Congreso para la investidura de Rajoy. :: chema moya / efe
Robles llega al Congreso para la investidura de Rajoy. :: chema moya / efe

Una número uno con pocos amigos

  • La exmagistrada del Supremo, que lleva a gala ser «cabezona y peleona», se convierte por empeño de Sánchez en la jefa de los diputados socialistas

  • Margarita Robles Portavoz del grupo socialista en el Congreso

Lo reconoce sin problemas: «Soy cabezona, no reculo, no me callo» y para completar su autorretrato dice que es «muy peleona». Son retazos de conversaciones con Margarita Robles, la nueva jefa de los diputados socialistas. Un nombramiento que no ha dejado indiferente a ningún parlamentario del PSOE. Hubo de todo, desde aplausos (los menos) a cabreos (muchos), pero a nadie le dio igual que esta mujer menuda de 60 años, con voz de tiple, leonesa de nacimiento aunque barcelonesa de corazón, asuma, sin carné del partido, uno de los cargos políticos más golosos y desde el que protagonizará, como jefa de la oposición, los duelos semanales con el presidente del Gobierno.

Nunca ha sido fácil su relación con el PSOE. En 1994, en la última legislatura de Felipe González, se convirtió en secretaria de Estado de Interior, cargo que anhelaba su compañero de promoción Baltasar Garzón que, despechado, dejó el Gobierno y volvió a calzarse la toga. Por aquel entonces, los socialistas trataban de echar paladas de tierra sobre la guerra sucia contra ETA, pero ella, lejos de ayudar, se implicó de hoz y coz en el 'caso Lasa y Zabala' y puso en la picota al general de la Guardia Civil Enrique Rodríguez Galindo. Tampoco tuvo muy buenas palabras para los anteriores ministros, José Luis Corcuera y José Barrionuevo. «Si no fueras mujer, te daría una hostia», bramó con su habitual franqueza Corcuera en su despacho. «No le di mayor importancia», explicaría después la amenazada.

Ya con Pedro Sánchez, que la colocó como número dos de la lista por Madrid para las elecciones, también suscitó las iras del secretario general del grupo socialista en el Congreso, Miguel Ángel Heredia: «Hijaputa, antes de hablar afíliate». Tampoco se sintió ofendida por el exabrupto. Uno de sus colegas durante años en la comisión de subsecretarios del último Gobierno de González dice que es «una máquina de crear problemas y tensiones. Es constitutivamente autoritaria y divide el mundo entre amigos y enemigos». Algo debe tener en su carácter porque son pocos los que hablan bien después de tener una relación profesional con ella. Mejor no preguntar al que fuera su jefe directo, Juan Alberto Belloch.

La nueva portavoz socialista en el Congreso no se ha casado con nadie en su vida, en las dos acepciones del término. «Ni aguanto ni me aguantan», explicó alguna vez al hablar de su soltería. El hecho de pertenecer a un colectivo, sea judicial o político, no despierta en ella el habitual corporativismo. Una actitud que le ha llevado a coleccionar más detractores que aplaudidores, pero su brillantez profesional ha suplido ese rasgo de su personalidad.

Portazo en el Supremo

Ha sido la primera en casi todo. Número uno de los 66 letrados de su promoción de jueces; la primera mujer en presidir una sala judicial; la primera presidenta de una audiencia provincial, la de Barcelona; la primera secretaria de Estado de Interior; y la segunda portavoz del PSOE en el Congreso, la primera fue Soraya Rodríguez. No fue la primera magistrada en la historia del Supremo, fue la tercera, pero su paso por el alto tribunal, al que llegó en 2004, se hizo notar -que se lo digan a Alberto Ruiz-Gallardón, «el peor ministro de Justicia de la democracia», según ella-. Su despedida el año pasado fue un portazo en forma de recusación al presidente del Poder Judicial, Carlos Lesmes, por haberle privado de su condición de magistrada al pedir la excedencia. También se recuerda su gestión en el Consejo General del Poder Judicial entre 2008 y 2013, donde no tuvo problemas en aliarse con el conservador Manuel Almenar para irritar a propios y ajenos en el reparto de plazas judiciales

Robles no se reconoce en el retrato que muchos hace de ella. Sobre todo porque se considera una defensora del diálogo. Así quedó acreditado en el proceso de paz que impulsó José Luis Rodríguez Zapatero, en el que fue unas de las escasas voces en el mundo de la judicatura que respaldó las conversaciones con ETA. Un talante que le va a hacer buena falta en un grupo parlamentario socialista de clara mayoría 'susanista' que no va a tardar mucho, a buen seguro, en recordarle su 'no es no' a la investidura de Rajoy y su indisciplina ante la abstención decidida por la dirección.

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