La Rioja

Iglesias solo logra arañar un guiño de los socialistas en su frustrada moción de censura

  • El líder de Podemos se ve ganador pese a la crítica unánime que ha recibido y Rajoy constata que no tiene alternativa enfrente

Pablo Iglesias y Mariano Rajoy celebraron igual el final del debate de la moción de censura, con una ovación de los suyos. Los dos tenían motivos para la satisfacción y para la desazón. El líder de Podemos salió derrotado sin paliativos, pero se fue a casa con un tímido acercamiento al PSOE en el bolsillo. El presidente del Gobierno tampoco logró rechazar la censura con la mayoría absoluta de los Presupuestos, pero comprobó que no existe una mayoría alternativa y que construirla no será tarea de dos días.

170 diputados del PP, Ciudadanos, Coalición Canaria, Foro Asturias y Unión del Pueblo Navarro votaron no; los 97 del PSOE, PNV, PDeCAT y Nueva Canarias se abstuvieron; y 82 de Unidos Podemos, Esquerra, Compromís y EH Bildu votaron a favor. Las 16 horas de debate no movieron un solo voto y el resultado fue el previsto. El líder de Podemos, sin embargo, cantó victoria porque su objetivo inconfeso no era ganar la moción ni desalojar a Rajoy de la Moncloa.

Su pretensión, a la vista de los resultados de las primarias del PSOE, era reconstruir los puentes volados con el partido que lidera de nuevo Pedro Sánchez, y entendió que ayer dio un paso hacia esa meta. Era además la forma de paliar su fracaso con la moción. Ahora bien, la sinceridad de ese movimiento amistoso ya es otro cantar porque Iglesias no se ha apeado de su idea de ser el referente de la izquierda. Hay puentes, pero los cimientos son, como poco, dudosos. El PSOE, asimismo, se cree poco del discurso de Iglesias, pero ayer, a tres días del Congreso Federal del partido, no era el momento para ahondar las diferencias.

Con sus palabras conciliadoras -«le tomo la palabra para trabajar juntos por una mayoría alternativa», emplazó al portavoz socialista, José Luis Ábalos- el líder de Podemos intentó además lavar el borrón de la investidura de marzo, cuando se negó a facilitar, fuera con su apoyo o con su abstención, que gobernara Pedro Sánchez. Negativa que le reprocharon varios portavoces durante el debate.

Pero Iglesias también tiene motivos para la reflexión. Todos los grupos, incluso alguno de los que votaron a favor de la censura, fueron muy críticos con él. El líder de Podemos fue el común denominador de las palabras más duras, por supuesto del PP, pero también del PSOE, Ciudadanos -su duelo con Albert Rivera fue uno de los más barriobajeros que se han escuchado en el Congreso en los últimos tiempos-, PNV, PDeCAT y las dos fuerzas nacionalistas canarias. Hasta los portavoces de Compromís y EH Bildu se permitieron algún pescozón al candidato.

El líder de Podemos, sin embargo, obvió esa parte de la realidad y miró la parte líquida de la botella semivacía. «Entre votos a favor y abstención -calculó- hay mayoría suficiente para echar al PP. Ojalá antes de Navidad podamos echar al PP» y prometió trabajar en esa dirección con el resto de fuerzas de izquierda. Esa suma, junto a los nacionalistas, daría 180 diputados frente a los 170 que reuniría Rajoy de no cambiar nada hasta entonces.

Iglesias se planteó asimismo la moción de censura como una oportunidad para demostrar su talla política en sede parlamentaria, como si de un debate del estado de la nación o una sesión de investidura se tratara. En ese sentido el resultado fue discutible. Para los suyos quedó acreditada; para los demás, en absoluto.

Protagonista ausente

El otro ovacionado de la jornada también tuvo motivos para paladear un sabor agridulce. Rajoy, el protagonista ausente de la segunda jornada, corroboró que su minoría es estable, a pesar de los ocasionales desaires de Ciudadanos, y constató que la oposición está lejos de amalgamarse. Sorteó la censura, pero sabe que la mayoría absoluta de los Presupuestos fue circunstancial porque las amistades del PNV y Nueva Canarias eran interesadas y no tendrán traducción política en la legislatura, al menos según lo visto ayer.

El presidente del Gobierno tiene las espaldas cubiertas a medias. No podría ganar una cuestión de confianza si se le ocurre plantearla ni enfrentarse con éxito a una nueva moción de censura si es el socialista Pedro Sánchez el que la impulsa de la mano de Podemos.

«Estoy contento», dijo tras la votación, porque el mensaje de rechazo a «los radicales y extremistas» ha sido «claro». Pero entre sus colaboradores ya se ha instalado la preocupación por una eventual entente de la izquierda con los nacionalistas siempre que encuentren una solución asumible para todos sobre el proceso soberanista de Cataluña. Un escollo hoy insuperable.

Como dijo el portavoz del PNV, Aitor Esteban, Iglesias y Rajoy regalaron sus oídos con los aplausos de sus diputados porque «están de acuerdo que a ambos les convenía» esta moción de censura y en estas circunstancias.

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