La Rioja
Rajoy regresa a hemicliclo, tras
ausentarse unos minutos, con
Iglesias en la tribuna de oradores.
:: s. Barrenechea / efe
Rajoy regresa a hemicliclo, tras ausentarse unos minutos, con Iglesias en la tribuna de oradores. :: s. Barrenechea / efe

Rajoy desmonta el guión de Iglesias

  • El candidato centra la moción de censura en la corrupción y el presidente replica con el modelo de Estado

Pablo Iglesias no pudo acaparar el protagonismo de su moción de censura contra Mariano Rajoy porque el censurado rompió el guión del censor. Qué iba a hacer el presidente del Gobierno era una de las incógnitas de la jornada, pero la despejó con sendas réplicas a Irene Montero, presentadora de la moción, y a un Iglesias que trató de que el debate discurriera por los cauces de la corrupción, pero que se encontró con un cuerpo a cuerpo con Rajoy sobre su valía política y el modelo territorial de España.

En sus discursos de corte castrista o chavista por la duración, dos horas y media cada uno, la portavoz de Podemos y el candidato a la Presidencia del Gobierno cargaron las tintas sobre la corrupción, hasta 57 casos enumeró Montero, pero Rajoy se escabulló con su discurso habitual de que no se puede generalizar y de que su Gobierno es el que más medidas ha tomado para combatirla. Intercambiaron refranes y citas de Quevedo pero se olvidaron de la máxima de Baltasar Gracián -lo bueno, si breve, dos veces bueno- para alargarse en intervenciones sin fin.

Pero entre el fárrago retórico quedaron claras dos estrategias, la de Iglesias con la corrupción -«usted, le dijo a Rajoy, va a pasar a la historia como el presidente de la corrupción»- y la del presidente para forzar al candidato a definirse sobre el modelo territorial y, sobre todo, para negar que reúna condiciones para gobernar. Fue un cara a cara sin contemplaciones tanto con Montero como con Iglesias. «Corruptos, machistas, franquistas, saqueadores», fueron algunos de los calificativos que destiló la portavoz de Podemos para justificar la moción de censura. «Se pasa de la raya», contestó Rajoy, que volvió a esgrimir que sí, que en el PP «ha habido» corruptos pero «no es un partido corrupto», como España, donde hay corruptos «pero no es un país corrupto».

Iglesias machacó con el mismo registro y consideró incapacitado a Rajoy para gobernar porque «alguien con tantos amigos en la cárcel» no puede seguir en la Moncloa. El presidente del Gobierno ya no se molestó en rebatir las duras acusaciones y recurrió a una de sus armas dialécticas favoritas, la sorna. «Este Gobierno -dijo- no tiene más que siete meses de vida y no hemos tenido tiempo de haber cometido todas las tropelías que nos atribuye, no podemos ser tan eficaces».

Moción de fogueo

Pero aquello sonaba a 'déjà vu', aunque el candidato trató, viniera o no a cuento, colar el mensaje del Gobierno corrupto. Rajoy trasladó el eje del debate a la inutilidad de una censura «chusca, de fogueo y contra la estabilidad de España». Todo lo contrario, replicó Iglesias, es «una moción por España y contra el PP». Una reflexión que le sirvió para hilar un par de mensajes amistosos al PSOE, siempre que se desprenda de la mochila de Ciudadanos.

Un comentario que no impidió el reproche de otros portavoces, como la canaria Ana Oramas, que le afeó que presentara una moción de censura innecesaria si hubiera apoyado a Pedro Sánchez en la investidura de marzo. Los socialistas, que intervendrán hoy, acogieron los guiños con escepticismo. Compromís fue más lejos e invitó al PSOE a un gobierno «a la valenciana o a la portuguesa» con toda la izquierda.

Las chispas saltaron con más fuerza cuando Rajoy se dedicó a desmontar los méritos políticos del líder de Podemos, un especialista, dijo, en «la política espectáculo», sin principios, que un día defiende una cosa y la contraria, y para el que el Parlamento es «un plató de televisión». Un Gobierno suyo, subrayó ya en tono áspero, «sería letal para el interés general» porque «usa la moral como estropajo abrasivo». Usted, remató, «no debe ser presidente». El candidato no se amilanó y puso como ejemplo de las capacidades políticas de Podemos la gestión de «los alcaldes del cambio» que, dijo, han demostrado que se puede gobernar de otra manera. «Que la esperanza derrote al miedo», sentenció Iglesias.

Fórmulas confederales

No fue menor la tensión que recorrió el hemiciclo con la discusión sobre el modelo de Estado. El líder de Podemos se declaró defensor de la plurinacionalidad de España «con nuevas fórmulas federales o confederales». Abogó por «el derecho» del pueblo catalán a «decidir su futuro en un referéndum», al igual que los vascos. Pero sin claridad. Culebreó sobre si la consulta debe ser pactada o unilateral, un debate que Podemos tiene sin resolver de puertas para adentro. Ni siquiera fue claro cuando el portavoz del PDeCAT, Carles Campuzano, le emplazó a definir su postura sin rodeos.

Una ambigüedad que no pasó inadvertida para Rajoy, que hurgó en esa debilidad con dos preguntas: «¿Cree en la soberanía nacional o tenemos que suprimirla? ¿Todos los españoles tenemos derecho a decidir lo que queremos que sea su país o unos cuantos deciden y el resto acepta?». Iglesias salió al contraataque y sostuvo que el PP «no entiende España» porque solo acepta una nación. Pero no contestó.

La cara del candidato y sus diputados denotaban al final de la primera jornada del debate que no estaban felices. Las cosas no habían salido según lo previsto. Todos los portavoces fueron muy críticos con Iglesias. El portavoz del PNV, Aitor Esteban, auguró que «no es alternativa ni lo será». La canaria Oramas le tachó de «machista al que le gustan las mujeres sumisas»; su aliado Compromís le afeó la inoportunidad de la moción; EH Bildu rebajó su apoyo a un «sí crítico»; y PDeCAT apuntó que estaba cerca de pasar de la abstención al 'no'.

En el Gobierno estaban encantados porque Rajoy había «desmontado» las intenciones de Podemos e hizo aflorar «la inanidad política» de Iglesias. Un éxito que atribuían en parte al «efecto sorpresa» de la intervención de Rajoy con un discurso muy preparado (llevaba sus dos réplicas redactadas). Hasta los socialistas daban ganador al presidente del Gobierno y el portavoz interino, José Luis Ábalos, consideró que Iglesias inyectó «oxígeno» al presidente con la moción.

La impresión que corría por el Congreso era que el censor resultó censurado y el que debía ser censurado salió más que airoso.

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