La Rioja

LA MADEJA

Todos estamos esperando algo, contra la esperanza de que Esperanza Aguirre se decida a dimitir. No es que luego sea tarde, sino que es que sea nunca. La expresidenta de Madrid sigue jactándose de su siniestra gestión en el juicio de la trama Gürtel y les echa la culpa a sus colaboradores. Es la misión más clara que tienen los colaboradores: acarrear con las culpas de los golfos que eligieron. La gente de la calle, que es el único partido al que pertenezco, espera que la señora Aguirre dimita de una puñetera vez, en lugar de remitir la culpa a sus íntimos colaboradores. ¿Quiénes eran sus cómplices? Sabemos que ese rango es superior al de amigos, aunque el epicentro de la trama de corrupción le corresponde a ella. «¿Cuánto puede una mujer llorar?», se preguntó un clásico que lo sigue siendo porque nosotros nos hacemos la misma pregunta.

El maltrecho PP estaba mal hecho. Demasiado golfos se ampararon en un nombre que no admitía a tantos. El gran Dámaso Alonso me explicaba en lo que él llamaba su 'ex Chamartín' que los hijos de la ira siempre tienen una descendencia numerosa. Ahora la madeja se ha hecho tan grande que ha desbordado el ovillo y es cada vez mayor y tiene cada vez más hilos. Los que tenemos autoprohibido el pesimismo antropológico creemos en que es posible la salvación, aunque los que se salven sean otros. La vida sigue, porque es lo único que sabe hacer. El admirable Eduardo Mendoza ha reivindicado el humor, aunque sepa que sirve para todo y no baste para nada. Tomarse las cosas como vienen es preferible a tener que tomárselas como van. Es una cuestión de tragaderas y, si nuestras espaldas son anchas, más grande es nuestro estómago.

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