La Rioja

En el filo de la navaja

  • El exdirigente del PP vivió a la sombra de Aguirre y enfrentado a Rajoy, aspiró a todo sin lograr nada

  • Ignacio González Expresidente de la Comunidad de Madrid

«¡Que eran toallas, coño!». Ignacio González explicaba así las misteriosas bolsas blancas que llevaban dos de sus acompañantes en unas vacaciones hace nueve años en la caribeña Cartagena de Indias y que desaparecieron tras entrar y salir de una casa. Mucho se especuló con aquel vídeo grabado por no se sabe quién y con el contenido de las bolsas y su destinatario. Dinero negro de negocios turbios, fue la conclusión más extendida aunque sin base probatoria alguna.

Aquella fue una de sus primeras apariciones públicas fuera del ámbito madrileño. Más allá de las lindes autonómicas era un perfecto desconocido para la gran mayoría pese a que desde 1999 había ocupado altos cargos, cierto que no de relumbrón, en el Gobierno de José María Aznar, con el que fue secretario de Estado de Administración Pública y delegado del Gobierno para la Extranjería y la Inmigración. Su despegue político llega de la mano de Esperanza Aguirre a partir de 2003, y después del 'tamayazo', aquella rocambolesca operación de deserción de diputados socialistas que frustraron un gobierno de izquierda y motivaron una repetición de las elecciones autonómicas. A la sombra de la gran señora de la política madrileña fue portavoz, vicepresidente y presidente del Gobierno regional, pero siempre por voluntad de su mentora, no por mérito electoral.

Descuidó, sin embargo, el trato con Mariano Rajoy, un error impropio para alguien con aspiraciones como él porque sin el visto bueno del jefe del PP no es posible hacer carrera política nacional, que era a lo que de verdad aspiraba. En algún momento, tras la derrota del PP en 2004, hasta pasó por su cabeza ser el Rodríguez Zapatero del PP. Era un sueño sin pies ni cabeza, pero dos décadas de despachos, salones nobles y sin bajarse del coche oficial confunden a cualquiera.

Con Rajoy, incluso, cultivó la animadversión. «Las cosas se han hecho mal», soltó a la cara del líder del PP en una reunión del Comité Ejecutivo Nacional del partido tras la segunda derrota de 2008. Unos días en los que las protestas a las puertas de la sede de la madrileña calle Génova estaban a la orden del día para pedir la cabeza del presidente. Rajoy sabía quién estaba detrás de aquellas manifestaciones.

Antes del crucial congreso del PP de Valencia en junio de aquel año, Nacho, como le llaman todos en el partido, estuvo en la sala de máquinas de la operación capitaneada por Esperanza Aguirre para desalojar al dos veces derrotado por Zapatero. Midieron mal, y Rajoy tomó nota en su cuaderno de registrador.

A partir de ese momento, regresó a sus cuarteles de la Puerta del Sol y, por lo visto, se dedicó a prepararse una saneada jubilación. Se compró lo que se dice una 'casoplón' de 450 metros y tres plantas en Aravaca, localidad pegada a la capital, con un valor de mercado del orden del millón de euros. Antes, en 2008, había adquirido por 700.000 el famoso ático de Marbella, pagado, de acuerdo a su explicación, con una indemnización que cobró su esposa. Pero aquello olía mal, un juez abrió una investigación que apenas avanza y dos comisarios que hurgaron en el asunto de modo extraoficial fueron destituidos.

También se movió para fortalecer su posición en el Gobierno de la Comunidad de Madrid con vistas a la sucesión de Aguirre. Se le atribuye ser el 'jefe de la gestapillo', una trama de espías al servicio del Ejecutivo autonómico. Esta red de agentes secretos vigiló, entre otros, a los rivales internos de la presidenta, pero también a los que podían aspirar a la sucesión. El escándalo quedó en nada, es más reforzó sus posiciones. En 2011, Aguirre se desembaraza de su número dos en el partido, Francisco Granados, que luego se consagraría como cabecilla de la trama Púnica, y le coloca como secretario general del PP de Madrid.

Caja Madrid

Una prueba más de que su vínculo es de acero. Algo que ya había quedado demostrado cuando en 2009 Aguirre, siempre osada, puso encima de la mesa el nombre de su vicepresidente para presidir la entonces muy poderosa Caja Madrid, luego Bankia. Sí, la de las 'tarjetas black'. Pero la presidenta y su delfín se toparon con Rajoy, que impuso a Rodrigo Rato con el resultado por todos conocido.

La dirigente madrileña renuncia en septiembre de 2012 y llega su momento. Se convierte en presidente de la Comunidad de Madrid, pero sin el refrendo de las urnas ni el entusiasmo del partido. Dentro del PP los amigos entre sus pares autonómicos se cuentan con los dedos de una mano. Intentó ser el candidato de 2015, pero Rajoy giró el pulgar hacia abajo. El líder del PP tiene buena memoria, no olvida y menos perdona. Señaló a Cristina Cifuentes, una enemiga íntima. Despechado y sin la poderosa sombra de Aguirre, atribuyó el descabalgamiento a una campaña orquestada contra él. Nunca se paró a pensar que había vivido en el filo de la navaja entre lo correcto y lo corrupto; entre sospechas y explicaciones poco creíbles; con Aguirre y contra Rajoy. Lo cierto es que su detención no sorprendió. Ni siquiera en su partido. Antes de convertirse en presidenta de la Comunidad de Madrid, Cifuentes ya lo decía: «Lo del Canal huele mal, y no es el agua estancada».

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