La Rioja

LA LETRA PEQUEÑA DE ETA

Tras el anuncio del abandono del terrorismo, en octubre de 2011, ETA se dispuso a negociar en Noruega con el Gobierno de España el desarme a cambio de contrapartidas que tenían que ver con los presos y con la retirada de efectivos policiales. Era el paquete de negociación de las «consecuencias del conflicto» que patrocinaba la declaración de la conferencia de Aiete. En febrero de 2013 las pretensiones de la banda se vinieron abajo cuando Noruega expulsó a los tres representantes de ETA que hasta entonces había acogido en su territorio.

ETA pasó entonces por una fase de confusión. El plan de Aiete se había esfumado, no tenían programa alternativo y, además, respondieron dando bofetadas dialécticas a quien, como el Gobierno vasco, se ofreció para ayudar. Después de unos meses de confusión interna intentaron echar mano de los verificadores para hacer un montaje propagandístico con personalidades internacionales, al estilo de lo ocurrido con el IRA en Irlanda del Norte donde las armas se destruyeron sin que pasaran por las manos del Gobierno británico. En todo caso, lo que no entraba en los planes de ETA era entregar las armas a las autoridades, ni a las españolas ni a las francesas. El propio Arnaldo Otegi, durante la tregua de ETA de 1998-1999, había dicho que la foto de la entrega de armas sería la foto de la derrota. Tenía razón porque es una imagen con más carga simbólica que eficacia real.

Esa pretensión propagandística ha sido mantenida hasta el pasado mes de diciembre cuando intentaron hacer un supuesto desarme con la complicidad de varios ciudadanos franceses, desarme del que deberían haber sido testigos un par de personalidades internacionales. La Policía francesa, en colaboración con la Guardia Civil, frustró el plan y se incautó en la localidad de Louhossoa de 99 kilos de explosivo, 50 armas de fuego, granadas de carga hueca, munición y otros efectos. El plan de dejar en manos de civiles la manipulación de las armas para entregar sus restos a las autoridades fracasó.

De fracaso en fracaso, ETA parece haberse resignado a aceptar lo inevitable. De ser cierto lo que ayer declaró al diario Le Monde Txetx Etcheverry, militante del sindicato ELA y uno de los detenidos en diciembre, el objetivo sería hacer entrega de las armas al Gobierno francés. No aclaró si previamente intentarían manipularlas, como quisieron hacer en Louhossoa, donde pretendían cortar el cañón de las pistolas. Esta operación neutraliza el arma, pero también impide que puedan hacerse análisis balísticos para determinar si se ha utilizado en acciones terroristas. Ese comportamiento podría suponer incurrir en responsabilidades penales por obstrucción a la labor de la justicia. Como señaló en unas recientes declaraciones el presidente del Tribunal Superior de Justicia del País Vasco, Juan Luis Ibarra, si las armas «son de una organización delincuencial», como ocurre en el caso de ETA, «han podido ser empleadas en la comisión de delitos» y, por tanto, no pueden ser destruidas hasta que hayan sido analizadas por los jueces.

Si se hace entrega de las armas a las autoridades, estaremos ante la foto definitiva de la derrota de ETA, pero la banda terrorista debería ser quien confirmara o no estos extremos. No es normal ver a un tercero ajeno a la banda hablar en nombre de ETA. Es el grupo terrorista el que tiene que pronunciarse para que conozcamos también el alcance de la letra pequeña, aquella que suele esconderse detrás de las maniobras propagandísticas. Es buena noticia el posible desarme de ETA, pero en todo caso llega demasiado tarde, 858 muertos tarde.