La Rioja

Historia de una foto

Los miembros de la delegación riojana, en la foto de familia. :: newsphotopress
Los miembros de la delegación riojana, en la foto de familia. :: newsphotopress
  • «Las fotografías alteran y amplían nuestras nociones de lo que merece la pena mirar y de lo que tenemos derecho a observar» susan sontag

La democracia, ya se sabe: ese sistema político donde todo el mundo tiene derecho a opinar. Y ocurre que a menudo lo ejerce: habrá quien opine que la exageración de semejante tendencia encierra el germen del temible asamblearismo (y así se oía ayer alguna voz entre la comitiva del PP riojano), pero también habrá quien defienda eso tan obvio de un persona, un voto. Y una opinión: de modo que poseídos de ese renovado espíritu democrático, los militantes del PP acreditados ante cada ponencia congresual iban tomando ayer la palabra en la Caja Mágica, con el resultado esperable. Un resultado doble: que todo acabó saliendo tal y como había dispuesto la cocina del partido y que, además, el congreso se fuera retrasando. Se retrasaba tanto que llegaba la hora del almuerzo y hubo desbandada en dirección al comedor multiusos, donde se congregan compromisarios, periodistas y esos misteriosos seres: los que pasan por ahí.

Y a medida que desertaban del escenario central los afiliados, José Ignacio Ceniceros se iba quedando solo. Solo en compañía de sus fieles. El resto de miembros de la delegación riojana imitaba a la mayoría de sus compañeros y hacían fila bandeja en ristre. La ponencia económica, donde participaba el presidente del Gobierno riojano, se alargaba con el interminable turno de enmendantes, esos militantes que querían su cuarto de hora de fama, agarraban el micrófono y no lo soltaban. La democracia en acción: un espectáculo que se perdieron Pedro Sanz, Cuca Gamarra y su grupo de fans, quienes atacaban el menú del día mientras los afines a Ceniceros ingresaban por cuentagotas en el comedor.

Comenzaba otra historia. La historia de una foto.

Porque la prensa riojana acreditada en el congreso (es decir, este periódico) había convocado a los integrantes de la delegación de La Rioja a una foto de familia que escenificara (nunca mejor dicho) unos segundos de unidad interna a mayor gloria de los fotógrafos. Reunidos en el patio de operaciones los afiliados afines al sector oficial, los integrantes de la facción «rebelde», como ironizaba sobre sí mismos uno de sus miembros, seguían apurando el postre. Nervios en la sala. Pío García Escudero, presidente del Senado y conde de Badarán, deambulaba entre la delegación riojana para compartir con ellos la ración de fotos prometida, pero pasaban los minutos, menudeaban las caras de malas pulgas, el señor García (don Pío) abandonaba a sus amigos riojanos y el grupo afín a Ceniceros seguía sin dar noticias.

Nueva ración de nervios. Desde el patio de operaciones, situado en planta principal, se envía de mensajera hacia el segundo nivel subterráneo (bonita metáfora) a la senadora María Teresa Antoñanzas, quien se apresura a tomar el ascensor y buscar a ese otro grupo de cordiales adversarios para comunicar la buena nueva: aquello tan viejo de Alfonso Guerra, la máxima según la cual quien se mueve no sale en la foto. En la Caja Mágica corría el riesgo de ocurrir algo parecido, mientras proliferaba la tensión y Pedro Sanz abandonaba su sitio para charlar con la prensa y comentar la jugada. ¿Habrá o no habrá foto?

El escenario donde se prepara para posar la comitiva riojana ocupa la zona noble del patio de operaciones, un estrado en anfiteatro por donde desfiló de buena mañana Mariano Rajoy para compartir sus cavilaciones con la muchachada de Nuevas Generaciones. Pero ha ido pasando el tiempo y ahora quienes ocupan esos bancos son los incondicionales de Sanz, que miran el reloj sin disimulo preguntándose dónde están Ceniceros y los suyos. Porque a su alrededor se arraciman otros colegas procedentes de otras regiones, como esta delegación de Valencia cuyos integrantes también miran el reloj a ver cuándo acaban su foto los amigos riojanos. Ignorantes de que en realidad todos ellos se limitan a hacer lo de siempre en este tipo de congresos: esperar.

Esperar a Ceniceros. Pero atención: allá al fondo se adivinan unas carreras, un grupito que acude a toda prisa a fundirse con sus compañeros y sin embargo rivales en esa esperada imagen que ya está pidiendo mármol. Ceniceros se sitúa junto a Sanz y Cuca Gamarra, pone cara de circunstancias y deja que sus fieles confraternicen con quienes llevan un rato aguardando. Confraternización, hasta cierto punto: prevalece en algún rincón el rictus amargo que se dedica a quien no se soporta.

Así que hay foto. Una foto que, en efecto, tiene algún carácter histórico: en ella aparecen retratados miembros de la delegación riojana que nunca han estado tan cerca los unos de los otros como posando para la instantánea que ilustra estas líneas. Unos segundos de figuración, los imprescindibles para que las cámaras hagan su trabajo, y regreso a la normalidad. Cada cual, a lo suyo. Ceniceros, rodeado por sus leales, enfila sus pasos en dirección a la pista central de la Caja Mágica. Sanz, menos apresurado, de confidencias con Gamarra. Todos se obsequian con el dardo favorito de quienes se llevan mal: el desprecio. La invisibilidad mutua.

Rompan filas. Alrededor de sus líderes, los protagonistas de la foto ocupan su sitio en las butacas y retornan a su afición favorita de este fin de semana: lo dicho, esperar. A ver qué pasa. A ver si llega su propio congreso y si también en esa cita de La Rioja triunfa el espectáculo de la democracia: una persona, un voto. Con el peligro que semejante práctica encierra: que los afiliados acaben votando lo que sus jefes preferirían evitar.

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