La Rioja

El secretario general de Podemos, Pablo Iglesias, en un pleno del Congreso. :: PIERRE-PHILIPPE MARCOU / afp
El secretario general de Podemos, Pablo Iglesias, en un pleno del Congreso. :: PIERRE-PHILIPPE MARCOU / afp

La imagen de Iglesias se hunde tres años después de entrar en política

  • Tiene una mala relación con sus adversarios, es el segundo líder peor valorado y se enfrenta a su mayor contestación interna en Podemos

madrid. Tres años después de desembarcar en la política, la imagen de Pablo Iglesias atraviesa su peor momento, y lo hace tanto de puertas afuera como en su partido. No suscita el respeto entre sus adversarios políticos, las encuestas constatan su desplome a los ojos de la ciudadanía y en los medios de comunicación encuentra menos eco. Al mismo tiempo, se enfrenta a una rebelión en toda regla en la que los 'errejonistas' acaparan el apoyo de un 40% de la militancia y un tercio del Consejo Ciudadano de Podemos.

El secretario general mantiene unas pésimas relaciones con las direcciones de PP, PSOE y Ciudadanos. Es obvio que por razones ideológicas la empatía con los populares es inexistente, pero actitudes como la de señalar a su bancada para decir que «hay más delincuentes potenciales en esta cámara que ahí fuera» tampoco han sido una ayuda. Con los socialistas hubo un buen comienzo pese a su competencia por ser el referente de la izquierda. Pero las negociaciones para la investidura de Pedro Sánchez e intervenciones del cuño de acusar Felipe González de tener «las manos manchadas de cal viva» volaron la mayoría de los puentes. No hay relación de Iglesias con la gestora que preside Javier Fernández y con Susana Díaz, aunque algunos socialistas apuestan por hacer borrón y cuenta nueva por lo que pueda deparar el futuro.

Con Ciudadanos también hubo una buena sintonía inicial por aquello de que ambas eran fuerzas emergentes frente a los partidos de siempre, pero enseguida afloró que el buen rollo era de cartón piedra y la sintonía con Albert Rivera ha quedado reducida a cenizas. Lo demuestran sus choques en el Congreso de los que un ejemplo es el «vaya gilipollas» que se le escapó al dirigente liberal durante una intervención de Iglesias en el Congreso en la que trató de resaltar la escasa preparación de Rivera.

Esta falta de sintonía con el resto de fuerzas contrasta con el buen cartel que disfruta Íñigo Errejón, que, como portavoz parlamentario, tiene que negociar con el resto del arco parlamentario y templar gaitas con todos. Pero esta diferencia no quita el sueño a Iglesias, que ya ha zanjado que él no se sienta en el Congreso para hacer amigos.

A escala ciudadana también es evidente el desgaste. Las encuestas que a comienzos del 2015 colocaban al líder de Podemos como el dirigente político mejor valorado ahora le dan la espalda. Según el último estudio del CIS, Iglesias es el penúltimo líder y solo Mariano Rajoy obtiene peor nota. El secretario general de Podemos recibe 3,22 puntos por los 4,51 del portavoz de la confluencia catalana, Xavier Doménech, o los 4,41 de Alberto Garzón, ambos socios suyos.

'Guerra' al mensajero

Uno de las claves en el 'boom' de Podemos fue su soltura ante los medios de comunicación. Su escalada hasta convertirse en la tercera fuerza política no se explica sin su exposición mediática. Iglesias, sin embargo, ha declarado la guerra al mensajero, al que acusa de lanzar campañas cuyo único objetivo es perjudicar a Podemos. Sus ataques han llegado incluso a lo personal. El resultado, aunque anecdótico no deja de ser significativo, es que recibió el premio de 'Castigo para la prensa' que cada año concede la Asociación de Periodistas Parlamentarios al político más hostil con los informadores.

Con todo, el mayor quebradero de cabeza para Iglesias está en su casa. Desde octubre del 2014 ha ganado por goleada todas y cada una de las consultas que ha propuesto a la militancia. En la última, sin embargo, apenas logró imponerse a los 'errejonistas' por 2,4 puntos y 2.400 votos de un total de 100.000. Todos en Podemos le quieren al frente del partido, pero el líder ya no es intocable. Muchos se atreven ahora a criticarlo en público mientras las bases se dividen a partes iguales entre el secretario general y el secretario político. Un cuadro inimaginable hace tres años.

En Podemos no ignoran del desgaste de su secretario general y se reconocen los errores propios. El mismo Iglesias ha admitido en más de una ocasión haberlos cometido y no ha tenido reparos en pedir disculpas. Los vicios y malas formas de la vieja política, la casta que tanto se criticó en los albores de Podemos, se ha instalado en un partido con apenas tres años de vida.

En lo que sí coinciden todas las familias de Podemos es en denunciar campañas de difamación de sus rivales políticos, que, afirman, han inundado de denuncias los tribunales para luego resultar archivadas. Aun así, admiten que temas como el de la colaboración con los 'chavistas' de Venezuela o las recetas populistas para todo han terminado por erosionar el proyecto. Sea como fuere, 1.100 días en la alta política han pasado factura y la estrella de Iglesias brilla hoy con menos intensidad que nunca.