La Rioja

Cuando Rita se rebeló

Rita Barberá.
Rita Barberá. / Reuters
  • El plante de Barberá y su salida del PP apuntaron al final de una forma de entender la política

En muchas familias, por parte de padre o de madre, hay una tía Enriqueta, entrada en años, solterona, más bien gruesa, dicharachera, con querencia hacia los trajes de sastre y los collares, a la que le gusta ser el centro de las reuniones y la protagonista de los brindis. Rita Barberá podría ser un trasunto de la tía Enriqueta, solo que en esta ocasión sacó los pies del tiesto, se olvidó de las carantoñas a los sobrinos y se enrabietó cuando alguien ha intentado mandarle a regar las plantas de su chalé en Jávea.

La alcaldesa de Valencia desde 1991 a 2015 y hasta ahora senadora, que ha fallecido en un hotel de Madrid, donde se encontraba con motivo de su declaración como investigada en el Tribunal Supremo, no quería irse por la puerta de atrás de su partido por mucha acusación de blanqueo que se le impute. Quien lo ha sido todo en el PP en la Comunidad Valenciana no se mete en la tumba política por una acusación que, según su vara de medir, es una minucia de la que se siente absolutamente inocente. Se ha resistido, y ha ganado y ha perdido.

Es, quizás con su "muy amigo" Mariano Rajoy, el único vestigio en activo de la prehistoria de la derecha democrática. Cofundadora en 1976 de Alianza Popular en la inexistente por aquellas fechas Comunidad Valenciana, no tuvo un buen comienzo con el flamígero Manuel Fraga. El patrón de la derecha postfranquista hasta quiso echar del partido a aquella jovencita que tres años antes había sido elegida "Musa del humor" en un concurso literario, y que como periodista novata buscaba un hueco por las redacciones de radios y diarios locales. De aquellos años data su relación con Rajoy, otro joven al que Fraga no veía con buenos ojos y al que también le costó apreciar.

No tardó mucho en demostrar sus dotes políticas. En 1983 se hizo con un escaño en las Cortes valencianas donde acumuló trienios hasta el año pasado. Pero su gran conquista fue el ayuntamiento en 1991. "Cuando llegué a esta ciudad, por el año del caldo, aquí no había nada. Barcelona tenía las Olimpiadas; Sevilla, la Expo; Madrid, la capitalidad cultural. ¿Y Valencia?". A golpe de talonario de otros en los años de vacas gordas y alguna cuenta sin pagar convirtió Valencia en escenario de fastos deportivos y atrajo infraestructuras.

En el camino se había convertido en una máquina de ganar elecciones, hasta cuatro mayorías absolutas acredita en su haber, con un estilo de vecina de toda la vida. "Rita puede ir de Loewe y tú de Zara, y ella parece la campechana y tú la elitista", se quejaba la exministra socialista Carmen Alborch, su rival en una contienda municipal en 2007 y a la que barrió sin misericordia. Una campechanía que llevada al lenguaje, y como las palabras las carga el diablo, le generó más de un problema. Como aquella vez que en plena bronca con el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero dijo, en alusión al presidente, que comprendía que "su mujer esté harta". No fue la única ocasión en la que se pasó de frenada.

Regalos y cutrerías

Pero ni esos deslices, ni los casos de corrupción hicieron mella en su potencial político. Salió indemne de las trapisondas de la red "Gürtel" por Valencia a pesar de que admitió sin despeinarse que había recibido un bolso de Louis Vuitton de Álvaro Pérez "el Bigotes". "Es absolutamente habitual –dijo– que los políticos reciban regalos". Tampoco le hizo tambalearse el escándalo "Ritaleaks", una denuncia sobre 446 facturas con gastos de representación sin justificar de la alcaldía en hoteles, restaurantes y regalos por valor de 278.000 euros, de las que 42 eran suyas y ascendían a 42.000 euros. "No me voy a hospedar en ninguna cutrería", respondió.

Rita Barberá, reconocen en su partido, pudo ser todo, diputada, ministra o lo que quisiera, pero se atrincheró en su despacho del ayuntamiento. Salvó el pescuezo de Rajoy en 2008 con su contundente apoyo en el congreso del PP celebrado, qué causalidad, en Valencia y los gastos del cónclave corrieron por su cuenta. La capital del Turia era lo suyo, se siente valenciana por los cuatro costados, aunque no hable ni palabra de valenciano más allá de cuatro frases tópicas. Todavía se recuerda con risas de ajenos y bochorno de propios su comentario sobre "el caloret".

Un asunto al que de entrada no dio la menor importancia, el "pitufeo" para pagar una campaña electoral del PP valenciano, pudo convertirse, sin embargo, en su carta de jubilación. Ni su amistad con Rajoy ni su trayectoria fueron parapetos solventes para detener la ofensiva interna en su partido. Un PP que no entiende (esos jóvenes vicesecretarios inexpertos y poco discretos) y en el que no le entendían (esa forma maternal y sin cortapisas de entender la política) tuvo la culpa de su salida del partido, algo que no aparecía ni en la peor de sus pesadillas.

Pero no se quedó a la intemperie. Como decía tía Enriqueta, "Santa Rita, rita, rita lo que se da no se quita (el escaño en el Senado)".