La Rioja

Mariano Rajoy, durante  su intervención en la 
sesión de investidura.
Mariano Rajoy, durante su intervención en la sesión de investidura. / JAVIER LIZÓN / EFE

«No traicionaré mi propio proyecto»

  • El presidente reclama que la oposición no le conceda una «investidura desnuda», sino el amparo para poder gobernar con estabilidad

  • Mariano Rajoy condiciona los pactos de la legislatura a que su legado no quede «demolido»

Las promesas de cesiones se ahogaron ayer en una reivindicación: Mariano Rajoy no está dispuesto a dejar que su proyecto se desvirtúe a golpe de pacto y renuncia. El reelegido presidente del Gobierno esperó a la segunda votación de investidura, cuando el resultado estaba ya decidido, para endurecer su discurso y advertir a la Cámara baja de que su intención de dialogar estará siempre condicionada a que el suyo no se convierta en un «gobierno multiusos». «No se puede pretender -avanzó como declaración de intenciones- que gobierne yo y traicione mi propio proyecto».

Esos son los límites de Rajoy. Cada acuerdo que se necesite alcanzar no podrá suponer la «demolición» del legado del PP al frente de la Moncloa entre los años 2011 y 2015. No se «liquidarán» las reformas. Y en esto el presidente anticipa que será «rígido». «No estoy dispuesto a derribar lo construido», zanjó desde la tribuna convencido, como siempre ha estado, de que la suya es la senda de la recuperación económica y la creación de empleo. Es más, ante el estupor de algunos grupos en la oposición, el candidato a la Presidencia garantizó que accederá al Gobierno para «perseverar», porque tiene «una tarea a la espalda, unos resultados en la mano y un propósito al frente».

En los últimos días, desde la Moncloa se había lanzado un mensaje mucho más amable y conciliador, que coincidía con los guiños del presidente en sus comparecencias públicas. El Ejecutivo sabe que para gobernar, y más aún los cuatro años que pretende Rajoy, deberá tender puentes y cruzarlos para encontrarse con la oposición y lograr su concierto. Es por eso que en el Gobierno abrían la puerta a revisar todo lo necesario e incluso, por qué no, a estudiar una reforma constitucional que genera dudas en el PP.

«Nada ha cambiado», advierten en los despachos de la sede gubernamental. Sólo que el presidente no está dispuesto a que la identidad de su proyecto quede diluida por las exigencias de la fragmentación del Congreso y su exigua mayoría. Es más, Rajoy no cree haber engañado a nadie. Su proyecto de Gobierno es el que es y con ese proyecto ha obtenido la confianza de la Cámara.

Bien es cierto que si ha sido posible es por la división de la izquierda, incapaz de construir una alternativa, y por la crisis del PSOE, casi forzado a abstenerse para evitar otras elecciones y pagar el precio del desgaste. Pero es el resultado de la votación de investidura, con 170 votos a favor y 68 abstenciones, el que permitirá al líder del PP jurar su cargo y permanecer en la Moncloa. «No pido un cheque en blanco -rebajó el presidente-, pido madurez y pido que cuando se dé un paso se acepten las consecuencias de ese paso».

Eso implica, a su entender, que el Parlamento ofrezca algo más que «una investidura desnuda». «No pido la Luna, sino un gobierno previsible (.); y estoy dispuesto -ofreció- a corregir todo lo que merezca corrección, a mejorar todo lo que sea mejorable y a ceder en todo lo que sea razonable». Pero a cambio, el presidente espera cooperación para sacar adelante los Presupuestos Generales del Estado, la «principal herramienta de trabajo del Gobierno», cumplir con Bruselas y respetar la estabilidad presupuestaria. Los acuerdos con la UE son para Rajoy líneas rojas al mismo nivel que la inviolabilidad de la unidad de España.

Saltan las alarmas

El PSOE no ha dejado de ser en estos diez meses el objetivo del PP. Desde las elecciones del 20 de diciembre, los populares han esperado un cambio de rumbo en la segunda fuerza política para que la investidura de Rajoy fuera posible. Y ahora, el partido conservador sigue mirando a los socialistas a la espera de un acercamiento, sino para aprobar las Cuentas públicas, sí para consensuar otros proyectos centrales.

Fuentes del Ejecutivo, sin embargo, no creen que sea sencillo lograr del PSOE ni un amago de sostén. «El partido -anticipan- se va a hacer jirones cada vez que haya una aproximación al Gobierno del PP». Esa fue la sensación reinante después de que la izquierda del hemiciclo se entregara ayer a una batalla campal contra los socialistas, que obligó al PP a aplaudir en pie para defender el honor de su adversario, acusado de traicionar el 'no es no' de Pedro Sánchez a Rajoy.

En estas circunstancias, Ciudadanos y el PNV, cuyos líderes estrecharon la mano del presidente tras su elección, serán fichas fundamentales para que el Ejecutivo pueda dotar de estabilidad a su mandato. Hace días que el Gobierno corteja a los nacionalistas. El discurso de Rajoy y sus advertencias, sin embargo, hicieron saltar este sábado las alarmas en la formación vasca, que pide al líder del PP una muestra de haber dejado atrás la actitud que le permitió la mayoría absoluta.