La Rioja

Bronca y fuga de Unidos Podemos

Los diputados de Unidos Podemos, con Iglesias a la cabeza, abandonan el hemiciclo después de que Ana Pastor no le diera el turno de palabra al líder del partido. :: ballesteros / efe
Los diputados de Unidos Podemos, con Iglesias a la cabeza, abandonan el hemiciclo después de que Ana Pastor no le diera el turno de palabra al líder del partido. :: ballesteros / efe
  • Rafael Hernando acusó a Pablo Iglesias de «usar España para ponerse al servicio de dictadores» y Pastor no le concedió la réplica por alusiones

En las películas de acción de Hollywood, todo va mal y al final se arregla; a la segunda jornada de investidura de Mariano Rajoy le pasó lo mismo, pero al revés. El lío se montó pasada la frontera de las siete de la tarde, durante el turno del portavoz del grupo popular en el Congreso, Rafael Hernando, y terminó con el grupo de Unidos Podemos abandonando la sesión. Hernando, que tiene ese don acelerador del fuego, comenzó su discurso como un mero trámite, pero entonces, cuando iba a ir terminando, dijo «el señor Iglesias» y entonces el hemiciclo abrió los oídos y miró al cielo, como si escuchara el silbido de un obús sobre sus cabezas. Hernando aludió a la acusación de Iglesias, cuando advirtió de que en la cámara había «más delincuentes potenciales que fuera» y le respondió que en este país «quien dice quién es un delincuente son los jueces», no como ocurre «en otras dictaduras». Andaba la bancada morada pendiente de que dijera la palabra mágica y entonces pronunció «Venezuela», y el hemiciclo fue una fiesta. Le aplaudieron hasta los contrarios, con sorna, se entiende. Hernando, que pronuncia las eses con esa decisión castellana, acusó a Iglesias de «usar el nombre de España para ponerse al servicio de dictadores». Al fin de la intervención, Iglesias se levantó y pidió el turno por alusiones y se armó el taco. La presidenta de la cámara, para quien la sesión había sido hasta entonces un paseo en barco, le preguntó que citara la alusión concreta. Habló Iglesias y entonces le dijo: «Muy bien, puede sentarse». Iglesias siguió hablando al vacío. Le llamó dos veces al orden y, a continuación, preguntó a Hernando si quería retirar lo dicho. Y no. «Cuatro millones de dólares», respondió. Gritos, pataleo, brazos al aire como aspas de molino. Pastor recordó que ella es la encargada de interpretar el reglamento, puesto que cabe la réplica si en la alusión se considera que hay inexactitud o juicios de valor sobre un diputado, pero a juicio de la presidencia. Y a juicio de Pastor, no lo había. Iglesias, que por la mañana había dicho que tomaría los insultos con deportividad, se dio la vuelta y el grupo se fue en tromba. La fuga duró diez minutos porque al rato entraron y votaron 'no', como es natural. Después, Íñigo Errejón, que andaba por los pasillos encendido como una tea, registró una protesta por la decisión de Pastor.

El calentón comenzó a fraguarse por la mañana. Fue Rajoy quien dijo que Iglesias planteaba la política como Twitter, pero que en el Parlamento era mejor razonar y convencer, y que él no se manejaba bien en esos mundos. «No se maneja bien en Twitter, pero con los SMS se arreglaba perfectamente», le afeó Iglesias en referencia a aquel mensaje a Luis Bárcenas. Ese fue probablemente el 'zasca' del día, y Rajoy, que de Periscope anda como de cortijos, pero que aún posee esa galleguísima y analógica cintura, lo intentó esquivar: «En Twitter voy mejorando. Con los SMS me manejé mal, pero también estoy mejorando. Es bueno conocer los errores de uno y rectificar».

«Sinvergüenza»

Iglesias elevó el tono y demostró quién quiere ser la estrella de este cabaret. Rajoy y él se tienen tomadas las medidas, los tiempos y los terrenos y apantallaron a Antonio Hernando. Antes de que Iglesias se fuera de la discoteca, resultaron una pareja de baile estelar: a Rajoy le gusta el valls y a lo sumo el foxtrot, y a Pablo Iglesias se le da bien el 'twerking' al estilo de Miley Cyrus, a la que conocimos de chica Disney y se acaba de definir como pansexual. El viaje de Iglesias tampoco es aburrido: se apareció de profesor revolucionario en aquellas europeas, luego un jueves de campaña se hizo socialdemócrata y ahora ahí lo tienen, sacándose de nuevo la camisa y tirando de megáfono en tribuna. También diciendo cosas como que el Gobierno había pedido quinientos agentes para proteger la sesión del sábado de la manifestación 'Rodea el Congreso' y que, sin embargo, «en esta Cámara hay más delincuentes potenciales que fuera», lo que significa exactamente lo contrario a la presunción de inocencia. En la Cámara se formó la 'gozadera' y a María Dolores de Cospedal se le leyó en los labios un «sinvergüenza». Iglesias, que achina los ojos cuando se ríe, como Chicho Terremoto, dijo que sería bonito ver quiénes de los populares se daban por aludidos, lo que tiene el mismo sentido que escribir con una llave 'Tonto el que lo lea' en la puerta del váter de un billar. Ya no hay puertas pintadas en los váteres de los billares. No sé si quedan billares. Ahora, hay Twitter.

Rivera también recibió la primera en la frente. Nada más subir a la tribuna, Iglesias hizo mención a la Cruz de Borgoña y admitió que Aitor Esteban del PNV sabía bien de qué se hablaba por la relación de los gudaris vizcaínos con aquella bandera y que Rivera «a lo mejor lo busca en Google». El líder de Ciudadanos meneó la cabeza y se le escapó un «Capullo... vaya gilipollas» que recogieron la cámaras para desgracia de la tradición parlamentaria.