La Rioja

Un talante más dialogante, forzado por su minoría

El breve discurso de ayer de Mariano Rajoy fue una intervención forzada por las circunstancias. El candidato popular se dirigió al hemiciclo plenamente consciente de que será investido el sábado gracias al doloroso viraje del PSOE hacia la abstención pero también de que su Ejecutivo puede ser «efímero» si no logra aunar voluntades para lograr una mínima «estabilidad» que le permita sacar adelante un puñado de grandes reformas de Estado y superar la primera gran prueba de fuego, la de los Presupuestos Generales del Estado de 2017. Así que ayer se empleó mucho más a fondo que en agosto en mostrar su perfil más conciliador y dialogante. Le va, literalmente, la legislatura en ello.

Hace dos meses, el presidente en funciones despachó el trámite sin un solo guiño hacia el PSOE, sabedor de su segura derrota, y se limitó a pedir «corresponsabilidad» a todos los grupos para acabar con la situación de bloqueo. Se ahorró el cortejo a los socialistas, a los que ayer mencionó una sola vez por su nombre, para hacerles copartícipes del nuevo modelo de financiación autonómica que quiere implantar. Pero la apelación al PSOE para que facilite la gobernabilidad, y al resto de grupos, quedo patente, aunque de forma implícita, cuando Rajoy se retrató como un gobernante acechado por la sombra de la «inestabilidad y la incertidumbre». Dijo ser consciente de que tendrá que «construir colaboraciones día a día», es decir, pactar cada ley y cada iniciativa como si fuera la última, y ofreció un Gobierno «abierto al diálogo», al que no le «faltará tiempo» para escuchar «las inquietudes de sus señorías». Hace dos meses, en cambio, su intervención fue más de supervivencia, centrada en subrayar las funestas consecuencias de convocar unas terceras elecciones. Incluso, apuntó a modo de estímulo que la abstención no condiciona el «papel que cada uno quiera desempeñar» a lo largo de la legislatura. Ayer, con el traje ya de presidenciable perfectamente ajustado, quiso dejar claro, en cambio, el «flaco favor» que harían a los españoles aquellos que transmitan la idea de que es suficiente con «cubrir la vacante». La oposición también está sujeta, dijo, a la «responsabilidad» de garantizar una gobernanza «estable, fiable y previsible».

En ese sentido, Rajoy también ofreció una cara distinta a la habitual al poner fechas, incluso, a las grandes reformas que espera culminar. Por ejemplo, al darse medio año para empezar a cimentar el gran pacto educativo. Hace cinco años, coronado por su mayoría absoluta, Rajoy evitó en cambio concretar los ajustes que se proponía impulsar, especialmente los más duros, y se extendió solo en los más positivos, como su intención de subir el IPC a los pensionistas o bajar los impuestos, una promesa que más tarde incumplió.

Ayer, no hubo promesas y sí mucha menos prepotencia. Por ejemplo, al hablar de corrupción. En diciembre de 2011, se negó en redondo a aceptar que se pueda hablar de esa lacra «de manera generalizada». Hace dos meses, incidió en que «se persigue más que nunca, sin resquicio para la impunidad». Ayer, dio un paso inédito al reconocer «desde la humildad» los casos concretos «que hayan podido protagonizar personas de mi partido». Y también tuvo el detalle de citar a Albert Rivera y de poner en valor, con mayor énfasis que en agosto, su acuerdo con Ciudadanos. «Soy consciente de la importancia de esos acuerdos. Mi voluntad es mantenerlos y cumplirlos».

Mariano Rajoy ventiló ayer en 18 páginas el trámite del discurso de investidura, una intervención de apenas cincuenta minutos en la que aportó pocas novedades ni concretó las líneas de su futura acción de gobierno, básicamente porque las únicas pautas de actuación que tiene perfiladas son las que pactó con Ciudadanos y ya las desgranó en su primer intento fallido de ser elegido el 30 de agosto. Más allá de ese esquema, el candidato del PP, que será investido el sábado aunque en precaria minoría, no cuenta con los apoyos necesarios para sacar adelante las grandes reformas que invoca para la próxima legislatura, así que se centró en ofrecer su perfil más dialogante al resto de grupos y pedirles «responsabilidad» para que se atrevan a recoger el guante.

El Rajoy de ayer fue la versión resumida, como el recordatorio de los mejores momentos en los capítulos de las series, del Rajoy de agosto, que necesitó 36 folios, exactamente el doble, para desgranar un discurso que decepcionó por gris. Pero se pareció poco al Rajoy del 19 de diciembre de 2011. Entonces leyó 31 páginas para explicar los planes de un gobernante sin más ataduras que las de Bruselas, coronado por su mayoría absoluta. Éstas son las similitudes de Rajoy consigo mismo, fiel a sus principios, y sus nuevos matices, forzados por la falta de «solidez» que amenaza a su Gabinete.