La Rioja

Con los machetes en alto

  • «No era un ñeta», dice la novia de 15 años del último muerto de la guerra de bandas

  • La lucha entre clanes latinos en Madrid se ha recrudecido durante este año, en el que ya ha habido 170 detenciones

Diana tiene quince años y un pelo larguísimo y fino. Lo recoge en una coleta. Es un cabello liso, suave, un pelo que huele a champú, como para echar la tarde en la plaza saltando a la comba y no allí, en ese callejón oscuro de Vallecas, llorando a un muerto un martes a la anochecida. Junto a sus pies grandones e ingenuos de adolescente reposan una biblia, un rosario fluorescente, unas pintadas románticas y de letra redondilla como de firma de escayola, dos fotos y 23 velas, más de las que había soplado nunca el muerto.

En la pared hay dos personajes en uno. El primero es el novio de Diana, el chaval de origen ecuatoriano que la acompañaba a casa, que se sentaba a cenar en la mesa de su madre María Dolores, un tipo con gafas demasiado joven para cualquier cosa que no fuera jurarle amor eterno a su chica y robarle un beso tras las esquinas. Se llamaba Richard.

El otro, que no parece el mismo, es un tipo de camiseta de tirantes, con el pelo rapado por los costados como un marine, mirada adusta y el saludo Ñeta en la mano. Ese era Navajito. Parece mentira que fueran el mismo chaval, la última víctima de la guerra de bandas que se recrudece en Madrid. En 2014, la policía detuvo a 77 personas. El año pasado, a 139; a dos meses y medio de terminar este, ya van 170. Trece personas han muerto de manera violenta desde el año 2000. Se teme que Richard no sea el último.

Habla Diana con su acento andaluz: «Era un buen chico, cariñoso y generoso. No era un ñeta. No sé lo que hacían sus amigos, pero él solo estaba en el sitio equivocado». Jura que el pasado día 25 estaban paseando al perrillo por Puente de Vallecas y que Richard vio a sus colegas y se acercó a saludarles.

     

Barullo y palos

A eso de las ocho y media, María Jesús, una vecina de la plazoleta escuchó un barullo venir desde la calle Albufera, una de las arterias vallecanas. «Venían con machetes en alto y con bates de baseball. Pasaron como una tormenta y se liaron a palos. Comenzaron a perseguir a los chavales».

Cuesta creer que en ese barrio de casitas bajas de ladrillo rojo con la ropa tendida afuera oliendo a suavizante, en ese mundo donde se saludan por su nombre, se esté librando una guerra. Y sin embargo, ahí viene la banda, unos cuarenta según Diana, que en el momento del ataque, se encoge de hombros, toma al perrillo en brazos y cierra los ojos. Todo son golpes.

En el bar Molto Deliz que ha abierto Patricia hace un trimestre cae el primero. Lleva un machetazo en el abdomen y otro le ha deshecho el brazo. Lo ayudan y se resbalan en la sangre del herido. La bronca se dispersa. Diana abre los ojos y ve a Richard escapar. Al rato, va a buscarlo y se lo encuentra en la calle María Unciti, tirado en la carretera. Lo han cazado por detrás. Lleva un machetazo en los riñones, el que lo paró, y otro en el tórax, el que lo mató.

«Y eso es todo», dice María Ángeles, su madre, que cercena la conversación. En ese palmo de asfalto en el que hoy se confunden la sangre, los restos de aceite y de cera de las velas, Diana se convierte en una Piedad demasiado joven.

Richard se le apagó delante de sus ojos de niña. El juego iba demasiado en serio. Ellos eran las piezas de una guerra absurda. En la plaza, hoy todo son miradas de soslayo y ojos de amenaza debajo de las gorras, pero el bastión ñeta está más o menos vacío.

La policía, que siempre espanta la clientela de los reporteros, busca droga entre los arbustos en los que esa noche aparecieron las armas manchadas de sangre. Entre la pasma y lo que pasó, nadie se atreve a dibujar las fronteras, pero la policía cree que los trinitarios, la banda de dominicanos más numerosa en España (un centenar en Madrid) quisieron poner los pies sobre la mesa.

Puente de Vallecas, esa plazuela y el parque del Tío Pío (popularmente el de las Siete Tetas), han sido tradicionalmente territorio de los ecuatorianos ñetas. Esa noche los Trinitarios fueron a matar al corazón del enemigo a escasos 200 metros de la comisaría de Policía. Detuvieron a siete personas y cuatro de ellos eran menores: uno de ellos, de 14 años. El penúltimo en morir fue un joven de 20 años en marzo en un encuentro de los Trinitarios con los Dominican Don't Play, aunque esa vez fue distinta: se cruzaron en el metro de Sol y la paz saltó por los aires.

El fiscal decano de Madrid sabe que una muerte genera «siempre más violencia». A los Trinitarios los buscaron al día siguiente en una noche caliente de revancha. A un kilómetro de allí, en la Travesía de Palomeras, a un dominicano le pegaron un tiro por la espalda. Le atravesó el pulmón y le salió por el pecho. Está vivo de milagro. Diana no quiere saber más de eso. «No tenemos nada que ver».

La foto de Navajito saludando con el dorso de la mano y los dedos cruzados la pusieron «sus amigos». María Ángeles asegura que vendrán a encender las velas hasta que le den sepultura. «No, mamá, yo vendré aquí siempre».