La Rioja

LA TENTACIÓN DE LAS URNAS

Rajoy reactivó ayer su agenda 
de partido y se sumó a la 
preparación de la paella 
popular con la que el PP 
aragonés conmemoró en 
Zaragoza su Día del Afiliado.  :: javier cebollada / efe
Rajoy reactivó ayer su agenda de partido y se sumó a la preparación de la paella popular con la que el PP aragonés conmemoró en Zaragoza su Día del Afiliado. :: javier cebollada / efe
  • Rajoy sacude a un PP seducido esta semana por la posibilidad de someterse a unas terceras elecciones y asume que tendrá que gobernar en minoría

Desde que el 20 de diciembre se celebraron las primeras elecciones generales nunca ha estado Mariano Rajoy más cerca de conservar la Moncloa ni su partido más tentado de volver a someterse a las urnas. La visión de una legislatura sin mayoría absoluta con la que manejarse en el Congreso ha comenzado a tomar cuerpo en las filas populares, que se ven ya gobernando con la Cámara en contra. Y la sesión parlamentaria del martes, con la exhibición de fuerza de la oposición, sólo consiguió intensificar el efecto seductor de los sondeos que pronostican que el PP podría capitalizar ahora el desmoronamiento del PSOE. ¿Por qué no aprovechar entonces la coyuntura para subir en número de escaños en diciembre?

Los populares se han debatido esta semana entre su discurso oficial, el mismo que presumen invariable, y una nueva vuelta de tuerca para tomar impulso. El desenlace a estas alturas es sobradamente conocido. 48 horas después de que las dudas se filtraran en su organización, Rajoy aprovechó ayer un acto oficial para comparecer ante los medios y descartar el «gran disparate» y la «locura» de hacer votar al electorado por tercera vez y negar, por lo tanto, que se vayan a poner «condiciones» a los socialistas. La intervención del presidente sirvió para poner fin a lo que él mismo tildó de «especulaciones» y, de paso, para tranquilizar a un PSOE en los huesos que pide, al menos, no ser humillado.

Sin embargo, ¿qué llevó a parte de la cúpula del partido a volverse aparentemente ambiciosa? En el repaso cronológico, el relato arranca el lunes, cuando el PP se desayuna con una encuesta que dispara al partido hasta los 159 diputados el mismo día en el que Rajoy preside la reunión habitual de dirección. Fuentes populares garantizan que, en ese encuentro en la calle Génova, el presidente sostiene su llamamiento a la contención, a no inmiscuirse en la crisis del PSOE y mantiene su mensaje de evitar las terceras elecciones. «Como sea», apuntan esas voces.

En ese momento, el PP coincide plenamente con el discurso de la Moncloa y transmite la sensación de estar conteniendo el aliento para que la operación salga adelante y los socialistas, ya sin Pedro Sánchez, se inclinen por facilitar la investidura del jefe del Ejecutivo y por recomponerse en la oposición. Es el escenario que los populares esperan desde hace nueve meses y no quieren entorpecer sus expectativas de gobernar.

Al mismo tiempo, en los despachos del Gobierno admiten el interés en que se abra una negociación con la segunda fuerza política. Ven al PSOE debilitado, temeroso de unas nuevas elecciones, y por lo tanto el Ejecutivo cree haber ganado posiciones en su pretensión de obtener un compromiso de que, no sólo la elección del presidente saldrá adelante, sino también los Presupuestos Generales del Estado y las principales iniciativas para cumplir con Bruselas. A última hora del lunes, todavía el deseo de jugar esa baza no se ha convertido en condición. El martes, sin embargo, el PP sorprende con un discurso endurecido.

La invitación de boda

Un miembro de la dirección, con suficiente rango como para marcar el camino de los populares, deja entrever que Rajoy no tiene por qué ir a una investidura sin que el PSOE se comprometa a dar estabilidad al futuro gobierno. «Es como si te invitan a una boda el día de antes -explica fuera de los micrófonos-; pues no vas». En las altas esferas concretan sus recelos.

El pleno del Congreso acaba de concluir con la derrota del partido en todas las votaciones y subrayan la dificultad de gobernar en esas circunstancias, con los socialistas disputándose la oposición con Podemos, y Ciudadanos tratando de desmarcarse de su pacto con el PP. Por primera vez los populares, unos con más y otros con menos convencimiento, vacilan sobre si no sería más conveniente volver a abrir las urnas, aunque reconocen que la situación es «delicada».

En la Moncloa sorprende el movimiento, porque las elecciones, alertan, «las carga el diablo» e incluso podría ser contraproducente acabar forzando a los socialistas a convocar unas primarias para elegir a su cabeza de cartel y arriesgarse a que se presente Pedro Sánchez.

24 horas después, sin embargo, otros miembros del PP como el portavoz en el Congreso, Rafael Hernando, siguen la senda y sugieren que ya no se conforman con una mera abstención «técnica» del PSOE.

El partido amaga con apretar a los socialistas. Pero ese mismo día, el CIS refleja que la preocupación de los españoles por la falta de gobierno se dispara y el equipo del presidente ve reforzada su posición. Desde Torremolinos, Rajoy mantiene su promesa: si el PSOE no quiere llegar a acuerdos, al menos que deje gobernar al PP. Nada de requisitos imposibles de asumir.

No es el primer tropiezo del partido en términos de comunicación interna, pero desde el Ejecutivo se lamenta que haya ocurrido esto precisamente con el eje del discurso del PP y su presidente, que desde el 20 de diciembre del 2015 ha tratado de identificarse con el rechazo a una espiral sin fin de elecciones.

Desde el viernes, las aguas han vuelto a su cauce. En el Gobierno ponen en valor haber recuperado el diálogo con los socialistas y vaticinan que volverá a gobernar el PP. El ministro de Exteriores, José Manuel García-Margallo, ha sido, fiel a su estilo, el más explícito al entrever que la «fumata blanca» llegará en el mes de octubre.