La Rioja

«Papá, ¿Felipe es malo?»

Simpatizantes socialistas a las puertas de la sede del PSOE en la calle Ferraz de Madrid con pancartas en defensa del no al PP. :: alberto ferreras
Simpatizantes socialistas a las puertas de la sede del PSOE en la calle Ferraz de Madrid con pancartas en defensa del no al PP. :: alberto ferreras
  • Los congregados insultaban a todos los que abandonaban el edificio, fueran del bando que fueran

  • Frente a la sede socialista de la calle Ferraz hubo tensión, pancartas, insultos, peleas y hasta una boda

Era pronto. En el cruce de la calle Guzmán el Bueno todavía andaban aún tres chavales con una buena trompa cantando aquella jota guarra de Pablo Echenique y ya estaba César Luena atrincherado en la sede del PSOE. Se lo imaginaba uno escondido entre sacos terreros, no se le fuera a colar algún comando crítico durante la noche. Es mentira que a quien madruga, dios le ayuda.

Para entonces, estrafalaria, anecdótica, gritona y enfervorecida, con todas esas banderas y esos eslóganes, la acera de Ferraz durante el Comité Federal tenía algo de cuneta del Tour de Francia en una escapada de Chiapucci en los Alpes. Podrían haber pintado 'viva Pedro Sánchez' con letras enormes y blancas en el carril bus, pero prefirieron los gritos y las pancartas. «Si Lorca superó el terremoto, Pedro Sánchez aguantará a la lozana andaluza». Su dueño era un soldador de Murcia que el viernes le dijo a su santa que iba a darle de comer a las palomas y andaba por Madrid suelto, de parranda reivindicativa cantando la canción de «Susanita tiene un barón». A mediodía se comió una paella que había preparado para 200 personas un negocio vecino con 50 kilos de conejo y una lata de tomate del tamaño de una banqueta.

Ferraz se parecía por momentos a una de Piratas del Caribe cuando se puso la cosa tan loca que ya no se sabía quién va ganando. Antonio, 25 años de carné socialista, aseguraba que a Sánchez no lo cogerían vivo. Pedro Sánchez era Jack Sparrow. Si salía de esta, sería McGyver.

Lo de los 25 años de carné no era broma. Entre todos los que llevaban una pancarta en la mano sumaban 25.000 años de militancia socialista. Es cierto que la tercera edad madruga más que la primera, pero la media de los concentrados mañaneros era de unos sesenta años. Fue a apoyar a Pedro Sánchez lo que quedaba del congreso de Suresnes del 74. De ahí, los cánticos setenteros: «Pedro, amigo, jamás serás vencido», cantaban con la melodía de «El pueblo unido». Alguien, en un alarde fraterno incluso se arrancó con el barco de Chanquete.

Paellas, pancartas, canciones; verano azul fuera y, dentro, 'Psicosis'. Después, estas cosas tan nostálgicas siempre se van de madre, como los primeros botellones de la adolescencia, así que al poco tiempo a todo aquel que salía de la sede socialista le llamaban traidor, golpista y otras lindezas, poco importa que fuera 'pedrista' o 'susanista'.

-¡Fascistas!, les gritaban a unos salientes.

-¿Pero quiénes son?, preguntaban otros.

-No lo sabemos. ¡Traidores!

Uno de ellos le daba alaridos a la oreja de un señor que entraba en la sede de Ferraz. «¡Eh, a ese no, que es de los nuestros!», le recriminaba otro hincha. «¡Que sí! ¡Es Ximo Puig!», le respondía, y no era. Estos asuntos siempre son un nido de confusión. ¿Quiénes eran los amotinados? ¿Los que se fueron o los que se quedaron? Nadie lo sabía. Perder el norte en estos casos es fácil. Hasta José Blanco y Josep Borrell, que son de natural preciso y que se conocen la zona, se equivocaron de portal y se metieron en una casa a dos números de su sede. Ni siquiera se sabía de qué partido era la militancia. Entre los concentrados había también gente de Podemos, como Ángel Rodríguez, que venía «a defender un pacto de izquierdas». Y un activista rumano.

Un bar como refugio

A mediodía, el templo de la esquina llamó a misa y nadie sabía todavía por quién doblaban esas campanas. Era un tañido anticipado por Sánchez y la dimisió n que presentaría ocho horas después. Pero antes de que el líder dijera adiós, se perdieron las formas en el debate y cuentan que hasta Susana Díaz se echó a llorar.

En la iglesia contigua había una boda, -¡qué ironía!-, pero a los que salían de Ferraz, en lugar de echarles arroz los ponían de verano, poco importa de qué bando fueran. A dos trabajadores del partido, uno de ellos conductor de Elena Valenciano, los siguieron de una manera tan fea que tuvieron que refugiarse en un bar. Cuando uno de ellos se dio la vuelta, llegaron a agarrarse del cuello y, si no intervienen los viandantes, hubiera habido heridos. Forcejeos, trompicones, tristeza.

«Estoy disgustado por lo que veo», se lamentaba Carlos González, de 74 años. «Si en nuestro partido no podemos ponernos de acuerdo entre nosotros, ¿cómo vamos a entendernos con los demás?». Fue quizás lo más juicioso que se dijo en toda la jornada con permiso de la pregunta inteligente de una niña de unos doce años que se estaba comiendo vorazmente una hamburguesa cuando alguien gritó «¡Felipe traidor!» Los niños son buenos sintetizando:

-¿Quién es Felipe?

-Un político.

-¿Y Felipe es malo?

-Los padres se quedaron en silencio un rato, mirándose, enfrentados a la historia de sus ideas, hasta que respondió la madre.

-Cariño, Felipe, no sé. Felipe es mayor.