La Rioja

Barberá abandona el PP, pero no el escaño que garantiza su aforamiento

Rita Barberá, en su escaño en el Senado el pasado mes de marzo.  :: Luca Piergiovanni / efe
Rita Barberá, en su escaño en el Senado el pasado mes de marzo. :: Luca Piergiovanni / efe
  • Cargos populares lamentan no haber podido expulsar del Senado a la histórica dirigente, mientras Rajoy guarda silencio

El pulso se prolongó durante más de 24 horas y el PP se quedó con el sabor amargo de haber tensado la cuerda para lograr tan sólo la mitad de su cometido. Poco antes de las seis de la tarde, Rita Barberá aceptó causar baja en la formación, pero en ningún caso abandonar su escaño. En letras mayúsculas escribió a la dirección: «Expreso mi voluntad de NO DIMITIR del Senado». Su acta como parlamentaria se ha convertido en una trinchera para conservar el aforamiento y garantizarse que será investigada sólo por el Tribunal Supremo. Ya sea como dirigente histórica del PP o como senadora desterrada ahora al Grupo Mixto.

«Si alguien llegó a pensar que Rita dimitiría sin más, es que no la conoce en absoluto», aseguran fuentes populares en Valencia. En los últimos meses, desde que a principios de 2016 estalló el 'caso Taula' por presunto blanqueo de capitales en el Ayuntamiento de la capital, Barberá se ha resistido a ceder ante las presiones de sus compañeros de filas y mucho menos estaba dispuesta a perder su condición de aforada. Renunciar al Senado, según el escrito que le hizo llegar ayer al partido, «podría entenderse como una asunción de culpabilidad».

Lo máximo que ha decidido conceder a la cúpula que reclamaba su marcha es la baja como militante. «Así me lo ha pedido el partido», aclaró no sin subrayar que su movimiento, «muy doloroso», debe ser entendido como «una muestra más» de su entrega al proyecto.

No fue el único toque de atención del comunicado. A sus compañeros de filas, los mismos que calificaron de «insostenible» la situación mientras Barberá se enrocara en continuar en el PP, les dedicó con ironía la parte del comunicado en el que justifica su marcha. «Evito -remarcó- que nadie se ampare en mí para responsabilizarme de cualquier perjuicio o para esconder sus resultados políticos y electorales».

Dos de los barones más relevantes del partido, los dos inmersos en las campañas electorales del País Vasco y Galicia, pudieron darse por aludidos. Horas antes de la resolución final, tanto Alfonso Alonso como Alberto Núñez Feijóo se habían desmarcado de la continuidad de Barberá en el Senado como representante del PP. Alonso llegó a instar a la cúpula de los populares a tomar las riendas. «Yo entiendo que si ella no toma una decisión adecuada hoy -por ayer-, la tendrá que tomar la dirección del partido; esto es lo que esperamos desde Euskadi, aquí nos estamos jugando mucho, y creo que tampoco nos merecemos ir con este perjuicio a cuestas», reprochó sin paños calientes.

Del mismo modo, el presidente gallego, sin dudar de «su inocencia», aconsejó a Barberá pensar «en España y en el PP» antes que en ella misma y «facilitar la gobernabilidad del país y los intereses de la política limpia y transparente».

No fueron los únicos dirigentes territoriales en señalar el camino a la senadora en un PP que se convirtió desde primera hora de la mañana en un hervidero. El líder de los populares en Extremadura, José Antonio Monago, o la presidenta de la Comunidad de Madrid acompañaron los esfuerzos que desde la dirección realizaban el vicesecretario de Organización, Fernando Martínez-Maillo, y la secretaria general, María Dolores de Cospedal. Cristina Cifuentes fue, de hecho, la primera en expresar su confianza en que Barberá decidiera «de manera voluntaria» abandonar su escaño en la Cámara alta. «Cuando a un político se le investiga formalmente y hay un auto por un asunto de corrupción debe dejarlo», exigió. Otros muchos en privado lamentaron, a última hora del día, no haber podido apartar a la exalcaldesa de las instituciones. «El tema -admiten- no se ha zanjado».

La espita

En realidad, el caso Barberá abrió hace meses la espita para que una nueva generación de populares se inclinara por una mayor contundencia ante los escándalos. La propia Cifuentes y los vicesecretarios Pablo Casado y Javier Maroto integran ese sector que clama por un compromiso real con la regeneración política y al que tampoco le gustó que hace tan sólo un par de semanas el Gobierno eligiera al exministro de Industria, José Manuel Soria, como candidato al Banco Mundial tras su dimisión por vínculos con empresas en paraísos fiscales.

Pero sus posicionamientos coincidieron ayer, además, con la voluntad de la dirección del PP de preservar el acuerdo que se firmó con Ciudadanos para la investidura fallida de Mariano Rajoy. La formación de Albert Rivera pone como condición la renuncia de los cargos públicos imputados por corrupción. De ahí que se jactara de la salida de Barberá por «dolorosa» que fuera para Rajoy.

El presidente, tanto en los actos del PP en Pontevedra como en la presentación del libro del ministro de Economía, Luis de Guindos, en Madrid, rehusó hablar. Preguntado al respecto optó por sonreír y seguir su camino. Fuentes de la formación no llegaron a confirmar que el jefe del Ejecutivo telefoneara a la exalcaldesa de Valencia, pero garantizan que participó en la decisión final sobre cómo resolver el problema.

El siguiente paso del partido será expulsar a Barberá del grupo popular en el Senado, algo a lo que el presidente ya ha dado el visto bueno. Pese a ello, su imagen se ha visto desgastada en plena búsqueda de Gobierno y en el preludio de un otoño que se prevé negro en lo judicial para el PP.