La Rioja

Ocultar a los pobres

Ya que no hay forma humana, ni inhumana, de impedir el agravio de la pobreza, nos estamos dedicando a procurar que los pobres sean invisibles. La propuesta de que los menesterosos sean transparentes tendrá éxito, sin duda. Siempre han sido un reproche. En tiempos conseguían que nos remordiera la conciencia, que siempre ha sido de largas digestiones, a los que solíamos dar limosna a horas fijas, preferentemente después de misa de doce. Yo, sin ir más lejos, he participado en aquellas inolvidables mañanas líricas que inventó en su teatro Lara de Madrid quien, por cierto, era la persona más generosa que he conocido en mi larga vida. A Conrado Blanco le gustaba compartir. Sabía por supuesto que los desharrapados existen, pero prefería no frecuentarlos de cerca. Citaba a los poetas de 'alforjas' después de misa de doce, como si todos fuéramos a misa en aquellos tiempos del nacionalcatolicismo, que abundaban en descreídos, que éramos al mismo tiempo genuflexos dominicales. Eran otras épocas, en la creencia de que no sean la misma.

Lo mejor que se puede hacer con los pobres es no mirarles a la cara, no se vaya a correr el riesgo de que se nos caiga de vergüenza. Representan una acusación y por eso el gran Federico García Lorca, que era un genio de verdad, llegó a ver a los pobres como si estuvieran hechos de otra sustancia, «como los animales», dicho en sus propias, misericordiosas palabras.

El desagrado que produce contemplar la miseria intenta atenuarlo Esperanza Aguirre, que dice que hay que echar de la calle a las personas sin techo. Hay que procurar que no las veamos. Podemos evitar su presencia, pero no su condición. Solo hay un procedimiento para impedir que no nos pidan limosna por la calle, excluido el de no salir de casa: es evitar que los que no tienen techo salgan a la puñetera calle. Corazón que no siente no es un corazón.