LA ÚLTIMA PAZ

CAUTIVO Y DESARMADO - PABLO ÁLVAREZ

Uno no va al salón de plenos como quien va al teatro. No suele ser tan divertido, la verdad. Pero cuando se le coge el punto, los plenos del Ayuntamiento (como la política municipal, en general) tienen su aquél. Y de vez en cuando el salón vive sus momentazos. Uno de los mejores de los últimos lustros ocurrió hace exactamente dos años, en los primeros presupuestos de la era post-mayoría absoluta. El teatral «no» del naranja San Martín a las cuentas municipales provocó uno de los mayores sustos que se haya llevado un alcalde en el elegante salón que pintó Moneo. Eran los primeros tiempos de la post-política, cuando todo el mundo iba tanteando dónde colocarse, y los populares aprendieron de golpe que todo les iba a costar mucho más en los años que vendrían.

Los años han ido viniendo, y uno casi echaba de menos anoche aquellas tardes tan moviditas. Porque aunque, lo dicho, uno no va al pleno a ver morir a Hamlet, algo más se esperaría del momento en el que se aprueba el principal documento que pasa por los despachos cada año.

Pero no, este año no había suspense. De hecho, los propios concejales de Cs se han currado muy poco este año la liturgia: eso de poner exigencias, marcar líneas rojas y luego, al final, ceder como a regañadientes, componiendo un poco de carita de asco. Pero claro, cuando te pillan los plazos y de tus líneas rojas a tu «di que sí» no pasan ni 24 horas, pues todo queda como un poco. Así pues, del «no» del primer año se pasó a la abstención del segundo, y ahora ha llegado el sí del tercero. Pero es de suponer del buen criterio de la alcaldesa no creerse que esto vaya a durar mucho. Las cuentas son fáciles, en realidad. Éste es el tercer presupuesto de la legislatura, y el cuarto, el año que viene, se negociará a seis meses de las elecciones locales. O sea: el pleno de ayer hubiera aburrido a una vaca, pero será el último. Se oye ya el ruido del afilador.

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