Sobre el monte Cantabria

"Tan cerca, tan lejos". Con esta breve expresión podemos definir la situación -incomprensible- de nuestro querido monte Cantabria con la ciudad de Logroño. El cerro se eleva frente a la capital de La Rioja por el norte, sobre la margen izquierda del río Ebro. Esta antigua terraza fluvial, que tiene una altitud de 491 metros sobre el nivel del mar con una fuerte y escarpada pendiente de 120 metros respecto del curso fluvial, sirve de telón de fondo de la escenografía urbana por la visibilidad de su volumen, su imponente aspecto seco y rugoso, sus cuevas en el farallón o su cambiante cromatismo ocre-bermellón. Sin embargo, ni su proximidad, ni sus vestigios arqueológicos -como un reconocible y estupendo recinto amurallado medieval-, ni ser el componente paisajístico más significativo del municipio evitan que permanezca olvidado, maltratado por su abandono y por haber sufrido el impacto de algunas agresivas actividades que incluso transformaron su fisionomía.

Tampoco han sacado al monte Cantabria de su ostracismo recientes estímulos como que fuera distinguido en el año 2012 como BIC (Bien de Interés Cultural) con categoría de Zona Arqueológica, máxima categoría que otorga la legislación a los bienes patrimoniales, o la confección de un exhaustivo Plan Director para su recuperación basado en la idea de un Parque Arqueológico Paisajístico, o las actividades de divulgación emprendidas por ciertos colectivos e individuos.

Hoy en día, darse un paseo por el monte Cantabria es una experiencia tan atractiva como dolorosa debido a su evidente degradación, a la ruina de las ruinas y a la pérdida de su notable potencial. Porque el monte Cantabria no sólo es un bien histórico-arqueológico o patrimonial, lo que por sí mismo es suficientemente relevante como para conocerlo, valorarlo y tratarlo con más respeto. Posee, además, un enorme potencial por su interés visual -¡cuántas ciudades quisieran tener un mirador tan fascinante sobre su trama urbana!-, paisajístico, medio ambiental o social.

Es momento de volver nuestras miradas al monte Cantabria y traspasar definitivamente el Ebro. Es momento de actuar impulsando y prescribiendo las medidas oportunas que garanticen la conservación del yacimiento prerromano/medieval, su estudio, así como la rehabilitación social y natural de este enclave.

Recuperar nuestro querido monte Cantabria conlleva una labor histórica, en el amplio sentido de la voz, diacrónica y multidisciplinar, pero también medioambiental, sociológica, urbanística... Devolver este espacio, hasta ahora arrinconado y en buena parte desconocido, un protagonismo social para su valorización, uso y disfrute por parte de la ciudadanía. Un reto, sí. Un empeño de todos para este Logroño del siglo XXI.

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