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Un robo de puerta grande

Diego Urdiales, al natural con el cuarto de la tarde. :: / ABEL ALONSO / EFE

El diestro de Arnedo reventó literalmente a un Miguel Ángel Perera perdido y a un Cayetano que juega en otra liga Urdiales ofrece la mejor tarde de su vida, desnuda el toreo y el palco le niega un triunfo histórico en Logroño

PABLO GARCÍA MANCHA

Logroño. Diego Urdiales desnudó el toreo ayer en Logroño. Meció el capote de una manera sublime, toreó en redondo y al natural como nadie, enterró la espada en la yema y el presidente de la corrida, con una actitud que no alcanzo a comprender, le robó la puerta grande de una forma clamorosa. No tiene explicación lógica el ridículo tan espantoso que hizo el palco, con Manuel González a la cabeza y con el asesor Salvador Arza a su izquierda. Increíble. La plaza le hizo dar una segunda vuelta al ruedo a Urdiales (yo hubiera dado tres o hasta cuatro, si se me apura), gritó ¡torero!, ¡torero!, ¡torero! y le devolvió la afrenta al usía con una pitada que hacía años que no se recordaba en el coso logroñés. En este caso no había disculpa posible, ni la espada ni la emoción ni el toreo. Incomprensible y más que triste: patético.

Pero mucho más allá de las orejas, de los triunfos, está el toreo, el refugio en el que Urdiales habita desde niño y que, tal y como demostró ayer (una vez más) interpreta como nadie. No existe ahora mismo ningún torero en escalafón que se le acerque ni soñando. Y buena prueba de ello fue su faena al cuarto, un toro altiricón, feo de hechuras, manso, con embestidas desordenadas como un sudoku. Y allá que fue Urdiales para dictar una verdadera lección. Comenzó en redondo, tan suave, tan enterrado en la arena, tan sabio con las alturas, que 'Sombrerero' comenzó a caer hipnotizado en los vuelos. Urdiales le firmó dos soberanas tandas por ese lado hasta que sacó la izquierda y la plaza cayó rendida a sus pies.

Perito en torería como perito en lunas, en un ademán al salir de una tanda, el toro se le vino por la espalda y le dio un volteretón espantoso. Ni se miró el diestro. Henchido y tremendo, se fue de nuevo hacia el astado y le cuajó la mejor tanda de naturales que se ha dado en esta plaza desde que se inauguró en el 2001.

LO MEJOR La última serie de naturales de Urdiales al cuartoPARA OLVIDAR El soberano ridículo del presidente Manuel González

Fue sencillamente excepcional, compás, duende, ritmo. Toda la belleza del toreo resumida en esa serie de muletazos que le brotaron a Urdiales de lo más recóndito de su alma. No había dolor, tan sólo el asombro de la tauromaquia, la insospechada naturalidad de un tipo jugándose su vida con una entereza que destierra para siempre cualquier mediocridad. La grandeza del toreo en su máxima expresión. Se llama Diego Urdiales, nació en Arnedo y marca las diferencias.

Y el resto...

Y buena prueba de ello es lo que sucedió ayer con sus dos compañeros de terna, y fundamentalmente con Miguel Ángel Perera, que no estuvo, que quedó literalmente barrido por el toreo que acababa de contemplar. En sus dos toros, además, y de forma mucho más acusada en el quinto, un astado de una clase excepcional por el pitón derecho. No fue capaz de darle ni uno y estuvo a la deriva sin lograr plasmar absolutamente nada con un animal que no consentía el más mínimo desajuste. Cayetano también tuvo un buen toro: el cuarto, al que masacró en varas. La faena quedó en nada. En el sexto dibujó una actuación ventajista en la periferia del toro y del toreo. Daba la sensación de que ambos diestros jugaran a otra cosa. Porque ayer entre lo que hizo Urdiales y sus dos compañeros de terna existe tanta distancia que casi da miedo hasta pensarlo.

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