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Recital de Robe para violín y clarinete

Recital de Robe para violín y clarinete

El líder de Extremoduro ofrece un concierto intenso y sobresaliente, sin ninguna canción de su grupo en el repertorio y con media entrada en el Palacio de los Deportes de La Rioja

Diego Marín A.
DIEGO MARÍN A.Logroño

Extremoduro es Robe, pero Robe no es Extremoduro. Quedó claro en el concierto de ayer en Logroño que, aunque la evolución del grupo ha desembocado claramente en los dos discos en solitario de su líder y cantante, son proyectos y conceptos muy distintos. Quizá por eso el Palacio de los Deportes de La Rioja no contó ni con la mitad de su aforo posible, apenas llegarían a 2.000 los espectadores, y quizá por eso algunos asistentes se desgañitaron reclamando algunas canciones que no estaban incluidas en el repertorio. Robe no interpretó ningún clásico de Extremoduro. Probablemente alguno se equivocó y pensó que acudía a ver un concierto de Extremoduro, pero no. Robe interpretó en dos horas casi íntegramente sus dos discos en solitario, ‘Lo que aletea en nuestras cabezas’ y ‘Destrozares. Canciones para el final de los tiempos’. Y fue un directo realmente hermoso, lleno de matices, con un sonido perfecto, con unas interpretaciones magníficas, con un rock llevado al terreno de la sinfonía.

El concierto arrancó de forma brutal, con un violín y un ‘quejío’ flamenco para introducir la canción ‘El cielo cambió de forma’. Entonces ya se advirtió de que aquello iba a ser algo distinto a Extremoduro. Eso sí, hubo que esperar 45 minutos de transición después de la actuación como telonero del grupo riojano Vuelo 505, que pone la guinda así a la gira de presentación de su primer disco, ‘Turbulencias’; tal vez esperando al público que no llegaba ni iba a llegar. El concierto de Robe comenzó a las 22 horas y se alargó hasta las 00.30, aunque contó con un descanso de 20 minutos en medio. Y sólo disfrutar de ese verdadero directo, con música de verdad, hace que, en la comparación, lo de Fangoria sea una película de ciencia-ficción. Por cierto que Robe aprovechó el escenario montado en el Palacio para Fangoria.

Llamó la atención la maestría de los músicos, como que el bajista David Lerman tocara también el saxofón y el clarinete. Que quien hacía los coros flamencos, Loren, también tocara el bajo cuando no lo hacía Lerman. Que ‘Carlitos’ Pérez, el violinista, también tocara la guitarra. Y que el teclista, Álvaro Rodríguez, también tocara el acordeón. Violín, saxo, clarinete, acordeón… no parecen propios de un concierto de rock. Robe ideó una música más seria, más intensa, más enriquecida, más detallista, más hecha que la cruda con la que se dio a conocer en los 90. Apareció sobre el escenario vestido a modo de mesías, con ropas de colores claros y anchas, descalzo, pelo largo y las pulsaciones bajas. Aún así, hubo dos amagos de bronca con el público. «¡No, no se puede filmar!», contestó a un espectador, y es que a Robe lo de las grabaciones caseras en directo le sabe a cuerno quemado. Pero había entendido mal: «¡Ah, fumar! Yo no puedo daros permiso para fumar, pero yo fumaría…». Más tarde, apostillaría: «¡Pero fumad costo o marihuana, no tabaco!».

La segunda discusión fue con un espectador que insistió demasiado en que tocara el tema ‘Jesucristo García’. «Si has venido a escuchar ‘Jesucristo García’, te aseguro que te has equivocado de concierto. No puedes estar molestando todo el rato, vas a mosquear a los de al lado», le espetó Robe, ya visiblemente enfadado. Si de algo no se le puede acusar a este artista es de esconder algo, confiesa abiertamente lo que piensa. Es más, llegó el descanso y avisó: «Voy a ver si yo también me tomo algo y se me va el mal rollo»; después de haber pedido perdón: «Perdonadme porque se me va la pinza». Cables cruzados. El descanso parecía una buena idea.

Menos agresividad, más calidad

Debió sentarle bien lo consumido porque la segunda parte del directo comenzó, precisamente, con los primeros versos de uno de sus temas clásicos. Fue un modo de enterrar el hacha de guerra y fumar la pipa de la paz. Pero quizá Robe sufra de la incomprensión que es haber triunfado con un claro estilo de música, el punk-rock de los primeros años de Extremoduro, y ahora gran parte de su público no tenga el morro tan fino como para hacerle pensar. Escribió Oscar Wilde aquello de «Ya sé que vivimos en un siglo en el que tan solo se toma en serio a los necios, y vivo con el terror de no ser incomprendido».

Ya no hay tanta agresividad ni mensajes tan directos, pero hay más calidad. Canciones como ‘Querré lo prohibido’ y ‘La canción más triste’ albergan una fuerza inmensa, maravillosa. Y la verdadera transgresión no está en introducir tacos en las letras de las canciones sino en ofrecer un concierto así, con el mismo protagonismo de guitarras eléctricas y violín. El directo acabó con las canciones ‘Contra todos’ y ‘Un suspiro acompasado’. Todo el repertorio fue una sucesión de intensos temas, propios para interpretarse con el público sentado, relajado, dispuesto a escuchar, a entender, a sentir.

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