La Rioja

Hemingway y su séquito, en San Mateo

Antonio Ordóñez, el doctor Tamames, Ernest Hemingway y Mary Welsh, en el Puente de Hierro tras visitar Franco-Españolas. :: chapresto
Antonio Ordóñez, el doctor Tamames, Ernest Hemingway y Mary Welsh, en el Puente de Hierro tras visitar Franco-Españolas. :: chapresto
  • Sesenta años de la visita del escritor a las corridas y bodegas logroñesas

LOGROÑO. Lloviznaba levemente aquel 24 de septiembre de 1956 en Logroño. Tarde de toros, con Miguel Báez 'El Litri', Antonio Ordóñez y el venezolano César Girón ante una corrida de María Montalvo en los chiqueros de la Manzanera y con Ernest Hemingway en una barrera del ocho. El escritor de Oak Park se sentía viejo y cansado, había regresado a España a conocer a Pío Baroja y se las vio de nuevo en una plaza de toros con el hijo del 'Niño de la Palma': «Eres mejor que tu padre», le dijo a Antonio Ordóñez, aunque en realidad lo que sucedía es que comenzaba a reconocer la derrota que le estaba asestando la vida porque ya no era aquel reportero de la 'Generación Perdida' al que le embriagó la fiesta en los 'Sanfermines' de 1923 tras las dos heridas de su bautismo de fuego italiano en la Primera Guerra Mundial, las de la metralla del mortero que le alcanzó en Fossalta di Piave y su desengaño con la enfermera que le cuidó, la bellísima y rubia Agnes von Kurowsky.

A esas alturas -como relataba el biógrafo de Ordóñez Antonio Abad Ojuel-, entre el torero y el escritor ya se había establecido una «pintoresca sociedad repleta de connotaciones paterno-filiales. Antonio le llamaba papá Ernesto y pactó con él una fantástica asociación en la que uno se ocupaba de la literatura y el otro de los toros».

Hemingway nunca viajaba solo y el séquito que le acompañó en Logroño lo encabezaba un aviador británico de la RAF, míster Rupert Belleville, que decía que quería ser torero; Mary Welsh, cuarta esposa del autor de 'El viejo y el mar' y corresponsal en Europa de las revistas Time y Life durante la II Guerra Mundial, además del hotelero pamplonés Juanito Quintana, que fue el encargado de acercar al grupo desde la capital del Viejo Reyno y lograr alojamiento para todos en Logroño: «Es que habían almorzado en Pamplona con Quintana», relataba Esteban Chapresto, fotógrafo y autor de un profuso reportaje que apareció unos días después en la revista 'El Ruedo', en aquellos años suplemento taurino del 'Marca'. Quintana tuvo que tirar de oficio para alojar a la tropa de Hemingway en el Gran Hotel, de hecho iban tan justos de tiempo que llegaron por los pelos a la función taurina. El maestro Girón, que venía de triunfar en Sevilla, le brindó un toro al escritor y 'Migueliyo', crítico taurino de 'Nueva Rioja', se entretuvo más en el faenón de Ordóñez que en glosar la figura del autor del 'Adiós a las armas', que apenas dos años antes de su visita riojana había recibido el Premio Nobel de Literatura. A Mary Welsh le gustaban los toros desde que vio a Manolete en México, cuidaba de Ernest aunque supiera de sus continuas infidelidades, mecanografiaba sus manuscritos y le acompañaba a los 'safaris', como el del día siguiente, en el que pasearon por el Ebro y fueron a las Bodegas Franco-Españolas con Ordóñez y el doctor Tamames, médico personal del diestro de Ronda.

Ernest Hemingway cayó enfermo en aquel viaje, pero pudo regresar en noviembre a Francia donde guardaba unos baúles en el Ritz con manuscritos y anotaciones con los que comenzó a dar forma en Cuba a su obra 'París era una fiesta'.