La Rioja

TARDE INAPELABLE DE PONCE

El público pide las dos orejas para Ponce en uno de sus toros. :: j.m.
El público pide las dos orejas para Ponce en uno de sus toros. :: j.m.

Enrique Ponce cuajó una de sus tardes más completas en La Ribera: dos faenas parecidas ante sendos toros muy nobles a los que logró sujetar primero y hacerles embestir después al ralentí para torearlos a placer y con desmayo. Tarde increíblemente poncista en Logroño, con un público entregado al de Chiva desde que se abrió de capote. Todo el mundo estuvo por la causa de que 27 años después de tomar la alternativa lograra la única muesca que le faltaba a su carrera: abrir de una vez por todas la puerta grande de Logroño. Todo el mundo menos el presidente de la plaza, Manuel González, que tuvo hasta dos oportunidades para hacerlo: en el primer toro, en el que ya se pidió el segundo trofeo -bien es verdad que con cierta sordina-, y especialmente en el cuarto, con el que se declaró la rebeldía de la plaza contra la máxima autoridad de la corrida. La bronca fue tremenda, imponente, de las que ya no se estilan. La primera oreja cayó pronto y a pesar del paso lento de las mulillas, estaba clarísimo que no iba a salir el segundo moquero. Y se lió. Ponce le ofreció la oreja al presidente y se vio obligado a dar dos vueltas al ruedo entre el clamor y la incredulidad de la gente. ¿Fue de dos orejas la faena al cuarto? El maestro de Chiva sacó a relucir todas sus capacidades y esa técnica lidiadora que lo ha colocado en el podium de los privilegiados del toreo: jugó magistralmente con las alturas, paladeó a su manera el natural y estiró la obra con esos inicios suyos de lenta maceración para lograr una obra que fue a más y que logró los momentos de mayor intensidad al final. Tanto es así que antes de cuadrar para la estocada ya le había sonado el aviso presidencial. La obra poncista tuvo temple y por momentos el torero se llegó a abandonar de lo feliz que estaba en la cara del toro. Se tiró con una enorme rectitud y logró una estocada en todo lo alto que por sí sola valía una oreja. Eso sí, faltó emoción pero Ponce sacó petróleo. Para este cronista, la faena era de dos orejas.

El primero de la tarde fue el típico toro perfectamente ideal para Enrique Ponce, noble, nobilísimo, dulzón como un pastelito conventual, soso como una redacción de octavo de EGB y tan de mazapán que se diría de él que el filo de una lámina de hojaldre podría arañarle su bien medida anatomía. Y con este material sacó Enrique su proverbial arsenal terapéutico para labrar una faena larga y templada, a media altura y con esa manera suya de ir haciendo embestir al toro sin que el propio toro fuera consciente de lo que le estaban haciendo. Todo el trajín lo desarrolló en territorio de chiqueros, con el argumento de la media distancia y esa la cinturita quebrada al paso del bombón. Sonó el pasodoble valenciano y la faena ya fue de recreo del maestro para solaz suyo y de sus seguidores. Para todo el público menos para el presidente, que lo debió de ver de otra forma y por lo visto, muy distinta a la inmensa mayoría.