UN PLENO DE PANTALLA

CAUTIVO Y DESARMADO PABLO ÁLVAREZ

A ver, que todos lo hemos hecho alguna vez. Estás en una reunión de ésas de las que te querías ir a los cinco minutos, y que acaban durando hora y media. Y las manos se te van al móvil. Que uno se distrae, y las pantallitas consuelan, y quitan la soledad y el tedio.

Pero una cosa es una cosa y otra es un cesto. Y cuando uno es un señor concejal de un Ayuntamiento y le toca asistir un pleno, si se aburre, disimula. O si mira el móvil, procura que sea sin alardes.

O eso debería ser. En el Pleno de ayer conté al menos media docena de tablets sobre la mesa; algunas encima puestas en ángulo, para ver mejor. Móviles, todos y todo el rato. Y lo peor: al menos dos portátiles ostentosamente abiertos, alguno de un tamaño tal como para esconder a su poseedor (poseedora, en realidad) del resto de la sala.

No sé en qué momento perdieron los señores ediles la vergüenza. Es de suponer que paulatinamente: uno va mirando el móvil, otro se dedica a adelantar trabajo con la cabeza entre una montaña de papeles. Y poco a poco se trae la tablet, y luego el portátil. Espero no ver la tele y la tortilla de patatas, pero todo es posible.

Normalmente, para que todos los ediles asomen la nariz desde detrás de sus pantallas hace falta jaleo. Que se le hinche la vena a Gonzalo Peña, verbigracia, aunque últimamente haya perdido decibelios. O que algo se líe alrededor de Rubén Antoñanzas, el hombre que más partido le saca a una concejalía única en la historia de la política española.

El regionalista tiene la rara habilidad de cabrear más a sus compañeros de la oposición que al gobierno del PP, pero ayer, por una vez, la tuvo con quien en teoría debe. Todo empezó con una extraña falta de educación de la usualmente comedida Paloma Corres. Está feo que un concejal se dirija con nombre y apellidos a alguien del público, que no puede defenderse. Ni debe, a riesgo de ser echado del pleno.

Cierto es que lo que dijo Corres no es como para echarse las manos a la cabeza. Pero estuvo regular, y entiendo el mosqueo de Antoñanzas. No su porfía, la verdad, una vez sentado el punto: parecía que Peña le había hecho un trasplante de vena.

Y al final, en fin, pelea de carneros. Pocas veces ha dado el habitualmente severo Sáinz Yangüela tantos avisos: más que en una mala tarde de Curro Romero. Mientras, Corres miraba la escena haciendo amagos de intervenir, probablemente para templar ánimos. Y para allá se fue Antoñanzas echando humo para su despacho, sin necesidad de que le ayudara la Policía.

Algo teatral para mi gusto, la verdad. Pero al menos tuvo una virtud: todo Dios dejó el móvil, la tablet y el portátil. Viva.

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