METRO Y MEDIO

MARTÍN SCHMITT RABONA AL ÁNGULO

Desde mi reencuentro con la bicicleta, hace poco más de un año, un nuevo mundo se ha abierto a mis ojos. Y a mis pies. Pedaleando por la vida he descubierto lugares a los que nunca hubiese podido acceder en coche. Vistas increíbles, paisajes asombrosos que el foco de una cámara no termina de extraer su máximo esplendor. Lugares impresionantes que vale la pena conocer y que tenemos a un puñado de kilómetros de la capital. Sitios a los que, pedalada tras pedalada, estoy descubriendo mientras intento, con escaso éxito, deshacerme de los kilos de más.

Pero desde que cogiera nuevamente este vehículo que tenía abandonado desde hace décadas también he tenido la desdicha de conocer de primera mano la otra cara del ciclismo. Y eso que me manejo por sendas, viñas y caminos rurales. Coches que pasan zumbándote, conductores que no tienen paciencia o que creen que son dueños de la carretera, que no entienden lo frágil que puede ser la vida de un ciclista con un simple toque o el peligroso rebufo de su vehículo.

Nunca está de más recordar que los ciclistas tenemos el mismo derecho de circular por una carretera que un coche, que podemos ir de a dos, que los arcenes en la mayoría de los casos están muy sucios y que es muy peligroso circular por ahí y que el ciclista no tiene ningún interés en perturbar el tráfico. Respeto, es lo único que pido. Porque la diferencia entre nuestra vida y la muerte es tan sólo de metro y medio.

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