Medio siglo largo de aceite logroñés

Los socios ofrecen explicaciones sobre el funcionamiento de la instalación y de los problemas que fue encontrando para su supervivencia . :: /Díaz Uriel
Los socios ofrecen explicaciones sobre el funcionamiento de la instalación y de los problemas que fue encontrando para su supervivencia . :: / Díaz Uriel

La cooperativa del trujal Nuestra Señora de la Esperanza, con más de cien socios, afronta su disolución

María José Lumbreras
MARÍA JOSÉ LUMBRERASLogroño

La última página del calendario que aún cuelga de la oficina del trujal cooperativa Nuestra Señora de La Esperanza es la de octubre del 2014. Y, muy cerquita, queda alguna que otra nota enviada por colegios cuyos alumnos les visitaron y para los que preparaban un almuercito con pringadas.

Este pabellón situado frente al cementerio de la capital riojana lleva cuatro años cerrado, pero la sociedad que lo gestionó desde 1961 afronta ahora su disolución.

Nació en aquel momento porque Logroño se había quedado sin el trujal que funcionaba en la calle Ruavieja, recuerdan dos de los socios, José Luis Martínez y Jesús Bárcenas. Así, se juntaron cerca de 125 personas, entre ellas Agapito del Valle o Joaquín Espert, rememoran, y levantaron esta instalación. Procedían del mismo Logroño o de Varea y El Cortijo, pero también de Navarrete, Medrano, Entrena e incluso había una docena de socios de Aras.

Refieren también de aquellos tiempos campañas muy largas. A los no socios a veces también se les cogía. No en vano, algún año hubieron de ocuparse de más de 200.000 kilos, mientras que el molino daba de sí a 3.500 kilos al día como mucho. Había momentos en los que se molía noche y día y, de hecho, en el trujal hay una habitación para que, quienes hacían estas tareas, se turnaran en el descanso.

El paseo por las instalaciones permite a José Luis y a Jesús repasar aquellos tiempos y el proceso que se seguía en el trujal: aquí se amontonaba la oliva, aquí se estrujaba, aquí se prensaba, aquí se decantaba el aceite... «Parece que veo los rulos todo el día dando vueltas. De ahí iba a las batidoras...». En el último almacén aún quedan restos de huesillo, que primero se enviaba al Bajo Aragón y se cobraba algo por él y al final se lo quedaban en Viana casi haciendo el favor. Del huesillo aún se conseguía sacar un poco más del líquido amarillo, aunque alguna vez también se lo pidieron para alimentar ganado. En cuatro grandes depósitos de hormigón que primero tenían forrados con baldosas pero que luego recubrieron de acero inoxidable porque las baldosas se caían podían llegar a guardar más de 23.000 litros. El más grande superaba los 8.300 litros.

¿Qué pasó? La maquinaria fue envejeciendo y se presentaron incluso problemas para encontrar repuestos: unas mallas que no tenían arreglo, unos rodillos... La última avería en la prensa que, por cierto, funciona con agua porque en un sitio así es impensable que sea de aceite, 'les mató'. Y entonces se les planteó la tesitura de renovarse o cerrar. La sustitución de las máquinas les costaba veintitantos millones de pesetas, refieren los socios. Solo las máquinas, sin contar su colocación en el lugar y su puesta en marcha. Y ya entonces ellos también habían cumplido sus años, con lo que no se metieron en más gastos.

Envasado y etiquetas

Las nuevas exigencias normativas sumaron más dificultades. No podían afrontar el envasado y etiquetado que se les pedía. Allí siempre habían funcionado de otra manera. A granel. Cada socio llevaba sus olivas y se marchaba con el aceite para hacer luego con él lo que estimara oportuno. Porque tampoco hubo ninguna labor de comercialización de un aceite que resultaba bueno, requetebueno, según recuerdan los socios, bien distinto al de los nuevos trujales, todos automatizados y dotados de unas modernísimas centrifugadoras.

El centenar largo de socios de la cooperativa tiene ahora que decidir qué hacer con lo que queda del trujal, que es todo porque nadie se ha llevado nada de allí. Incluso queda, cubierta por una funda, una centrifugadora para los 'turbios' casi sin usar porque nunca les gustó.

Pero como la sociedad siempre funcionó como entidad sin ánimo de lucro, así debe seguir, indican estos socios, por lo que se tendrá que decidir si se donan los efectos o se dona el dinero que pueda resultar de ellos. Hay una asamblea convocada para finales de este mes, en concreto para el día 28.

Algún contacto han mantenido con el Ayuntamiento para tratar de que se haga cargo de la instalación y que quizá la pueda poner en valor, pero las conversaciones todavía no han fructificado.

Y la llave vuelve a cerrar el pabellón de la Carretera de Navarra, a la espera de que se dilucide su futuro.

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