Un jabalí, en las huertas de Varea

Foto tomada en Varea / Diego Marín A.

Un jabato ha sido visto entre unos viñedos, cerca del río Ebro

Diego Marín A.
DIEGO MARÍN A.Logroño

Algo se mueve dentro de un viñedo de las huertas de Varea, casi a la orilla del río Ebro. Anochece, son casi las 22 horas del jueves 20 de julio, pero aún se puede ver con cierta claridad y en medio de un renque un jabalí pequeño, casi un jabato, busca algo que comer. A menudo los agricultores de Varea se quejan de los ‘espontáneos’ que les roban con total impunidad el fruto de su trabajo. Ahora reciben otras visitas, sicabe, más salvajes, las de los jabalís. No es el primero que se acerca a la ciudad, anteriormente, este mismo año, se han podido ver otros en Lardero y, más recientemente, en Valdegastea, en las fincas que rodean el denominado camino de Jerusalén, frente al parque municipal de Jardinería de Logroño. Y el pasado mes de abril, como por arte de magia, un corzo apareció en la zona de esparcimiento canino del paseo del Prior.

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Probablemente las lluvias de los últimos días no han solucionado la sequía en el terreno y los animales silvestres como jabalíes y corzos, se ven obligados a acercarse más de lo que desearían a la ciudad. En el cerro de San Cristóbal de Villamediana de Iregua, en los últimos días, también se han divisado algunos corzos. El jabalí sorprendido ayer en las huertas de Varea puede que provenga de la misma zona, de la Rad de Varea, sorteando la AP-68 y la N-232 por alguno de sus túneles y caminos. «La Rad de Varea es un espacio que goza de una extensa masa forestal en un evidente estado de evolución hacia su etapa climácica, es decir, hacia su máxima expresión en esta zona de La Rioja. Su importancia aumenta si se tiene en cuenta su situación en un gran espacio eminentemente agrícola y afectado por las actividades humanas, como es toda la cuenca fluvial del río Ebro», describe la web del Ayuntamiento de Logroño.

El jabalí, el jabato, buscaba con su hocico alguna bellota, alguna raíz entre las vides hasta que fue sorprendido por el hombre como a un ladrón, de improviso. Sin sentirse demasiado amenazado, se comportó como un perro asilvestrado, se acercó curioso al humano, desconfió y se escondió entre los renques. Parecía jugar al escondite hasta que, al final, salió huyendo por una finca, campo a través, remontando el curso del Ebro, en busca, sobre todo, de que le dejaran en paz.

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