Chicles comestibles

De cuando en cuando aparecen campañas que realiza el Ayuntamiento para tirarles de las orejas a los ciudadanos. Acaso no sean tan contundentes como las que hacen en vísperas de elecciones, pero algo es algo. La última repite, porque no es la primera, la de disuadir a la gente carente de civismo que arroje a la calle los chicles después de masticarlos y convertirlos entonces en pasto de inevitables pisotones. Al final quedan convertidos en manchas de muy difícil y costosa eliminación. Podría ser una solución obligar a sus fabricantes a dotarlos de sabores atractivos para que una vez cumplida su misión específica de ejercitar las mandíbulas sugiriesen ingerirlos como quien se toma un bombón.

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