PP, ATONÍA Y DESIERTO

PABLO GARCÍA-MANCHA MIRA POR DÓNDE

Existe un sentimiento de orfandad, de ausencia, un temblor de vacío casi desértico en la derecha española. El lenguaje de la economía y la atonía continuista parecen haber barrido casi todo: valores, ideas, convicciones y estrategias. El PP bracea en una piscina sin apenas agua en la que flota como un corcho entre el desafío nacionalista catalán (mejor dicho, la ruptura constitucional y el estrafalario Puigdemont huido), los inmensos casos de corrupción que le atosigan y la trinchera en la que se parapeta el aparato de Moncloa con una vicepresidenta sin el más mínimo arraigo fuera de las moquetas. El PP se mira a sí mismo y apenas se reconoce en el Gobierno de la Nación. Éste es el drama que se multiplica porque casi nadie en el partido (especialmente los que tienen cargo) se atreven a levantar la voz. La inacción o la rendición le ha condenado a ser testimonial en Cataluña y el País Vasco, a necesitar un 'enemigo-amigo' como Podemos y a ser absolutamente implacables con Rosa Díez en la pasada legislatura y en ésta con Ciudadanos, fuerza política a la que se contempla desde Génova con un miedo absolutamente cerval, aunque les mantenga en el Gobierno. Como se han desatado todos los temores, cualquier cosa es válida contra la formación naranja, que poco a poco va recogiendo el descontento de una base sociológica que cree en el modelo de convivencia de España, en la Constitución y en una política de centralidad pero con valores. A Mariano, maestro de los tiempos, se le agota el reloj, y paradójicamente sabe que él no va a poder ejercitar el dedo para designar sucesor como hizo Aznar con él. ¿He dicho Aznar? Con él empezó todo, Hulio.

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